28
Shery no podía parar de pensar en cómo Naomi dominaba a todos en cada reunión familiar gracias a un feto del tamaño de una almendra. Ella quería ese poder.
Quería un hijo de Sylvan Chase, el hombre al que amaba. Un heredero que la encadenara al trono invisible de la familia más influyente del continente.
En los siguientes días, no habló del tema explícitamente, pero manipuló el entorno en su rutina con Sylvan.
Salió menos de casa. Estudió más para su carrera.
Hizo sus tareas domésticas cada día. No lo dejó ir solo a ningún lado.
Le pidió atención cada segundo. Incluso le pidió que la dejara y la recogiera de la universidad, en vez de ir en su propio coche.
Sylvan lo notaba todo, la veía comportándose como una esposa devota, y pensó que lo hacía para compensarlo por haberlo herido al mentir.
Pero no era por eso.
Shery ni se acordaba de eso.
Empezó a soltar frases como anzuelos para medir el interés de Sylvan en bebés, con tono inocente:
—Qué gracia cómo Naomi tiene a todo el mundo comiendo de su mano por una gominola Chase… ¿En serio esas criaturas tienen un efecto así? Me da curiosidad. ¿A ti no?
—No —respondió él, sin inmutarse—. No me interesa evaluar ese tipo de criaturas.
Ella no pensaba rendirse. Iba a dejar de usar anticonceptivos sin anunciarlo.
Seguiría acostándose con él una y otra vez, pero como tanta frecuencia era parte de su rutina desde siempre, él no sospecharía nada.
Esperaba que el destino hiciera su trabajo, porque si Naomi lo había logrado sin pedir permiso, ella también podría conseguirlo.
También podría lograr que Sylvan lo aceptara, creyendo que había sido un accidente, sin darse cuenta de que era manipulación.
Shery estaba muy contenta, despreocupada, porque sabía que siempre conseguía lo que deseaba. El único inconveniente era que no podría acostarse con Nash hasta que se quedara embarazada, aunque tardara meses. Quería asegurarse de que el bebé fuera de Sylvan.
Era un sacrificio temporal. De todas formas, Nash estaba muy ocupado, debido a su fama. Apenas se veían. Y siempre que se veían, Naomi estaba con él, marcando su territorio.
■ ■ ■
Pasaron tres semanas desde la cena con la familia Chase en Sireno.
Shery tenía planeado intentar quedarse embarazada en el siguiente ciclo, después de la regla, que se suponía que debía bajar hoy. Pero no bajó.
Al regresar de la universidad, mientras Sylvan estaba en la cocina, se encerró en el baño y se hizo una prueba de embarazo.
La segunda línea apareció poco a poco al cabo de un rato.
Shery frunció el ceño e hizo cálculos. El inicio del ciclo, la inyección caducada…
Lo tenía claro: había concebido antes de aquel almuerzo con toda la familia en Sireno.
Su corazón latía muy fuerte, pero no estaba asustada. Sentía una emoción que no le cabía en el cuerpo. Eso era una victoria. Inesperada, demasiado rápida, pero era una victoria.
Ya tenía un Chase en su vientre, que era exactamente lo que quería.
Ahora, tocaba revelárselo a Sylvan. Anticipaba que él no iba a emocionarse, pero eso le daba igual.
Entró en la cocina, todavía con la ropa de universidad, que constaba de una minifalda y una blusa con gatitos dibujados. Le dio un ardiente beso en la boca, luego se acurrucó contra su pecho, jugando con las pulseras negras de cuerda que él llevaba.
Sylvan soltó la cuchara de remover y apoyó la barbilla sobre su cabeza.
—¿Todo bien, mi amor?
—Estoy embarazada.
Sylvan se apartó suavemente y siguió preparando la comida sin errores ni movimientos bruscos.
Shery notó, en la falta de reacción de él, que habría preferido escuchar cualquier cosa menos eso. Pero a él se le daba muy bien contener sus emociones.
—¿Cómo te parece? —preguntó Shery, dispuesta a presionar sin parar hasta obtener una reacción—. ¡Ya no nos hemos quedado atrás! Nosotros también tendremos una familia, como Nash y esa zorra. ¡Por la misma inyección caduca! ¿A que es increíble?
Sylvan se quedó callado unos minutos más, hasta que la comida estaba lista. Shery seguía pegada a él como un koala, como era habitual, y canturreaba.
—No me gustan los niños. Jamás habría querido tener uno. Jamás me había imaginado a mí como padre. Por eso… no puedo mentirte y decir que estoy feliz. Eso sería injusto para ti —habló Sylvan finalmente, dejando el cuchillo de cortar pan sobre la encimera con suavidad.
Se apartó y se fue para sentarse en el sofá columpio en el jardín. Miró el mar. Ni un músculo de su rostro se movía. Como si todo lo que sintiera no lo estorbara. Como si se le diera demasiado bien mantener la compostura.
Ella se sentó con él y lo abrazó.
—¿Qué harás cuando lo traiga a este mundo? —susurró, esperando escuchar algo dulce.
—Es mi hijo. No es desechable. Es irrelevante que me guste a mí o no. Juro que os daré todo lo que necesitéis y haré lo que sea por ti y por el bebé.
Shery pensó que esas palabras no eran dulces, pero tampoco había dicho algo malo. No le había pedido que abortara. Le había prometido que iba a quedarse y darle todo lo que necesitara.
