Fuimos un error de guion 28
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Me he despertado con un ruido estrepitoso, como si algo se hubiera caído dentro de la habitación.

​ Durante unos segundos no he sabido dónde estaba.

He tenido la boca seca, la cabeza pesada y el cuerpo lento, como si me hubieran apagado por la noche y alguien hubiera intentado encenderme a medias.

Me ha costado incorporarme; he sentido un vacío desagradable en el estómago y una debilidad fina en los brazos, esa sensación de que hasta el peso de la sábana es demasiado.

​ El sonido ha seguido.

​ Entonces lo he entendido: venía de mi muñeca. Mi reloj ha vibrado con furia, insistente, y la pantalla ha parpadeado con un nombre: Sasha.

​ He tardado un segundo más en notar el calor pegado a mi espalda. Un brazo rodeándome la cintura. Una respiración tranquila en mi nuca.

​ ¡Dios! ¡Moretti!

​ Me he quedado quieta, paralizada por esa evidencia absurda: yo, en su cama —o en la mía, ya ni lo sé—, abrazada a él como si fuera lo más natural del mundo y mi vida explotando en forma de llamada.

​ Matteo también se ha despertado por el sobresalto, con el pelo revuelto y los ojos hinchados, rojos todavía por la noche anterior. No ha dicho nada; solo me ha mirado como preguntándome sin palabras si iba a contestar o a lanzar el reloj por la ventana.

​ Yo no he dado abasto entre recomponerme, ,, en la frase que me había soltado en el coche — si van a vender una historia, que vendan la nuestra —, y entender por qué Sasha me buscaba así.

​ He apretado el botón verde y la voz me ha estallado en la habitación.

​ —¡SIENA! —ha gritado—. ¡¿Has visto lo que han sacado?! ¡Dime que lo has visto!

​ Me he sentado en la cama de golpe y el mundo se me ha inclinado. Un mareo rápido, como un latigazo. Me he agarrado al borde del colchón para no caerme.

​ —¿Qué han sacado? —he preguntado, pero ya me ha subido el pulso.

​ —¡Una noticia! ¡De la première ! ¡Y no hablan de la serie, Siena! ¡No hablan del trabajo, ni del equipo, ni de nada! ¡Hablan de ti! ¡De ti y de Romeo!

​ Me he levantado, nerviosa, y he empezado a moverme por la habitación sin rumbo: hacia la cómoda, hacia la ventana, de vuelta a la cama. Como si quedarme quieta permitiera que la realidad me alcanzara más rápido.

​ Matteo se ha incorporado del todo y se ha quedado apoyado contra el cabezal, observándome en silencio. Tenía esa quietud peligrosa de quien está escuchando algo que le afecta, pero todavía no decide cómo reaccionar.

​ —No entiendo… —he balbuceado.

​ Sasha no me ha dejado terminar.

​ —¡Nos matan los de la productora! —ha aullado—. ¡Eres una lianta, Siena! ¡No tienes conocimiento! ¡¿Cómo nos has fallado así?!

​ —Yo… —he intentado decir, pero la voz se me ha roto.

​ —¡Dicen que estabas escondida con él! ¡Que estabais «revueltos»! ¡Que mientras vendes la historia con el italiano sigues con tu ex! ¡¿Tú eres consciente del daño que nos haces?!

​ El mareo ha vuelto, más fuerte. Me han sudado las palmas. He sentido la habitación girar en un plano lento y sucio. He tragado saliva y no me ha llegado a ningún sitio. Me ha faltado aire. Matteo debe de haberlo visto en mi cara, porque se ha movido.

​ —Siena —ha dicho, ya de pie.

​ He dado un paso y el suelo se me ha ido.

​ No he llegado a caer porque él me ha sujetado por el brazo con una firmeza exacta y, sin pedir permiso, sin titubeos, me ha quitado el reloj de la muñeca y ha cortado la llamada.

