Furia (Crímenes de Cornualles 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

CLAIRE

Me despierto alrededor de las once y media, con la boca seca y sensación de náuseas.

Es una sensación de caída, como quedarse dormida en un tren.

Las farolas proyectan sombras por toda la habitación a través de las cortinas abiertas.

Lo último que recuerdo es a Issy poniéndome la inyección.

Debió de dejarme completamente inconsciente.

Me preparo una taza de té y subo a la cama.

No estoy segura de si la morfina ha hecho efecto o no.

No tengo dolor, pero tampoco tenía antes.

Ayer salí de la oficina con toda la intención de pasar la tarde ultimando mis planes para Fergus Jennings.

He perdido un tiempo que no puedo permitirme.

Algunas cosas ya las tengo trazadas. Es un plan bastante sencillo, dentro de lo que cabe.

Me reúno con Jennings, le doy mis medicamentos con receta con el pretexto de que los he robado del botiquín de mi madre moribunda, y le digo que quiero cambiarlos por marihuana.

Aviso anónimamente a la policía que, si hace su trabajo, lo detiene para interrogarlo.

En general, me da la impresión de que muestran un desinterés considerable por el hecho de que venda pequeñas cantidades de marihuana a la pandilla variopinta de drogadictos a los que abastece.

Él se mantiene en su mundo y conserva su casa mugrienta en orden.

Normalmente solo se molestan con Fergie cuando empieza a despotricar borracho, a destrozar cosas o a molestar a los dueños de cafés o a los turistas.

Me imagino que para quienes tienen la tarea de mantener la paz, hay un elemento de «mejor el diablo conocido», pero últimamente he oído que ha estado traficando con otras sustancias, Molly y Spice, y que está en el radar de la policía después de que varios adolescentes acabaran en el hospital tras consumir un lote defectuoso de MDMA en un festival local.

Si ese es el caso, espero que se interesen si les digo que me ha ofrecido medicamentos con receta.

No cuento con que lo acusen de posesión.

Solo tienen que llevárselo, y entonces correré la voz entre algunos de mis clientes criminales más reacios al riesgo de que he oído por ahí que Jennings ha cantado todo a la policía, y dejaré que ellos hagan el resto.

Un chivato es un chivato, al fin y al cabo.

No importará si los cargos prosperan o no, el fango que arroje sí lo hará. Su vida dejará de valer la pena.

Todo el plan depende de que no me reconozca.

Me he cruzado con él en los tribunales más veces de las que quiero recordar, como abogada de oficio representando a uno u otro de sus lacayos.

Me reconocería al instante, pero Ross Trenear me contó una vez una teoría interesante sobre la identificación: había dos formas de evitarla, o bien tenías un aspecto tan promedio en todos los sentidos que te volvías invisible, o bien creabas algo tan evidente en ti que se volvía una distracción.

De cualquier forma, te escondías a plena vista.

He decidido aplicar una combinación de ambas en mi plan para castigar a Fergus Jennings.

A la mañana siguiente, llamo a Pam y me ofrezco a cuidar de Barney, su Golden Retriever.

Ya la había ayudado antes a sacarlo a pasear cuando se operó de la rodilla, y sé que planea visitar a su hija en Bristol la semana que viene.

No conduce y llevar al perro en el tren es un suplicio.

Barney será mi señuelo; mi cómplice peludo y, con suerte, lo único que alguien recordará de mí.

Tendré que cambiar mi aspecto también. Necesito verme lo bastante desaliñada como para no llamar la atención, pero no tanto como para que el tipo no quiera tener nada que ver conmigo.

Al final, opto por unos leggings negros, unas zapatillas baratas, un forro polar gris lleno de bolitas y una parka con capucha forrada de pelo que compro de segunda mano en eBay.

Decido no lavarme el pelo en toda la semana y practico recogérmelo en un moño alto.

Esa tarde voy a la farmacia y compro una base de maquillaje dos tonos más oscura que la habitual y un kit para cejas que me dé unas cejas gruesas y oscuras como orugas, algo que me resulta incomprensible. Cuando termino mi transformación, me sorprende el resultado.

El toque final será quitarle a Barney la placa con su nombre del collar y atarle en su lugar una bufanda de tartán de Cornualles de un amarillo brillante.

Se supone que Issy vendrá el lunes por la tarde para ponerme otra inyección, pero la llamo para decirle que tengo un caso importante en camino en el que necesito concentrarme; probablemente el último.

Le digo que necesito tener la cabeza despejada y que si podemos posponer el tratamiento un par de semanas.

A regañadientes acepta, con la condición de que tome las pastillas si siento el más mínimo dolor.

Acepto, pero tengo otro uso para las pastillas que no le revelo.

Me alivia que me haya dado un respiro por ahora.

La idea de no poder tomar mis habituales dos copas de Rioja por la noche es otra razón por la que no he tomado ninguna de las pastillas hasta ahora.

Mantener viejas costumbres es importante para mí, quiero sentirme normal el mayor tiempo posible antes de que el dolor y la miseria se apoderen de todo.

Dejo todo preparado para la noche del viernes siguiente.

Tengo la intención de dirigirme al paso subterráneo donde Jennings suele merodear, hacia las diez de la noche.

El refugio le permite traficar haga el tiempo que haga, y siempre hay vagabundos a los que puede obligar a quedarse con la droga si aparece la policía.

Varias veces esta semana he aparcado cerca de la entrada, fuera del campo de visión pero lo bastante cerca como para observar el ir y venir de los yonquis que se reúnen allí.

Si antes no estaba convencida de que tenía que hacer algo, ahora lo estoy.

Gente como Jennings deja vidas rotas a su paso.