21
Me he despertado con la sensación de haber dormido poco pero muy profundo. El teléfono estaba apoyado sobre la almohada. La llamada se había cortado. Bueno, la había cortado él. Tenía un mensaje.
Matteo
Perdón por despertarte. Gracias por quedarte. Está tranquilo ahora.
Cuando he llegado al hospital, el pasillo no era el mismo que el día anterior; había mucha gente.
He supuesto que eran familiares y amigos de Lorenzo.
Estaban agrupados, en pequeños círculos, hablando en voz baja.
Algunos lloraban abiertamente. Otros miraban al suelo, como si eso pudiera sostener lo que el cuerpo ya no aguantaba.
No he visto a Matteo.
Me he quedado sentada en una de las sillas pegadas a la pared, un poco apartada.
Me sabía mal meterme en conversaciones ajenas.
No entendía del todo el idioma y, aunque lo entendiera, no era mi lugar.
Ha pasado media hora o cinco minutos; el tiempo en los hospitales no se mide igual.
Entonces la puerta de la habitación se ha abierto.
Ha salido una mujer de unos cincuenta y tantos años, agarrada al brazo de Moretti.
Lloraba devastada. No era un llanto elegante, era un llanto roto, animal, sin control.
Él la sostenía con el cuerpo entero, como si ella fuera una muñeca sin articulaciones.
La guiaba con cuidado, con una firmeza que no parecía humana. Era el único pilar que quedaba en pie.
En cuanto han dado dos pasos fuera, el resto de personas se ha acercado. Abrazos, llanto y algún grito ahogado que ha rasgado el aire.
Yo lo he visto todo como si lo estuviera viendo desde fuera, a cámara lenta. Incluso he sentido música en mi cabeza. De esas tristes que se te meten en la garganta y no te dejan tragar y te oprimen el pecho sin tocarte.
Matteo no levantaba la vista del suelo. Tenía la mandíbula apretada, los hombros tensos, la espalda rígida. Aguantando, como siempre.
Hasta que la ha levantado y, como si algo invisible le hubiera susurrado dónde estaba, ha dirigido la mirada exactamente hacia mí. Yo seguía sentada en ese rincón, congelada y con el corazón suspendido en un hilo.
Al mirarme, he visto cómo se le relajaban un poco los hombros; un milímetro.
Lo suficiente para entender que me había encontrado.
Sus ojos se han llenado de agua en cuestión de segundos.
Se le han puesto vidriosos, brillantes, vulnerables y entonces las lágrimas han empezado a caerle sin que él hiciera nada por impedirlo.
Ha negado con la cabeza, pero en ese gesto lo he entendido todo.
Lorenzo se había ido. No se había podido hacer nada por él.
He sentido como si alguien me estuviera apretando el corazón con la mano.
He querido levantarme de golpe, correr hacia él, abrazarlo, meter su cara contra mi cuello y no soltarlo en horas, pero me he quedado clavada.
Porque en ese círculo de dolor yo no era nadie; ahí estaban su madre, sus amigos, su historia compartida desde la guardería.
Porque el duelo tiene un orden invisible y yo no sabía si tenía derecho a romperlo.
He sentido que si me acercaba quizá sobraba.
Desde ese rincón, he sostenido su mirada todo lo que he podido. Como si pudiera decirle sin palabras: estoy aquí. Aunque no supiera dónde colocarme.
Matteo ha empezado a caminar hacia donde yo estaba y entonces sí me he levantado.
No he pensado si era mi lugar ni si sobraba; solo he caminado hacia él.
Cuando ha llegado a mi altura, me ha abrazado y se ha roto.
No ha sido un llanto contenido o elegante, ha sido un derrumbe real.
De esos que nacen en el estómago y suben como un incendio hasta la garganta.
Ha enterrado la cara en mi cuello y su cuerpo ha temblado.
Me ha resultado extraño que lo hiciera conmigo teniendo a Marco, a Andrea, a toda su gente alrededor.
Ha sido extraño que el lugar donde se permitiera caer fuera mi pecho.
Y durante unos segundos absurdos, estúpidamente egoístas, me he sentido importante, como si de verdad yo estuviera ahí para algo más que para fingir.
Lo he sostenido con los brazos firmes, pero suaves.
Con el corazón abierto. He sentido cómo la pena le quitaba el aire de los pulmones.
Cómo su respiración se rompía contra mi clavícula.