​ El silencio ha sido inmediato, brutal. Yo lo he mirado, fuera de mí.

​ —¿Qué haces? —he soltado, con la garganta ardiéndome—. ¡Era Sasha!

​ —Te estabas mareando —ha dicho él, seco, sin suavizarlo.

​ —No. —Me he zafado, o lo he intentado—. Solo estaba…

​ —¿Solo estabas qué? —Su mirada se ha vuelto afilada—. ¿Huyendo otra vez?

​ Aquello me ha encendido.

​ —¿Perdona?

​ Ha apretado la mandíbula. Sus ojos rojos —de sueño, de lágrimas antiguas, de cansancio— se han clavado en mí.

​ —Dime la verdad. —Su voz ha bajado—. ¿Qué pasó anoche con Romeo?

​ Me he quedado helada.

​ —Hablé con él.

​ —Eso ya lo sé. —Ha avanzado un paso—. Quiero saber si cruzaste una línea.

​ —¿Estás insinuando…? —Me ha salido una risa incrédula, rota—. ¿Que le he besado? ¿Que me he liado con él? ¿En serio?

​ —Dicen que estabais escondidos. Dicen que estabais… —se ha tragado la palabra como si le diera asco— revueltos.

​ —¿Qué dices? —he gritado, y me he odiado por gritarle—. ¡Solo lo acompañé a un rincón para que se fumara un cigarro!

​ Matteo me ha sostenido la mirada unos segundos que han parecido demasiado largos.

​ —Entonces explícame por qué hay fotos tuyas con él —ha dicho—. Y por qué, después, tuve que besarte delante de todo el mundo para cambiar el relato.

​ La frase me ha atravesado; he notado cómo la rabia se me mezclaba con la vergüenza.

​ —No te pedí que me besaras.

​ —No. —Su tono se ha endurecido—. Me pediste que te sacara de allí. Y yo lo hice. Lo demás fue… estrategia.

​ —¿Estrategia? —he repetido, temblando—. ¿Así lo llamas?

​ Ha respirado hondo, pero su mirada ha seguido clavada en la mía, desconfiada.

​ —Lo llamo supervivencia —ha dicho—. Pero si tú estás jugando a dos bandas, Siena, dímelo ahora.

​ Ese «si» me ha empujado al borde.

​ —No estoy jugando a nada —he escupido—. Estoy intentando no ahogarme.

​ Me he girado, he ido al salón con pasos rápidos, como si la casa me quemara. Ringo ha aparecido en el pasillo, alerta, y en cuanto me ha visto así se ha pegado a mis piernas. Lo he cogido en brazos, notando su peso como una confirmación: al menos él era real.

​ El italiano me ha seguido hasta la entrada.

​ —¿Qué haces?

​ —Irme.

​ —Siena, estás en pijama.

​ —¡Joder! Me da igual. —He apretado a Ringo contra mi pecho—. Prefiero que me vea el mundo así a que me vea contigo mientras tú decides si soy una puta o una actriz.

​ Matteo ha abierto la boca, pero no ha llegado a decir nada. Se ha quedado quieto, como si la frase le hubiera golpeado donde más duele.

​ Yo he abierto la puerta. Ringo ha gemido bajito, confundido, y yo lo he abrazado más fuerte. Antes de cerrar, lo he mirado una última vez.

​ —No te preocupes, Moretti. Hoy ya tienen tema para hablar. Y no eres tú quien tiene que sostenerlo.

​ Y he cerrado. El aire de principio de verano me ha dado en la cara y, por primera vez desde que ha sonado el reloj, he respirado.

​ He llegado a mi casa. A mi casa de verdad. Esa que estaba en pleno centro de Madrid pero tenía el don de parecer escondida, como si el edificio la protegiera de la ciudad.

​ En cuanto he abierto la puerta, me ha golpeado el olor a hogar. Me he quedado un segundo quieta en el recibidor, con la mano aún en el pomo, dejando que ese aroma me envolviera como una mentira bonita. Allí, al menos, todo olía a mí, a no espectáculo.

