Fuegos artificiales con el herrador (Noches de verano en Hope Hollow nº 3) 15
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La castaña subió bien al remolque el lunes.

Subió por la rampa, entró en el remolque y se quedó quieta mientras Curtis cerraba la barra detrás de ella. Sin aspavientos. Sin titubeos. Wyatt observaba desde la valla del corral, con los brazos cruzados, y por primera vez en dos semanas se permitió pensar en la palabra progreso.

El martes, se negó en redondo a subir. Curtis había colocado el remolque en el mismo sitio, con el mismo ángulo, a la misma hora de la mañana. Todo igual. La rampa bajada. El interior barrido. La red de heno colgando donde siempre. Pero la castaña clavó las patas delanteras en la base de la rampa y no se movió.

Curtis tiró del ronzal. No con fuerza. Solo la presión justa para invitarla a avanzar. La yegua se plantó. El cuello se le tensó. Los cuartos traseros le bajaron, y durante un segundo alarmante, Wyatt pensó que iba a sentarse del todo.

—Suéltala —dijo.

Curtis aflojó el ronzal. La castaña retrocedió tres pasos, con la cabeza alta, respirando agitada. No era pánico. Wyatt conocía el pánico, y esto no lo era. Esto era rechazo. Algo entre ayer por la mañana y hoy la había reseteado, y toda la confianza que había ganado con el remolque se había esfumado.

Curtis miró a Wyatt.

—Ayer lo hizo bien.

—Lo sé.

—¿Lo intento otra vez?

—No.

Wyatt se acercó a la castaña y cogió el ronzal de manos de Curtis. La yegua tenía los ojos muy abiertos, pero no desorbitados. Lo observaba, esperando ver qué haría con la cuerda. Si tiraría. Si empujaría. Si sería de los que la obligaban a subir al remolque o de los que la dejaban decidir.

Le soltó el ronzal. La yegua se quedó quieta un segundo, sorprendida. Luego se dio la vuelta y volvió al corral por su cuenta, el andar más suelto con cada zancada que la alejaba de la rampa.

—¿Eso es todo? —preguntó Curtis.

—Eso es todo por hoy.

—El desfile es en dos semanas.

—Ya sé cuándo es el desfile.

Curtis miró el remolque, luego el corral, donde la castaña ya estaba junto al bebedero, tranquila como un gato casero. Abrió la boca, la cerró y se fue hacia su camioneta.

Wyatt se quedó junto a la rampa. El remolque seguía abierto y vacío, la red de heno meciéndose con una brisa que no estaba allí un minuto antes. Aún notaba en la mano la tensión del ronzal: la resistencia, el rechazo, la línea rígida del cuello de la yegua cuando clavó las patas y dijo que no.

Algo la había asustado. Podía haber sido cualquier cosa. Una pesadilla, si es que los caballos las tienen. Un ruido en la noche. El recuerdo de otro remolque que acabó mal. No había forma de saberlo. Y saberlo no habría cambiado nada.

A un caballo no se le quita el miedo con argumentos. Vuelves al día siguiente y empiezas de cero.

Cerró la rampa, la aseguró y fue hacia la valla del corral. Pop habría hecho lo mismo. No porque fuera una técnica ni una filosofía. Porque era lo único que funcionaba.

Una vez le había hablado de un semental de los setenta, un pura sangre grande, recién salido del hipódromo, aterrorizado de todo, que durante seis meses no dejó que nadie le tocara las manos. Pop iba dos veces por semana, se sentaba en la valla y esperaba. No tocaba al caballo. No se le acercaba. Solo bebía café y dejaba que el animal se hiciera a la idea de que un humano podía estar cerca sin querer nada de él.

Al séptimo mes, el semental se acercó y le apoyó el hocico en el hombro. Pop se inclinó y le cogió la mano izquierda. El caballo se dejó.

—¿Llegaste a averiguar de qué tenía miedo? —le había preguntado Wyatt.

—Daba igual —dijo Pop—. A mí no me tenía miedo. Con eso bastaba.

Pasos en la grava, a su espalda. Wyatt no se volvió. Conocía ese sonido.

Meghan se detuvo a su lado junto a la valla. Dejó el café en el travesaño de arriba y miró a la castaña.

—Lo he visto —dijo.

—¿Todo?

—Casi todo. Llegué cuando Curtis intentaba hacerla subir.

Wyatt asintió.

La castaña había terminado de beber y ahora estaba en medio del corral, con el anca ladeada y la cabeza gacha. Parecía una yegua que en su vida se hubiera negado a nada.

Eso era lo desesperante de los retrocesos. El animal que salía de ellos tenía exactamente el mismo aspecto que el que había estado avanzando el día anterior.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Meghan.

—No lo sé. Ayer estaba bien. Algo cambió por la noche. Puede ser cualquier cosa.

—¿Y ahora qué?

—Empezar de cero.

Meghan lo miró.

—¿Desde el principio?

—Desde donde esté ella. Si eso es el principio, pues sí.

Meghan se quedó callada un momento. La castaña cambió el peso de sitio y se espantó una mosca con la cola. Una camioneta pasó por la carretera, detrás de la iglesia, y las orejas de la yegua siguieron el sonido, pero el cuerpo no se le tensó. La carretera no era problema. El contenedor de basura tampoco. El problema hoy era el remolque.

—No te rindes con ellos —dijo Meghan.

Lo dijo sin más. No era admiración, no era una pregunta.

—No intentan ser difíciles —dijo Wyatt—. Tienen miedo.

Las palabras quedaron flotando en el aire entre los dos. Las había dicho por la yegua. Las había querido decir por la yegua. Pero la frase se quedó allí, en el travesaño de la valla, junto a la taza de café de Meghan, y se transformó en algo más grande. Ninguno de los dos fingió que no.

Meghan cogió el café. Le dio un sorbo. Lo volvió a dejar.

—Se me ha cancelado la cita de las cuatro y media —dijo—. Si necesitas ayuda con algo aquí esta tarde, estoy libre.

—No tienes que hacer eso.

—Lo sé.

La miró. Ella observaba de nuevo a la castaña, el rostro sereno, las manos sobre la taza de café que acababa de soltar y había vuelto a coger.

Hacía eso cuando se guardaba algo. Buscaba el objeto más cercano y se aferraba a él. Lo había visto con el bote de spray en el salón. La escoba. La taza en la encimera de su cocina. Les daba a las manos algo que hacer para que el resto de su cuerpo pudiera quedarse quieto.

—Me vendría bien otra persona para el trabajo pie a tierra —dijo él—. Si es que sale del corral.

—¿Y si no sale?

—Entonces nos sentamos en la valla y esperamos.

Meghan casi sonrió. Él captó el inicio —el más mínimo movimiento en la comisura de su boca— antes de que ella bajara la mirada hacia la taza.

—Puedo hacer eso —dijo ella.

Se quedaron junto a la valla un rato. La mañana se asentó a su alrededor: los agentes trabajando con sus caballos en la pista del fondo, el zumbido lejano del tráfico de Main Street, un pájaro en la arboleda que repetía las mismas tres notas.

La castaña se quedó en el corral y respiró. Meghan se quedó junto a la valla y respiró. Wyatt se quedó a su lado e intentó no pensar en que aquello —la calma, la espera, la mujer junto a él que no necesitaba llenar el silencio— se estaba convirtiendo en la mejor parte de su día.

Fracasó.

Pensó en ello toda la tarde.