Fuimos un error de guion 31 #2
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​ Matteo se ha quedado quieto, observándome.

​ —¿Entonces?

​ Yo he apretado los dedos contra la costura de mis braguitas.

​ —Porque es verdad —he insistido, aferrándome a la salida más sencilla—. He quedado y punto. Dijimos que no teníamos que darnos explicaciones.

​ Él ha sostenido mi mirada un segundo largo. Luego ha asentido despacio, aceptando la versión que yo le estaba dando sin obligarme a abrir la otra.

​ —Vale —ha dicho al fin—. Si has quedado, has quedado.

​ Su voz ha sido neutra, pero sus ojos no.

​ Yo me he movido hacia mi habitación, buscando mis cosas con una prisa demasiado evidente. Detrás de mí, Matteo ha añadido, como si hubiera sido un comentario casual, como si no importara:

​ —¿Quieres que me quede con Ringo?

​ Me he girado hacia el gato, que nos ha mirado con su cara de «yo decido».

​ —Vale —he dicho rápido.

​ He tomado aire, me he puesto rápidamente un vestido fresco que tenía en una percha, he salido con las sandalias en la mano, he agarrado el bolso y he mirado a mi compañero una última vez.

​ —Bienvenido… a Madrid —he dicho, porque no se me ha ocurrido nada mejor.

​ Él ha inclinado la cabeza.

​ —Gracias.

​ Y yo me he ido antes de que mi cuerpo me traicionara otra vez en mitad del salón.

​ He salido de casa. No estaba enfadada con Matteo. Estaba… saturada. Con esa sensación de que, si me hubiera quedado, habría pasado algo que no podía controlar y yo ya no estaba para perder más control.

​ Madrid ardía. El asfalto me ha devuelto el calor como un espejo cruel. Yo, aun así, sentía escalofríos. Me recorrían la espalda de forma intermitente, como pequeñas descargas. Afuera era verano y dentro de mí todo era invierno.

​ He caminado sin rumbo por las calles, me he dejado arrastrar por una corriente. He terminado en el Parque Santander casi sin darme cuenta. En la zona de las fuentes, donde el agua cae y el sonido tapa pensamientos. Me he sentado cerca, buscando ese alivio mínimo de la humedad en la piel.

​ Me he quedado un rato para hacer tiempo.

Miraba cómo corrían los niños, cómo la gente bebía agua con normalidad, cómo otros cuerpos existían sin miedo a un plato.

Me he odiado por pensar en eso. Me he odiado por pensar en cualquier cosa.

Y, sobre todo, me he odiado porque, incluso allí, en mitad de un parque, seguía sintiendo que tenía que quitármelo de encima cuanto antes.

Al italiano. Al contrato. A la casa. Al cuento.

​ La serie está funcionando. Número uno en cincuenta países. La maquinaria ha girado sola. Si todo va bien, esto pronto podrá acabar. Podré respirar sin tener que inventarme una historia en cada esquina.

​ He sacado el móvil, aunque he dudado un segundo. Luego he escrito, sin corregirme, sin adornos:

​ « Necesito acabar con esto cuanto antes. Dime fecha exacta. »

​ Se lo he mandado a Sasha.

​ Me he quedado mirando la pantalla, esperando los tres puntitos, la respuesta inmediata, la confirmación de que había una línea de meta. No ha llegado.

​ He guardado el móvil; me pesaba demasiado y he vuelto a mirar el agua, a escucharla, a dejar que el sonido me ocupara por dentro el espacio que antes llenaba el hambre.

​ Cuando el cielo ha empezado a caer hacia el azul oscuro, me he levantado.

Han pasado un par de horas, no más. Matteo ha vuelto a media tarde; aún era pronto, aún era el mismo día.

Mi mente ha intentado convencerme de que, si entraba de puntillas, si pasaba directa a mi cuarto, si hacía como si no… podría evitarlo.

​ Mentira.

​ En cuanto he abierto la puerta, he notado el olor a ajo suave, a tomate, a albahaca, a pan tostado. A casa.

​ El salón estaba iluminado por mi querida lámpara de sal, con esa calidez que no se usa para uno mismo, sino para alguien. Sobre la mesa había dos platos bonitos, dos vasos, una vela pequeña, discreta y, en la cocina, el italiano removía una olla con la camiseta pegada a la piel por el calor.

​ Me he quedado en el umbral.

​ —¿Qué… es esto? —he preguntado, sin voz.

​ Matteo ha girado la cabeza y ha sonreído como si no hubiera nada raro en organizar una cena un martes cualquiera.

​ —Pasta —ha dicho—. Pero de la de verdad. Recién traída de Italia.

​ Me he acercado un paso y mi cuerpo ha hecho lo de siempre: ese micro retroceso. Ese cálculo automático. Cuánto, cómo, por dónde huyo. El estómago se me ha cerrado antes de que yo decidiera nada.

​ —No hacía falta —he dicho.

​ —Sí hace falta. —Ha apagado el fuego con tranquilidad y ha servido en los platos—. Vamos a ponernos al día.

​ Me he sentado, pero no he tocado el tenedor. Primero he hablado de Altea, luego de Sofía, de Olivia… de cualquier cosa que no fuera el plato.

​ Matteo ha esperado. Ha dejado que yo me inventara una escena durante unos segundos. Luego me ha observado haciendo lo inevitable: cortar la pasta en trozos mínimos, moverlos, reorganizarlos como si hubieran sido piezas de un puzle.