​ Me he quitado las sandalias sin ceremonia y he ido directa al baño como si me persiguiera algo.

​ Me he metido en la ducha con el pijama casi todavía pegado al cuerpo; lo he deslizado al suelo a tirones, sin mirarlo, sin doblarlo, sin hacer nada bien.

He abierto el grifo al máximo y he dejado que el agua me cayera encima como un castigo y una absolución a la vez.

Caliente. Muy caliente. Hasta que la piel se me ha puesto roja y la cabeza ha empezado a despejarse lo justo para no sentirme flotando.

Cuando he salido, he subido la música a tope.

Los primeros acordes me han hecho soltar aire por la nariz, a medias entre risa y resignación: I ’ m a Loser .

Los Beatles han sonado en mi baño como si fuera 1964 y yo no tuviera a nadie escribiendo titulares con mi nombre.

​ Era ese cansancio que no era solo sueño: era desgaste.

Era haber dado más de lo que decía el contrato, más de lo que estaba pactado, más de lo que mi cuerpo llevaba semanas suplicándome que dejara de dar.

Ha habido días en los que he trabajado el doble y he comido la mitad.

Ha habido días en los que la cabeza me ha ido más rápido que las piernas.

Y ha habido mañanas —como esta— en las que levantarse ha sido una negociación con la gravedad.

​ Entonces ha sonado un golpe seco en la puerta. Los golpes han retumbado otra vez. Ahí estaban.

​ Me he envuelto en una toalla y he ido hacia el pasillo.

La música de los Beatles ha seguido sonando dentro y yo, por inercia, ya me había preparado para ver la cara de Cris y Hooper al otro lado; mis vecinos de siempre, los que aparecían cuando la música se me iba de las manos como si el volumen fuera un código secreto que significaba: Siena se está rompiendo, subid.

​ Pero no.

​ En el umbral estaba Matteo, en chándal, despeinado, con esa belleza indecente que no debería existir a esas horas. Y, lo peor, con la cara de alguien que no venía a hablar: venía a apagar un incendio.

​ No me ha dado tiempo a reaccionar. Ha entrado casi de un empujón, mirando por encima de mi hombro hacia el rellano.

​ —Volvemos al plan o te destrozan. —Su voz ha sido baja, seca, sin margen.

​ —¿Qué…? —he intentado, pero se me ha quedado en la garganta.

​ —Cierra —ha ordenado.

​ Y yo habría querido mandarlo al infierno.

Yo llevaba la respuesta clavada entre los dientes desde la discusión.

Pero entonces he escuchado el sonido de unas llaves y el arrastre de pasos en las escaleras: una vecina subiendo, cerca, demasiado cerca.

Un rumor de bolsas, un carraspeo, esa tos que la gente usa para anunciarse en pasillos estrechos.

​ El instinto me ha ganado.

​ He cerrado la puerta.

​ Matteo ha avanzado dos pasos, sin mirar el salón, sin mirar los cuadros, sin mirar el incienso. Su cabeza ha girado de un lado a otro como un radar, escuchando, calculando. Solo cuando el sonido de los pasos se ha perdido hacia arriba, ha soltado un aire lento por la nariz.

​ Yo me he quedado pegada a la puerta, con el frío del rellano todavía en la piel y el calor de la ducha aún encima. El pelo me ha goteado por el hombro, la toalla ha empezado a ceder y él estaba ahí, dentro de mi casa, como si no acabara de irme de la nuestra con Ringo bajo el brazo.

​ —¿Estás loca? —ha dicho sin volverse del todo—. ¿Abrir así? ¿Con la música a tope?

​ Su tono me ha pinchado en el orgullo.

​ —Creía que eran Cris y Hooper —he respondido, más fría de lo que me he sentido.

