20
Cuando he llegado a la habitación y se ha cerrado la puerta a mi espalda, todo el ruido se ha apagado de golpe. El silencio pesa distinto cuando estás sola. Me he descalzado despacio y he ido directa al espejo del baño.
Me he mirado, pero no a la cara; al cuerpo.
He girado un poco el torso, luego al otro lado. He vuelto a hacer ese gesto automático que odio: pellizcarme la piel del abdomen, comprobar cuánto sobra, cuánto molesta, cuánto ocupa. Me he sentido hinchada, pesada y gorda.
He bajado la mirada y he sentido ese impulso conocido, urgente, como una orden militar. Me he arrodillado frente al váter. La cerámica estaba fría, al igual que el suelo. He cerrado los ojos un segundo y justo entonces ha sonado el teléfono.
El sobresalto me ha devuelto al mundo. He maldecido en silencio, pero lo he cogido al instante. No quería asustarlo.
—Siena… —su voz ha salido baja, cansada—. Perdona. Me he ido sin despedirme y luego no he parado de pensar que te había dejado sola.
Me he apoyado contra el mueble del baño y he respirado hondo. Necesitaba esa voz.
—Tranquilo.
—Mi madre… —ha suspirado—. No he podido pararla. Estaba muy agobiada pensando que estabas aquí sola después de todo.
He sonreído sin darme cuenta.
—Pues ha sido lo mejor que me ha pasado hoy —le he contestado—. Es maravillosa, Matteo. De verdad. Me ha cuidado como si me conociera de toda la vida.
He oído cómo sonreía al otro lado.
—Eso hace —ha dicho—. Cuidar. A veces demasiado.
—No —le he corregido—. Justo lo suficiente.
Ha habido un silencio corto.
—¿Has cenado? —me ha preguntado después, con suavidad, pero directo—. Prométeme que has comido algo.
La pregunta me ha atravesado y he mirado de reojo el váter.
—Sí —he dicho—. He cenado. Tu madre no acepta un no por respuesta.
Ha soltado una risa breve.
—Me lo imaginaba.
He tragado saliva y he cambiado de tema antes de que mi cabeza volviera a atacarme.
—¿Y Lorenzo? —le he preguntado—. ¿Cómo está ahora?
—Se ha quedado dormido cuando he llegado —ha respondido—. Tranquilo. Verlo descansar… ayuda.
—Me alegro —he dicho, sincera—. De verdad.
He oído cómo soltaba el aire y esas palabras le aflojaban algo por dentro.
—Si esta noche no duermes —he continuado—, me escribes. Te cuento un chiste malo o dos. Soy muy constante en eso.
—Eso sí que da miedo —ha dicho, y he oído la sonrisa clara esta vez.
—Para eso estamos.
—Descansa —me ha pedido.
—Tú también.
He colgado despacio.
Me he quedado unos segundos quieta, con el móvil en la mano, respirando. El impulso había pasado. No había vomitado y no había sido por fuerza, sino por conexión.
He salido del baño, me he metido en la cama y he escrito todo en el móvil.
——————————
Eran las cuatro de la madrugada cuando el teléfono ha empezado a vibrar sobre la mesita. He alargado el brazo medio dormida, pero no llegaba. He calculado mal la distancia. He gruñido, me he incorporado con los ojos pegados y el cuerpo rendido, he encendido la luz y he descolgado sin mirar.
—¿Sí?
Ha habido un silencio, un segundo.
—Siena…
Era Matteo.
El sueño se me ha ido de golpe.
—¿Ha pasado algo? —he preguntado, sentándome recta en la cama.
Al otro lado ha habido una respiración irregular, como si estuviera caminando o intentando no romperse.
—Cuéntame el chiste más malo que te sepas.
He parpadeado.
—¿Qué?
—El más venenoso. El más absurdo. El más ridículo. Lo que sea.