Cómo su suelo se abría bajo sus pies y lo tragaba entero.
He apoyado la mejilla en su cabeza. Hay dolores que no se arreglan con palabras.
Cuando se ha calmado un poco, cuando el temblor se ha convertido en respiraciones largas y pesadas, me ha mirado con los ojos rojos, vacíos y llenos a la vez.
—Necesito ir al hotel —me ha dicho en voz baja—. Un rato. Mientras arreglan todo.
El trayecto hasta el hotel ha sido en silencio. Un silencio denso y espeso. Matteo arrastraba los pies, le costaba mantenerse erguido. Horas antes había sido la fuerza que sostenía a la madre de Lorenzo y ahora parecía que no pudiera sostenerse ni a sí mismo.
En el ascensor ha apoyado la espalda contra la pared y ha cerrado los ojos. No estaba dormido, pero sí vacío.
Al entrar en la habitación no ha dicho nada.
He ido directa al baño y he preparado el albornoz; lo he dejado colgado en la percha, he dejado correr el agua caliente para que el vapor templara el ambiente, para que el baño no estuviera frío cuando entrara.
Pequeños gestos; lo único que podía ofrecer.
Cuando ha entrado, se ha detenido un segundo en el umbral.
—Gracias —ha susurrado.
Yo he salido.
—Te espero fuera. Tómate tu tiempo.
He cerrado la puerta despacio. Me he sentado en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, escuchando el sonido del agua caer.
Cuando ha terminado de ducharse, la puerta del baño se ha abierto despacio.
Ha salido con la toalla anudada a la cintura.
Todavía tenía el torso mojado y el pelo goteaba sobre sus hombros.
El vapor lo seguía envolviendo como una niebla privada.
Y aun así, siendo tan grande, tan físicamente imponente, parecía una sombra vagando por la habitación.
Un cuerpo enorme sosteniendo un dolor todavía más grande.
Se ha sentado en la cama, a mi lado, con los codos apoyados en sus rodillas y las manos sujetando su cabeza. Durante unos segundos solo se ha escuchado el leve goteo del agua cayendo desde su pelo hasta el suelo. Yo no sabía cómo romper ese silencio sin hacerlo pedazos.
—Una vez escuché una frase que me resultó rarísima —he dicho al fin, con cuidado—. Decía: «Nadie muere nada».
Ha levantado ligeramente la vista.
—Está mal dicha, ¿no? —ha respondido.
—Suena mal, pero a la vez… es verdad. Nadie muere nada, porque no se van del todo.
He respirado hondo antes de seguir.
—Estoy segura de que las personas que queremos rompen el espacio y el tiempo para seguir con nosotros. No desaparecen; cambian de lugar. Lorenzo no te va a dejar solo.
Ha tragado saliva. Las lágrimas no caían ya con violencia, pero seguían ahí, silenciosas.
—Es increíble… —ha susurrado—. Se ha ido estando yo allí, como si me hubiera esperado. Como si no quisiera irse sin verme.
Me he girado un poco hacia él.
—Cuando mi abuelo estaba muy enfermo pasó algo parecido —le he contado—.
Yo estaba en Madrid, trabajando, y él, en Valencia.
No paraba de decir que tenía muchas ganas de darme un abrazo.
Llegué, le di ese abrazo y le dije que ya estaba allí, que ya no tenía que preocuparse y media hora después… se fue.
Ha levantado la cabeza lentamente.
—Hay algo que no sabemos explicar —he continuado—, pero aguantan. A veces aguantan hasta ver a quien necesitan ver, hasta sentir esa mano, hasta escuchar esa voz.
Ha cerrado los ojos un instante.
—Gracias por organizar el viaje —ha dicho de pronto, mirándome con una mezcla de agotamiento y gratitud—. Si no hubiera venido… no me lo habría perdonado nunca.
—La relación que tenemos es rarísima —he sonreído un poco—. No paramos de darnos las gracias.
Ha esbozado una sonrisa mínima.
—Prefiero eso a pasarnos la vida pidiéndonos perdón.
La frase se ha quedado suspendida entre los dos. Él seguía sentado a mi lado, todavía con la toalla anudada, el pecho húmedo, los hombros hundidos y yo lo miraba sin saber qué hacer con tanto dolor concentrado en un solo cuerpo.
—No sé cómo se hace esto —ha dicho de pronto, en voz baja—. No sé cómo se aprende a perder a alguien así.