​ Ha soltado el aire despacio.

​ —No me escondas más este problema.

​ El tenedor se me ha quedado suspendido.

​ —¿Qué problema? —me ha salido automático, como un reflejo.

​ Él no se ha alterado. Su mirada ha sido firme, pero sin crueldad. Como si hubiera ensayado esa frase durante días y, aun así, le hubiera costado decirla.

​ —El que llevas en el bolso.

​ He sentido un vuelco en el pecho.

​ —¿De qué hablas?

​ —Del enjuague bucal —ha dicho, sin rodeos—. Siempre, incluso cuando «solo vas a hacer pis».

​ Ha hecho una pausa mínima, como dándome tiempo a respirar.

​ —Y la colonia. Te la pones aquí. —Se ha señalado cerca del cuello, la mandíbula—. Cuando vuelves del baño.

​ Me han ardido las orejas. Me ha subido una vergüenza caliente, sofocante.

​ —No sé qué te crees que has visto —he intentado reír, pero el sonido me ha salido feo.

​ El italiano ha bajado la voz, aún más.

​ —Utilizas mil trucos, Siena, y los conozco todos. —Sus dedos han tocado la mesa, sin apretar—. Cortas la comida hasta que no parece comida, la mueves, la escondes. Te inventas planes y, cuando crees que nadie mira… se te acelera el corazón.

​ He tragado saliva. He sentido el pulso en la garganta como si quisiera delatarme.

​ —No es asunto tuyo.

​ —Lo es —ha dicho, suave pero tajante—. Porque vivimos en la misma casa, te miro todos los días y te…

​ He notado cómo se me han endurecido los hombros y, antes de que acabara, he soltado:

​ —Pues no me mires tanto.

​ No se ha reído ni se ha justificado.

​ —No voy a obligarte a comer —ha añadido—. No soy tu carcelero. Pero no me escondas más esto.

​ El plato parecía más grande, la habitación más pequeña y mi piel más fina.

He sentido el impulso de levantarme. Huir. La misma estrategia de siempre. Y él debe de haberlo visto, porque ha dicho, justo antes de que yo hubiera podido moverme:

​ —No voy a mirar hacia otro lado.

​ Ahí he explotado.

​ —¿Y quién te has creído que eres? —he soltado, levantándome de golpe—. ¿Mi salvador?

​ Matteo también se ha incorporado, pero no ha avanzado hacia mí. Se ha quedado quieto, como si supiera que el movimiento me haría salir corriendo.

​ —Siena…

​ —No. —He levantado una mano, temblando de rabia—. No me digas mi nombre como si fueras el bueno de esta historia. Tú no vienes aquí por mí. Vienes por… por tu necesidad de controlarlo todo.

​ Matteo ha apretado la mandíbula.

​ —No es control. Es…

​ —¿Es qué? —le he cortado—. ¿Cuidado? ¿Preocupación? Mira, Matteo, te voy a decir lo que yo he visto.

​ Él ha parpadeado y yo he avanzado un paso, no para acercarme, sino para no sentirme pequeña.

​ —Yo me he dado cuenta de que tú nunca llevas pijama —he escupido—. Nunca. Que estás en constante alerta. Que no paras de mirar el teléfono, como si fueras un guarda de seguridad de tu propia vida. Que aquí, en casa, no te relajas jamás.

​ He visto un destello en su mirada, algo parecido a sorpresa.

​ —Y ¿sabes qué? —he seguido, incapaz de frenar—. Cada uno tiene sus problemas. Cada uno tiene sus traumas. Los tuyos y los míos. Y no por eso me he sentido con derecho a ponerte un foco encima y decirte «no me escondas esto».

​ Matteo ha tragado saliva. Por un segundo parecía que iba a decir algo, pero lo ha pensado y lo ha dejado pasar, como si hubiera entendido que yo no estaba discutiendo con él: estaba defendiéndome de un espejo.

​ —Déjame en paz —he dicho, ya con la voz más rota que enfadada—. Por favor.

​ El silencio ha caído entre nosotros. Ringo, subido a una silla, nos ha mirado con los ojos medio abiertos, incómodo. Creo que le ha molestado la tensión en el aire.

​ Mi compañero ha respirado hondo, despacio. Y cuando ha hablado, lo ha hecho sin levantar la voz.

​ —No voy a hacerte daño con esto —ha dicho—. No he dicho nada para humillarte.

​ —Pues lo has conseguido igual —he murmurado, con la garganta cerrada.

​ Ha sostenido mi mirada un segundo largo. Y entonces, con una serenidad que me ha dado rabia porque ha parecido invencible, ha dicho:

​ —Entiendo que me odies por verlo. Pero no voy a mirar hacia otro lado, Siena.

​ Me han temblado las manos.

​ —Pues mírame desde lejos —le he escupido—. Como lo hacen los demás.

​ Me he girado hacia el pasillo sin saber a dónde iba exactamente. Solo sabía que tenía que salir de esa cocina antes de que se me rompiera la cara delante de él. Detrás, no lo he oído moverse. Solo ha quedado su voz, baja, que se ha clavado donde más dolía porque no ha venido de un contrato.

​ —Cuando quieras hablar… estoy aquí.

​ Y a mí, por dentro, me ha dado un pánico terrible que fuese verdad.