Fuimos un error de guion 31
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Lo hemos conseguido.

​ Hemos podido pasar unas vacaciones separados sin crear ni una sola sospecha de que no estábamos juntos.

La productora, como una mano invisible que mueve hilos sin ensuciarse, se ha encargado de sembrar noticias que nos beneficiaban: titulares suaves, piezas que hablaban de «calma», de «madurez», de «discreción».

Lo justo para que el público respire y, al mismo tiempo, siga mirando.

​ Y ha funcionado.

​ La serie es número uno en la plataforma donde la emiten desde el día del estreno.

Y no solo en España: en cincuenta países.

Una locura. La palabra se me queda corta cada vez que lo digo en voz alta, porque todavía no termino de creérmelo.

Lo noto en algo tan simple como abrir el móvil y ver cómo, sin saber muy bien por qué, mi nombre empieza a llegar a lugares donde yo nunca he estado.

​ De repente, me sigue gente de fuera. Muchísima.

​ Mensajes en inglés, en italiano, en portugués.

Comentarios que hablan de mi mirada, de mis escenas, de la forma en la que me rompo por dentro sin gritar.

Gente que no me conoce de nada llena mis redes con una ternura extraña, como si hubieran encontrado un trozo de sí mismos en mi trabajo.

A veces, al leerlos, se me cierra la garganta.

​ Yo he subido algunos vídeos con mi ukelele.

Nada importante o producido. Otros vídeos sola, en la playa, un amanecer en Altea, el sonido del mar de fondo y mis dedos torpes intentando sacar algo bonito.

Un paseo por esas calles blancas y empinadas, con macetas colgando y sombras frescas entre paredes que parecen hechas para esconder secretos.

​ Me quedaría a vivir allí, la verdad.

​ Altea tiene esa cosa… esa sensación de que la vida, si quieres, puede ser pequeña y preciosa. Que nadie te pide explicaciones por existir.

​ Durante la semana que he estado, he conocido a una pareja con la que he congeniado de una forma sorprendente. Son de Madrid, pero se han ido a vivir allí, buscando lo que yo también estaba buscando sin reconocerlo: silencio.

​ Ella se llama Sofía. Él, Lucas. Y tienen una niña de tres años preciosa, Olivia, que se pasa el día inventándose mundos y preguntándote cosas con la seriedad de una anciana.

La primera tarde que nos sentamos cerca, Olivia se empeñó en enseñarme una concha «que suena a sirena», y yo me quedé mirándola pensando que ese tipo de magia era la única que me interesaba de verdad.

​ Con ellos disfruté de largas tardes en la playa.

Tardes enteras que no tenían agenda. Nos quedábamos hasta que el sol se escondía y las estrellas salían de paseo como si alguien las encendiera a mano.

Lucas traía fruta cortada, Sofía extendía una tela sobre la arena con una paciencia admirable, y Olivia corría alrededor como si el mundo no pudiera alcanzarla.

​ Durante ese tiempo, dejé a Ringo con Cris y Hooper y, por lo que me han contado, se ha llevado de maravilla con Lulú; se conocen desde bebés. Y eso se agradece más de lo que parece, sobre todo cuando tú llevas meses sin saber muy bien qué es casa y qué no.

​ Han sido días de desconexión completa. Me he olvidado de todo y de todos.

​ Bueno… no me voy a mentir: no he podido olvidarme de Matteo.

​ Lo he intentado. Pero me salía como un reflejo, como revisar una herida con la punta del dedo.

De vez en cuando abría sus redes sociales, casi sin querer.

Y ahí estaba él: sonriendo con su gente, rodeado siempre, como si su felicidad dependiera de la cantidad de voces a su alrededor.

Fotos con amigos de toda la vida, cenas largas, una mesa llena de manos y platos, su madre riéndose en algún vídeo, su padre apareciendo de fondo con esa dignidad tranquila.

​ Incluso hemos hecho videollamadas y he podido hablar un poco con su madre y su padre, con traductor de por medio, para que él no se diera cuenta de que estoy aprendiendo su idioma.

Ahí noté que el italiano intensivo estaba dando frutos, porque entendía todo lo que me decían, aunque me hice la tonta.

​ Sé que está feliz con sus amigos y supongo que no tendrá ganas de volver a Madrid, a la mentira.

​ Qué diferentes somos, en realidad. Él ama a su gente.

Siempre que aparece tras la pantalla está rodeado de alguien, como si la soledad fuera un idioma que no entiende.

Yo, sin embargo, siempre aparezco sola. Excepto en un par de ocasiones en las que Sofía, Lucas y Olivia salían detrás, riéndose, saludando a la cámara, colándose en mi realidad con naturalidad.

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​ Estaba en el sofá, desmadejada, con la espalda pegada al respaldo y Ringo hecho un ovillo tibio sobre mis muslos. Le acariciaba la cabeza con un movimiento lento. El mundo podía reducirse a ese ronroneo discreto y a la curva suave de su lomo.

​ No había puesto el aire acondicionado y el calor se había instalado en las paredes como una segunda piel. A ratos me recorrían escalofríos —de esos que no vienen del frío—, como si algo en mi cuerpo se negara a estar del todo en paz.

​ Entonces, la cerradura ha sonado. Me he incorporado de golpe y el corazón se me ha subido a la garganta.

​ Ahí estaba: él.

​ Ha entrado como si no acabara de cruzar unos mil quinientos kilómetros de cielo con demasiadas cosas sin resolver.