Y entonces se ha levantado y ha vuelto a romperse. No ha sido un llanto escandaloso, ha sido peor. Ha sido silencioso. Su cuerpo se ha doblado hacia delante, se ha apoyado con una mano en la pared y yo, sin pensarlo, me he acercado y lo he abrazado por detrás.
Lo he rodeado con los brazos. Él ha tardado apenas un segundo en corresponderme. Se ha girado y sus manos se han cerrado en mi cintura con una fuerza desesperada. Yo era un asidero en medio de su caída.
He sentido su respiración irregular contra mi clavícula, el calor de su piel todavía húmeda, el olor limpio del jabón.
—No quería verlo así —ha susurrado contra mi cuello—. Y no quería que su último recuerdo de mí fuera esta cara rota.
—Está contigo —le he dicho, pegada a su oído—. Y siempre lo estará.
Sus dedos se han clavado un poco más en mi espalda. No me ha hecho daño; he sentido que me necesitaba. Nos hemos quedado así, abrazados, sin movernos. Su pecho subía y bajaba contra el mío. Poco a poco las respiraciones han empezado a sincronizarse.
He notado cómo su agarre cambiaba. Ya no era solo sostenerse, era quedarse.
Ha levantado la cara buscando aire y nuestros labios han quedado demasiado cerca. No ha habido intención, solo la proximidad y vulnerabilidad de dos personas desarmadas.
Su mirada ha bajado a mi boca, la mía se ha quedado atrapada en la suya, y ha ocurrido. Nos hemos besado. Ha sido un beso suave, tembloroso e incluso torpe. Un roce que ha durado más de lo que debería. No era deseo puro; era refugio.
He sentido cómo su mano subía a mi espalda, no para atraerme más, sino para asegurarse de que seguía ahí. Yo he respondido sin pensar. Un segundo, dos… El tiempo suficiente para que el mundo desapareciera y entonces la conciencia ha vuelto.
Me he separado de golpe.
—No… —he susurrado, retrocediendo un poco—. Lo siento.
Él también ha respirado hondo, como despertando.
—No pidas perdón, por favor —ha dicho, todavía muy cerca—. Ha sido culpa mía.
—No —he negado—. Cuando uno está así… todo se mezcla. El dolor, el miedo… la necesidad de sentir algo que no sea esto.
Nos hemos quedado mirándonos y yo me sentía fatal. Acababa de besar a un hombre que había perdido al amor más importante de su vida. Había sido un impulso, una confusión.
—Ha sido un error —he dicho, más para convencerme a mí que a él.
Matteo ha bajado la mirada. No estaba enfadado, solo agotado.
—Ha sido humano —ha respondido.
Quizá ese era precisamente el problema. Que había sido demasiado humano.
Me habría gustado decir que no había significado nada, que había sido consecuencia del cansancio, del dolor, de una noche imposible y de dos personas intentando mantenerse a flote como podían.
Me habría gustado creer que todo se reducía a eso.
Habría sido más sencillo, cómodo y seguro.
Pero mientras lo miraba, todavía tan cerca, sabía que me estaba mintiendo, porque durante aquel beso no había sentido pena, miedo… ni siquiera culpa.
La culpa había llegado después.
Lo que había sentido durante esos segundos había sido algo mucho más peligroso.
Había sentido vida. Una sensación cálida y ardiente me recorría todavía el pecho y se mezclaba con el remordimiento de una forma tan extraña que ya no sabía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Durante un instante había recordado quién era antes de convertirme en alguien que siempre está fingiendo y, sin embargo, allí no había habido nada de eso.
Era una locura que apenas había durado unas milésimas de segundo y que, aun así, había sido suficiente para poner mi mundo patas arriba.
Aquello me había hecho volar y no de una manera bonita ni tranquila, sino con esa sensación vertiginosa.
Porque el problema no era el beso: el problema era que me había gustado.
Que una parte de mí había encontrado refugio allí.
Que, por un instante, todo el dolor, toda la presión y todo el miedo habían desaparecido y eso era exactamente lo que no podía permitirme.
Porque había cosas que estaban prohibidas incluso cuando nadie las prohibía. Sentimientos que era mejor dejar encerrados. Deseos que era mejor no nombrar. A pesar de la culpa, seguía sintiendo aquella necesidad absurda de permanecer cerca de él.