Era suficiente, por ahora.
Shery quería quedarse a su lado, abrazándolo, besándolo... pero él se levantó y se fue.
La paciencia no era lo de Shery, pero esa vez, decidió ser menos pesada y respetar que él necesitaba tiempo.
Ya había aprendido que, si presionaba lo suficiente, Sylvan terminaba cediéndolo todo, incluso en contra de su voluntad. Solo tenía que darle tiempo antes de volver a hacerlo.
■ ■ ■
Todavía faltaban varias horas para el anochecer. Sylvan tocó el timbre de la casa de Nash. Naomi le abrió la puerta. Llevaba una tarjeta llave sospechosa en la mano y estaba radiante.
—Eh, cuñado, ¿no tenías las llaves? —preguntó ella, abrazándolo con la excusa de saludarlo—. ¿Para qué tocas el timbre? Esta casa es tuya también.
Él miró hacia la sala de estar, donde Nash estaba trabajando en su portátil, concentrado.
—¿Qué estás tramando, Naomi? —preguntó Sylvan, con tono divertido.
—Voy a darles una nueva guarida a los ositos demoníacos. Esos que hablan y son demasiado honestos.
—Claro —respondió Sylvan, y se le escapó la risa por cómo Naomi era la nueva mánager de almas filtradas de la Cárcel de Fracasos—. Es un buen pasatiempo.
—Os prepararé la cena —ofreció ella, dirigiéndose hacia la cocina.
—No hace falta, cenaremos fuera hoy —dijo Nash, levantando la vista del portátil, sonriendo a su hermano—.
Te iba a llamar. Has llegado justo a tiempo.
Te quiero mostrar ciertos contratos valorados en millones que me han ofrecido, y podemos decidir juntos si merece la pena o no.
Ven conmigo luego a una reunión con mis ejecutivos.
—Necesito hablar contigo primero.
Nash entendió ese tono. Cerró el portátil y salió al jardín, donde había una zona de asientos bajo los árboles donde había loros ruidosos. Si hablaban allí, Naomi no alcanzaría a oír nada en la cocina.
Cuando se sentaron juntos, Sylvan fue al grano:
—Shery también está embarazada de un mes. Por la inyección caducada de la misma farmacia.
Nash se reclinó en la silla un momento. Su expresión no cambió mucho, pero se dio un segundo para procesarlo.
—Puede que sea mío —reveló, con calma, mientras los loros seguían haciendo ruido—. Nunca sabremos de quién es, porque tú y yo tenemos el mismo ADN.
Sylvan no había pensado en eso, pero al oír esa posibilidad, nada cambió. No se preocupó. Ni siquiera frunció el ceño. Su vínculo con su hermano era irrompible e incluso un golpe tan grave como una paternidad ambigua no podía tocarlo.
—Podemos vivir con eso —respondió Sylvan, con seguridad—. No pasa nada si nunca podemos saberlo.
—Exacto. Nos ocuparemos de esto juntos, como siempre hacemos —corroboró Nash, con tono reconfortante—. Es un Chase, y no necesita dueño, solo amor y protección. Se lo daremos los dos. Lo criamos los dos. El mundo puede creer que es tuyo. Esto puede quedar entre tú, yo y ella toda la vida.
Sylvan cerró los ojos por un momento y agradeció que su hermano estuviera a su lado. No necesitaba preocuparse por el futuro, pero no por ello podía sentirse feliz.
Nash se inclinó hacia él, sin apartar los ojos de su cara, y susurró:
—¿Estás bien? Pareces... desplazado.
—No estoy bien. Siento rabia hacia el destino.
Fastidio. Desesperación. No quería un maldito crío.
No quería ser padre. Para mí, Shery es lo más valioso.
No necesitaba nada más de ella. Jamás la vi como una fábrica de criaturas.
La vi como mi hogar. Mi mujer. Solo te estoy confesando lo mal que me siento porque confío en que no me vas a juzgar.
Él lo escuchó en silencio. No iba a intentar convencerlo de querer al bebé, desde luego que no. No iba a decirle que cambiaría de opinión al tenerlo en sus brazos, ni nada sentimental.
Le pasó el brazo por los hombros y le dijo:
—Hermanito, te entiendo. Tienes derecho a sentirte así. Es algo que ha ocurrido sin tu control.
Ambos se callaron al oír los pasos de Naomi. Ella les sirvió sus bebidas favoritas. Su melena de color rubio miel se balanceaba por el viento. Un tentáculo morado apareció por debajo de la mesa y robó las fresas que había sobre las bebidas.
Los gemelos cambiaron de tema. Comentaron sobre exportaciones, colores de labiales, contratos… Ella sonrió y se fue de casa, sin sospechar nada.
Sylvan se tomó la bebida poco a poco, como si intentara concentrarse en el sabor y así olvidarse del bebé. Mencionó otro punto igual de importante:
—Shery te necesita a ti también. Siempre que tengas tiempo, ve a verla.
Nash asintió, con mucho gusto. Sabía que era un pacto sagrado, no un capricho. Cuidaría de ella. Sacaría tiempo para ella.
Ambos se fueron juntos a una reunión de la marca N, para continuar con sus ajetreadas vidas en la cima del mundo.
■ ■ ■
Naomi abrió la puerta de una zona secreta de Sireno, lista para ver el resultado de las reformas que había obligado a Juanito y a Eloy a hacer, forzándolos a trabajar horas extras para ella.