​ Ha girado la cabeza, despacio. Me ha mirado como si midiera cuánto veneno podía permitirse devolverme sin romper del todo la cuerda.

​ —Tus vecinos no te van a parar a la prensa —ha dicho—. Yo sí.

​ Me ha ardido la cara.

​ —Qué bien. —Me he apartado de la puerta y he caminado hacia el salón con pasos duros, consciente de cada gota en el suelo—. ¿También vas a besarme aquí por estrategia, Matteo? ¿O eso solo funciona en la calle?

​ Él ha apretado la mandíbula, pero no ha mordido el anzuelo. Eso me ha enfadado aún más.

​ Me he cruzado de brazos, tiritando un poco, y he notado lo ridícula que debía de estar: mojada, descompuesta, con el vapor aún pegado al cuerpo y un tipo guapísimo —demasiado guapo, demasiado bien— plantado en mi casa como si fuera normal.

​ Y eso ha sido lo peor.

​ Que una parte de mí ha querido que fuera normal.

Que aunque mi cabeza estuviera saturada, aunque el mundo se me estuviera yendo de las manos, seguía registrando detalles inútiles: el dibujo de sus clavículas, la forma en que la camiseta le ha caído por el pecho, el olor a limpio y a noche mal dormida.

​ Lo he odiado por eso. Lo he odiado por existir así.

​ Matteo ha señalado el móvil que llevaba en la mano.

​ —Hay más de veinte periodistas —su mirada ha sido directa— en tu puerta, Siena. Aquí abajo, en tu edificio, en tu calle. Si sales, si abres a quien no debes… Hoy no hablan de Romeo. Hablan de tu crisis. De tu «locura», de tu «colapso». Y eso no lo levanta ni Sasha.

​ Mi estómago se ha encogido.

​ —No me des lecciones —he dicho, helada—. Ya bastante tengo con que todo el mundo me llame «lianta» desde que me he despertado.

​ Matteo ha dado un paso hacia mí. Se ha detenido a cierta distancia. Pero su presencia ha llenado el salón igual.

​ —No he venido a pelear —ha dicho—. He venido a evitar que te hundas.

​ —No necesito que me salves.

​ —Sí. —Y esa palabra ha sido un golpe, porque no la ha dicho con ternura. La ha dicho con certeza—. Aunque lo odies.

​ Me he quedado mirándolo, con la música aún sonando de fondo y mi casa convertida en una trinchera improvisada. He tenido la garganta apretada. La rabia, el cansancio, la vergüenza… todo mezclado.

​ —Estoy saturada —he confesado, sin querer, y me he odiado por dejar que se notara.

​ Él ha bajado la voz.

​ —Entonces escucha. —Ha alzado el móvil un poco—. Tres cosas. Una: bajas la música. Dos: no abres la puerta a nadie. Tres: me dejas hablar con Sasha y con producción. Hoy.

​ Yo lo he mirado, incrédula.

​ —¿Y qué haces tú aquí exactamente? ¿Qué papel juegas ahora? ¿El novio oficial? ¿El guardaespaldas? ¿El mánager?

​ Ha sostenido mi mirada un segundo largo. Luego, ha dicho:

​ —El único que puede entrar en tu casa sin que mañana lo conviertan en un escándalo peor.

​ La frase me ha dejado sin respuesta porque era verdad y porque yo, por dentro, estaba demasiado cansada para seguir llevando el control de algo que ya no controlaba.

​ Me he dado media vuelta, he ido hacia el altavoz y he bajado el volumen de golpe. La canción se ha quedado en un murmullo.

​ Cuando me he girado, Matteo seguía ahí, quieto, esperándome como si hubiera sabido que, aunque yo estuviera enfadada, iba a hacer lo único sensato.

​ —Cinco minutos —he dicho, fría—. Cinco. Y luego te vas.

​ Matteo ha asentido una sola vez y me ha recorrido un escalofrío que no ha venido de la toalla mojada.