Fuimos un error de guion 47 #6
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​ Matteo ha bajado la cabeza un segundo. Ha sonreído de esa forma suya, pequeña, vencida y emocionada. Cuando ha vuelto a mirarme, tenía los ojos brillantes. Y yo ya no he podido contenerme.

​ He sonreído llorando y he rematado:

​ —Así que gracias, A-More. Por ser mi príncipe cuando yo ya no creía en cuentos. Y por demostrarme que los finales felices no son los que terminan con una historia… sino los que por fin te dejan vivirla de verdad.

​ Tras unos segundos de silencio, el aplauso ha sido tan fuerte que ha parecido mover el aire.

​ No era el ruido amable que se le regala a un discurso bonito.

Era de esos aplausos que nacen de abajo, de la tripa, de haber entendido que acababa de cerrarse algo importante allí dentro.

Algunos han silbado, otros gritaron. Cris lloraba ya sin remedio.

Hooper se ha llevado una mano al pecho como si fuera a desmayarse del drama. Y Matteo ya venía hacia mí.

​ Ni siquiera recuerdo quién se ha apartado primero para dejarle paso. Solo sé que, un segundo después, estaba delante de mí y me ha cogido la cara entre las manos.

​ — Ti amo , Siena —me ha dicho, tan bajo que quizá solo lo he oído yo.

​ Entonces me ha besado y me he sentido en casa en mitad del caos.

​ Había recuperado una historia que me arrebataron y la estaba devolviendo al mundo convertida en belleza, pero Matteo no había terminado.

Cuando se ha apartado de mi boca, he visto cómo cambiaba su expresión.

Ha bajado las manos despacio, ha dado un paso atrás y ha metido una mano en el bolsillo del pantalón.

​ La respiración se me ha cortado de inmediato.

​ —Oye… —he susurrado.

​ Solo ha sonreído y, en medio del plató, se ha arrodillado delante de mí.

​ El grito ha sido inmediato.

​ Cris se ha llevado las manos a la boca. Hooper ha abierto los ojos, alguien ha soltado un « no puede ser » entre risas y lágrimas. Y yo me he quedado quieta, completamente.

​ Él ha levantado la vista hacia mí y en ese instante no he visto al actor o modelo, ni al hombre admirado, ni al italiano imposible que fascinaba a todo el mundo.

​ He visto al hombre de mi vida.

​ Ha abierto una pequeña caja y el anillo ha brillado bajo la luz, elegante y sereno, como si no necesitara deslumbrar porque el momento ya lo estaba haciendo por sí solo.

​ —No lo hago por el momento —ha dicho, con la voz temblorosa—. Lo hago porque contigo entendí que lo nuestro nunca ha sido un final, Siena. Ha sido el principio de todo lo verdadero que me ha pasado.

​ He notado las lágrimas bailando a sus anchas por mi cara.

​ —He vivido demasiado tiempo fingiendo. Fingiendo lo que sentía o quién era, y entonces llegaste tú y me desmontaste. Me enseñaste que el amor no era aparentar. Era esto. Reconocerte como casa.

​ El silencio en el plató era absoluto.

​ —Y yo no quiero más vidas sin ti aquí dentro —ha continuado.

​ He visto cómo se tocaba el pecho en la zona del corazón y yo ya he llorado sin remedio.

​ —Así que te lo pregunto como llevo queriendo preguntártelo desde hace demasiado tiempo… Siena Luján, bella mia … ¿quieres casarte conmigo?

​ Se me ha roto el mundo y he negado con la cabeza entre sollozos, no por duda, sino porque el «sí» no me salía. Matteo ha palidecido un instante y entonces me he echado a reír entre mis lágrimas, he asentido con todas mis fuerzas y por fin lo he dicho.

​ —Sí. Sí, joder. Sí, Matteo.

​ El plató ha estallado.

​ Hooper ha gritado algo en inglés que nadie ha entendido y mi amor se ha levantado y me ha colocado el anillo con manos temblorosas.

​ Cuando ha encajado en mi dedo, los dos lo hemos mirado un segundo. Después nos hemos mirado entre nosotros y hemos sonreído de esa forma que no nace en la boca, sino en el alma.

​ Me he lanzado a abrazarlo y él me ha recogido con una fuerza tierna y desesperada a la vez. Lo he besado llorando, riendo, sin importarme el ruido, los aplausos ni las bromas del fondo. Solo él.

​ —Te amo —le he dicho, sujetándole la cara—. Te amo más de lo que pensé que podría amar a nadie.

​ Él ha cerrado los ojos un instante y ha apoyado la frente en la mía.

​ —Y yo a ti. Hasta donde me dé la vida… y más.

​ Me he reído entre lágrimas. Cris seguía llorando y su marido seguía gritando tonterías. Y yo, con el anillo en la mano y el amor de mi vida delante, he entendido que la vida a veces sí sabe llegar a tiempo.

​ A veces escuece antes de curar, pero, de pronto, un día te deja justo donde perteneces. En el centro de tu verdad con un «sí» en los labios, con un anillo brillando en la mano y con el hombre que amas mirándote como si el mundo acabara de empezar.

​ La chica a la que una vez quisieron dejar sola entre la multitud ya no estaba sola.

La mujer que había luchado por escribir su propio final por fin lo vivía.

Y he entendido, bajo aquellos focos que empezaban a apagarse, que no había escrito solo el final que aquella serie merecía.

Había alcanzado el mío, el que no terminaba con un «corten».

El mío empezaba con un «sí» y con Matteo.

​ Siempre con A-More…