Moreno. Morenísimo, como si el sol de su pueblo se le hubiera pegado a él.

Llevaba una camiseta amplia, pero no ha podido ocultar del todo lo que había debajo: ese porte que hace que hasta lo cotidiano parezca una escena.

​ Me ha pillado en bragas, sujetador, y con el pelo recogido de cualquier manera; el cuerpo sin coraza.

He agarrado el cojín más cercano por puro instinto y me lo he plantado delante como si hubiera sido un escudo.

Él se ha detenido un segundo en el umbral, mirándome con esa mezcla de sorpresa y diversión que me ha enfurecido porque me ha hecho sentir aún más expuesta.

​ — Ciao, bella .

​ —¿Desde cuándo estás en Madrid? —he soltado, demasiado rápido.

​ Él ha dejado la mochila en el suelo, ha cerrado la puerta y ha alzado las cejas.

​ —Desde ahora.

​ —No tenía ni idea.

​ —Ese era el objetivo, ¿no? —se ha encogido de hombros—. Intimidad. Cada uno por su lado.

​ Me han ardido las mejillas.

​ —Pues felicidades; lo has conseguido.

​ Matteo ha señalado el cojín con una mano.

​ —Somos pareja, no te tapes.

​ —Pareja falsa —he aclarado, seca.

​ Su sonrisa se ha ampliado apenas un milímetro, como si le hubiera gustado que yo se la devolviera.

​ Ringo ha elegido ese momento para estirar las patas, bajar del sofá y caminar hacia él con su dignidad felina intacta. Se le ha rozado por las piernas.

​ —Ah… il capo —ha murmurado Matteo, agachándose.

​ Le ha acariciado la cabeza con cuidado y el gato ha cerrado los ojos y ha ronroneado, traidor.

​ Matteo se ha incorporado.

​ —Voy a lavarme las manos.

​ Se ha ido a la cocina sin prisa. Yo lo he visto abrir el grifo, enjabonarse y frotarse con esa rutina ya automatizada.

Ha seguido con las vacunas de la alergia y, por lo que sé, han funcionado.

Verlo hacer ese gesto —domestico, cotidiano— me ha incomodado más que la sorpresa en sí, como si, de repente, esta casa hubiera vuelto a ser nuestra.

​ He aprovechado su espalda para levantarme en silencio. He dado dos pasos hacia el pasillo, pero se ha girado y me ha visto.

​ No ha cambiado la cara de golpe. Solo se ha quedado un segundo quieto, como si algo en su cabeza hubiera hecho clic. Su mirada ha bajado un poco —un vistazo rápido, educado— y ha vuelto a mis ojos con una suavidad medida. Esa suavidad ha sido lo que me ha puesto nerviosa.

​ —Tranquila —ha dicho él, antes de que yo hubiera encontrado ninguna frase.

​ Me he quedado quieta un instante, he respirado y he obligado a mi cuerpo a comportarse como si no hubiera estado hecho de vidrio.

​ —Perdona —he murmurado—. Me has pillado en modo verano.

​ —Ya veo —ha sonreído, ligero—. ¿Te he interrumpido tu… siesta?

​ He mirado a Ringo, que ya había saltado a la encimera con total impunidad.

​ —Él estaba de siesta. Yo estaba… derritiéndome.

​ Moretti se ha secado las manos con papel y, por fin, se ha acercado lo justo como para que el saludo hubiera sido real. Ha abierto los brazos, sin prisa. Yo he dudado una milésima de segundo y luego me he metido en su abrazo.

​ Ha olido a sol y a jabón. A verano de verdad. Sus brazos me han rodeado con cuidado, sin apretar demasiado, como si no quisiera asustarme. Me he quedado un instante más de lo normal, porque mi cuerpo ha recordado demasiado bien lo que era estar pegada a él.

​ Cuando me he separado, me ha mirado con una sonrisa suave.

​ —Ahora sí. Hola.

​ —Hola —he respondido, y se me ha quedado la voz un poco más baja de lo que pretendía.

​ Ha habido un silencio corto. De esos que no pesan… hasta que pesan.

​ —¿Altea bien? —ha preguntado él al fin.

​ —Bien. Demasiado bien.

​ —Me alegro.

​ Lo ha dicho como si de verdad lo hubiera sentido, sin contrato.

Yo me he obligado a sonreír, pero el calor me ha subido por el cuello.

Y el temblor pequeño —ese que se me instalaba en los dedos cuando algo me desbordaba— ha vuelto a asomar.

Me he movido; tenía que hacer algo. No quedarme ahí mirándolo, porque mirarlo era… complicarse.

​ —Tengo que salir —he dicho de pronto.

​ Ha parpadeado.

​ —¿Salir?

​ —He quedado —he añadido, rápido, como si la palabra me protegiera—. Con… bueno, con… gente.

​ Matteo ha ladeado la cabeza, sorprendido de verdad.

​ —¿Ahora? ¿Con este calor?

​ —Sí. —Me he escuchado demasiado tajante, así que he suavizado—. Me… me viene bien y a ti también. Así te instalas con tranquilidad.

​ Él ha mirado alrededor, a la casa, a la bolsa de viaje que aún estaba en el suelo, a Ringo en la encimera como si hubiera sido un juez.

​ —Siena, no he venido para echarte —ha dicho, y ha habido algo casi ofendido en el tono, como si esa posibilidad le hubiera dolido—. Es tu casa, también.

​ —Lo sé. —He tragado saliva—. No es por eso.