Fuera de ruta Capítulo 13 — Las dudas
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Capítulo 13 — Las dudas

En una relación, las parejas debían confiar la una en la otra. Revisar el celular de alguien era invadir su privacidad.

Pero ¿qué pasaba cuando la confianza ya tenía grietas?

Las palabras de Mauricio se le quedaron a Valeria como una semilla.

Al principio no estaba de acuerdo con él. Pero, después de que se lo dijo, empezó a notar algunas cosas raras. Por ejemplo, cuando estaba con su novio, el celular de él casi nunca sonaba y él tampoco lo revisaba.

Se había comportado así desde que empezaron a salir.

Al principio Valeria pensó que era porque la respetaba y le prestaba atención. Ahora le parecía sospechoso. ¿Quién descansaba y no recibía ni un mensaje del trabajo?

Una vez que germinaba, la duda era difícil de contener.

Al final, cuando su exnovio se quedó dormido, Valeria no pudo resistirse y revisó su celular.

En WhatsApp no encontró nada raro. Entonces siguió el consejo de Mauricio y revisó las reacciones y respuestas a los estados de su ex. Ahí aparecían las personas que habían reaccionado o le habían escrito.

Valeria detectó varios perfiles que le parecieron sospechosos. Entró a cada chat, pero no había mensajes.

De pronto se le ocurrió buscar la conversación de ella misma con su novio. No pudo encontrarla por ningún lado, ni entre los contactos ni en el historial de mensajes.

Valeria no tenía experiencia con esas cosas, así que salió de WhatsApp y revisó el historial de navegación del celular.

Además de la dirección de ella, encontró otras dos que claramente correspondían a edificios de departamentos. Las dos aparecían tanto en el historial como entre las ubicaciones guardadas.

Pero solo eran direcciones. Podían ser de familiares o conocidos.

Fue hasta que abrió la aplicación de Rappi y vio las promociones de los últimos meses y los pedidos a domicilio cuando la situación se volvió más clara.

—En realidad, no solo cené con ella un par de veces. Para ser exactos, llevamos dos meses conociéndonos —admitió su exnovio frente a las pruebas de Valeria.

Volvió a explicarse, pero Valeria ya estaba alerta. Pronto notó que las nuevas confesiones solo incluían lo que ella ya había descubierto.

Había encontrado pedidos de los últimos dos meses; según él, su relación con la mujer que su familia le había presentado solo llevaba ese tiempo.

Había encontrado boletos de cine, promociones para restaurantes y pedidos de comida; él insistió en que entre los dos no había pasado nada físico.

¿Las personas a las que él reaccionaba con tanta frecuencia eran mujeres con quienes coqueteaba o salía? ¿Había borrado los mensajes de WhatsApp? ¿También había ocultado la conversación de Valeria?

Negó todo. Dijo que había desinstalado y vuelto a instalar WhatsApp unos días antes, y que no sabía por qué algunas conversaciones no aparecían.

Juró que no le mentía y trató de encontrar una excusa para cada cosa. Luego le dijo que, si aceptaba casarse con él, llamaría en ese momento a la otra mujer y cortaría por completo el contacto.

Valeria se aferró a la mayor contradicción.

—¿Entonces todavía hablas con ella?

—Yo… —Su exnovio se tapó la boca. Tardó un rato en contestar—. No. Después de contarte lo que pasó, le dije que tenía novia y que ya no debíamos hablar. Pero ella no lo acepta y me llama a cada rato.

Valeria miró al hombre que seguía inventando excusas y se dio cuenta de que ya no quería averiguar nada más.

¿Estaba saliendo con otras mujeres al mismo tiempo? ¿Con una o con dos? ¿Quién había llegado primero? ¿Y si ella era la otra?

Ya no importaba.

Desde el momento en que encontró los boletos de cine y los pedidos de comida, la relación se había terminado.

Le había dado la oportunidad de explicarse porque quería entender qué había pasado y aprender algo para no volver a cometer el mismo error.

Pero él se negaba a reconocer la verdad y seguía mintiendo hasta el final. Si de verdad la hubiera querido, ¿cómo podía tratarla como a una tonta y seguir intentando engañarla?

Valeria estaba asqueada.

Como abogada, había conocido a toda clase de personas. Pero en una relación no le gustaba sospechar de los demás, mucho menos de alguien que compartía su cama.