He entendido al instante que no era curiosidad; era supervivencia.
—Matteo… —he bajado la voz—. ¿Qué pasa?
Ha tardado unos segundos en contestar.
—Tengo miedo.
Así, sin disfraz. He apoyado la espalda contra el cabecero.
—Pensaba que podía con esto —ha continuado—. Pensaba que iba a ser fuerte, que iba a entrar ahí y que iba a estar tranquilo, que iba a hablarle normal, como siempre. Pero no puedo. No soporto verlo así.
He cerrado los ojos para escucharlo mejor.
—Está tan… —su voz se ha quebrado—. Parece que el cuerpo ya no le pertenece. Y yo estoy ahí, estas horas, sentado al lado, agarrándole la mano, fingiendo que creo que va a salir de esta. Y no sé si lo creo, no sé si estoy mintiéndole.
Ha respirado fuerte.
—Quiero salvarlo, quiero hacer algo, lo que sea, y no puedo. Solo puedo mirar cómo se acerca a ese precipicio… y no hay nada que frene eso.
No lo he interrumpido.
—Es una mierda, Siena —ha dicho al final—. No quiero que se vaya. No sé cómo se hace esto. No sé cómo se acompaña a alguien hasta el final sin romperte tú.
He tragado saliva.
—Se hace así —le he dicho despacio—. Como lo estás haciendo. Estando.
Ha guardado silencio.
—Ahora —he añadido—, como me has pedido un chiste horrible, te voy a contar el peor que me sé.
He oído un leve resoplido.
— Avanti, piccola .
—¿Qué le dice una impresora a otra?
No ha dicho nada y he esperado un par de segundos, hasta que le he dado la respuesta:
—¿Esa hoja es tuya o es impresión mía?
—¿Eso es lo peor que tienes? —ha preguntado, incrédulo.
—Estoy medio dormida, dame margen.
He seguido.
—¿Cómo se dice pañuelo en japonés? —he esperado unos segundos—. Saka-Moko.
Ha habido un segundo de pausa… y luego una risa, pequeña, pero la he oído.
—Eres malísima contando chistes —ha dicho.
—Gracias.
He sonreído en la oscuridad.
—Vale, ahora tu turno. Un chiste.
—No.
—Sí.
—Soy pésimo y en español no sé si me sé alguno.
—Me da igual. Es una orden médica.
Ha suspirado.
—Vale… ¿Qué hace una abeja en el gimnasio?
He esperado.
—Zum-ba.
He tardado un segundo en procesarlo.
—¿Eso es todo?
—Te dije que era malo.
He soltado una carcajada.
—Es horrible.
—Lo sé.
Nos hemos quedado unos segundos riendo como dos críos a deshoras.
—Otro —le he exigido.
—No abuses.
—Venga.
—¿Qué le dice un techo a otro?
He suspirado.
—Nos vemos en el tejado.
He rodado los ojos.
—Voy a colgarte.
—No te atreves.
La risa ha ido bajando poco a poco hasta convertirse en respiraciones más calmadas.
—¿Puedo…? —ha dudado.
—¿Qué?
—¿Podemos dejar la llamada abierta? Aunque no hablemos. Solo… escuchar.
He mirado la habitación en penumbra.
—Claro que sí.
Ha soltado el aire.
—Gracias.
—Pero si me escuchas roncar me despiertas —le he advertido—. Sería penoso acompañarte con respiraciones de ogro.
—No roncas.
—No lo sabes.
—Lo intuyo.
He apagado la luz y me he acomodado de lado, con el teléfono apoyado junto a la almohada.
Al fondo he empezado a oír los sonidos del hospital. Un pitido rítmico, leve y constante. Las máquinas de Lorenzo que marcaban el tiempo, la respiración irregular de Matteo cuando se movía en la silla.
Yo he acompasado la mía a la suya. Ya no hemos hablado, pero estábamos juntos, y así, me he quedado dormida.