Y su ingenuidad le había dado una lección brutal.

Después de ver quién era él en realidad, Valeria terminó la relación sin dudarlo.

Le daba tanto rechazo que esta vez no se sintió triste. Pero, por costumbre, cuando se quedaba sola, sentía un vacío y empezaba a dudar de sí misma.

¿Cómo era posible que siguiera conociendo a hombres así y que encima hubiera tenido tan mal ojo para elegirlos?

La inquietud no se le iba. Al verla así, Mariana le propuso ir a un bar.

Valeria casi nunca iba a esos lugares.

Eran sitios para ligar y emborracharse. Le daba miedo que alguien se le acercara con malas intenciones; y, en cuanto a beber hasta perder el sentido, sabía que despertar con resaca no iba a resolverle nada.

Pero cuando se sentía sola, estar en un lugar animado podía ayudar más que quedarse en casa dándole vueltas a todo.

Así que el viernes por la noche fue al bar con Mariana.

Valeria no aguantaba mucho el alcohol. Después de unas cuantas cervezas, se le subió a la cara y empezó a sentirse aturdida.

Con paso inseguro, se apartó de la gente y fue al baño a hacer arcadas. Cuando terminó, puso las manos bajo el agua para enjuagárselas.

—Si no aguantas, no tomes tanto.

Valeria se volvió. Mauricio venía por el otro lado del pasillo.

—Es peligroso emborracharse en un lugar así —añadió él, con intención de advertirle.

Valeria quiso decirle que había ido con una amiga. Pero al darse la vuelta, todo empezó a duplicarse ante sus ojos.

Perdió el equilibrio y estuvo a punto de resbalarse. En el último instante, una mano la sostuvo por el brazo.

—Gracias —dijo Valeria. Cuando soltó la mano de Mauricio, añadió—: También gracias por lo de la otra vez… por enseñarme a revisar el celular.

—Por cómo lo dices, no parece que haya terminado bien —concluyó él.

—No —respondió Valeria, asintiendo.

Quizá el alcohol le despertó las ganas de desahogarse; quizá la mirada de Mauricio, que parecía esperar que siguiera hablando, la animó. Le contó todo lo que había encontrado y cada una de las excusas de su ex.

Mauricio la escuchó en silencio. De vez en cuando fruncía el ceño, pero casi todo el tiempo mantuvo una expresión tranquila, como si nada de lo que ella le decía lo sorprendiera.

—¿Por qué sabes tanto de estas cosas? —preguntó Valeria. Miró el rostro de Mauricio, medio oculto por la luz tenue—. ¿Será que casi todos los hombres son malos y la diferencia está en si los descubren o no?

Mauricio no contestó.

Valeria esperó un momento. Apenas se dio cuenta de lo atrevida que había sido la pregunta y creyó que él no iba a responder, cuando por fin lo oyó decir:

—No es que casi todos los hombres sean malos. Es que los hombres buenos no duran mucho en el mercado.

—¿Qué?

—Los hombres son muy prácticos. Cuando llegan a cierta edad, buscan con quién casarse y tener hijos, aunque todavía no hayan conocido el amor —explicó Mauricio—.

Los hombres confiables suelen encontrar pareja antes de llegar a la edad de casarse, o incluso desde la escuela.

Si nada sale mal, tienen una sola relación y terminan casándose.

Si tú quieres encontrar a alguien de tu edad, que esté cerca de los treinta y siga soltero…

Al llegar a ese punto, volvió la cabeza hacia ella.

—Claro que no digo que no haya hombres confiables. Pero lo más probable es que sea alguien a quien otras mujeres ya descartaron y que a ti tampoco te guste. O que sea…

—Un patán —dijo Valeria entre dientes.

Pero…

—¿Y tú? —preguntó de pronto.

Llevaba años conociéndolo, aunque no habían convivido demasiado. Según la lógica de Mauricio, él podía ser uno de los pocos hombres confiables que quedaban o podía ser un patán. Pero no le parecía ni lo uno ni lo otro.

—¿Tú cuál eres? —insistió Valeria, acercándose a él.

Nunca había observado con cuidado cómo se veía cuando estaba borracha, pero imaginó que debía de tener algo provocador.

Porque vio cómo cambiaba la mirada de Mauricio, cómo se le oscurecía hasta que inclinó el cuerpo y la besó.