Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 26
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Ya había anochecido. Nash y Naomi acababan de regresar a casa. La música seguía sonando a tope en Sireno, que permanecería atracado en el muelle privado más cercano.

Nash preparó un baño con con pétalos, bombas y aromas sensuales, como hacía a menudo. Naomi se acercó con una prueba de embarazo en la mano.

—Como ya sabes, me pongo esa inyección anticonceptiva, la que dura tres meses —dijo Naomi, porque le costaba creer que existiera la posibilidad de embarazo—. Pero no me ha bajado la regla y mis síntomas son extraños. ¿Quieres que lo compruebe?

Nash la miró como si hubiera estado esperando a que ella dejara de ignorar sus síntomas, que eran muy evidentes, y sonrió.

—Si es positivo, se acabó el vodka, Naomi. Confiscaré toda tu colección.

Naomi se rió, sonrojándose. Lo jaló del cuello de la camisa para que se inclinara hacia ella.

—Todavía no sabes si existe, ¿pero ya estás cuidando al bebé? Qué tierno eres, Nash.

Muy ilusionada, Naomi se hizo la prueba de embarazo junto a él. Las dos líneas aparecieron y ella no logró controlar su euforia.

—¡La inyección no funcionó! —exclamó—. ¡No me lo puedo creer, Nash! Siempre quise un hijo tuyo, pero no me atrevía a pedírtelo, porque creía que no ibas a decir que sí a los pocos meses de conocerme.

—No sabía que te gustaban las criaturas, Naomi —dijo él, riéndose, mientras le acariciaba la melena color miel.

—No quería un bebé porque me hiciera ilusión ser madre a los veinte años. Lo quería porque sería tuyo —aclaró Naomi—. Por cierto, desde mi última menstruación, solo me he acostado con Sylvan ayer en la boda. Como estoy embarazada desde hace varias semanas, estoy segura de que el bebé es tuyo.

—Ajá. Lo sé. Los Encarnados y el Oráculo lo confirmaron. El bebé es el nuevo amo de mi dimensión, la Cárcel de Fracasos. Solo lo es por ser mi hijo —confirmó Nash, porque sabía que no había lugar a dudas—. Jamás imaginé que tendría un heredero tan pronto, Naomi, pero lo imagino ahora y me encanta.

Por la emoción, ella temblaba. Nash la levantó en brazos para llevarla al baño con pétalos.

Acurrucada contra su pecho, Naomi escuchaba el latido constante de su corazón y procesó que por fin había llegado el momento. Había logrado su objetivo.

Durante meses, había luchado por un lugar. Había competido con fantasmas, con inseguridades, con Shery y consigo misma. Siempre creyó que debía demostrar que era indispensable. Que debía aferrarse a Nash, a Sylvan y a su familia extraordinaria con uñas y dientes para no ser reemplazada.

Ya nadie podría reducirla a un capricho temporal de Nash. Era digna de la familia Chase. No necesitaba el permiso ni la aprobación de nadie.

Él la había elegido para siempre al aceptar a ese bebé. Un bebé que no solo era el heredero de la marca N, sino de una dimensión paralela sobrenatural, por ser el hijo del dios carcelero e ídolo nacional Nash.

Por primera vez desde que había llegado a Nallane, no sintió incertidumbre.

Estaba en casa. Era parte de la familia y nadie podía borrarla ya.

■ ■ ■

Al día siguiente, Sireno estaba reservado para la familia Chase, porque así lo había ordenado Nash.

Fabian, en un traje negro impecable y un aire de perfeccionista que no consentía errores, recorrió la estancia, con su tableta de control en la mano, y revisó los protocolos: las cámaras internas de seguridad estaban desactivadas, el personal estaba encerrado en la cocina sin permiso de entrar en el restaurante principal, y los drones y robots estaban bloqueados.

Parecía un doctor preparando un quirófano para una cirugía prohibida, excepto que solo estaba asegurándose de que nadie molestara o interrumpiera hoy a Nash.

En su santuario flotante, Nash iba a anunciar algo que solo su familia y sus amigos más cercanos merecían saber antes que el público.

El restaurante tenía techos abovedados con lámparas de cristal colgante en forma de icebergs. Las paredes de cristal dejaban entrar la luz azul del océano, pero lo reflejaban todo desde fuera. Una melodía sofisticada sonaba como si hubiera altavoces invisibles.

La mesa de grupo estaba adornada con copas altas, cubiertos de plata y una botella del mejor champán de Nallane, importado desde Fasamarat sin licencia.

Juanito entró cargando una bandeja con la elegancia de un mayordomo mafioso. Su traje estaba impecable.

—Esta noche solo servimos a los Chase —declaró, ajustándose la corbata—. Si alguien intenta colarse, Eloy lo distraerá con poesía, o Théodoré le arrancará los tobillos. Si eso no funciona, me ocuparé personalmente.

—¿Tú tienes entrenamiento militar? —preguntó Fabian, curioso.

—No, pero en la dimensión de Nash hacía estallar entidades del tamaño de buques con mi lanzagranadas. Fue divertido.

Fabian se quedó pensativo.

—Si Nash decide ir a ver cómo le va a la gente y a los Fracasos, la verdad es que me apuntaré.

—¿Quieres ir otra vez a la Cárcel de Fracasos?

—Sí. Un día estoy estudiando medicina y al siguiente hay ositos de peluche con almas humanas, pingüinos parlantes e imperios enteros construidos por un artista rubio con demasiado tiempo libre. La Cárcel de Fracasos de Nash no me asusta, me fascina.

Juanito se echó a reír.

—Nash tiene la agenda llena. No creo que abra un portal macabro para visitar su dimensión por ahora.

—Por ahora.

—De momento, ¡centrémonos en darle una cena magnífica a Nash! Mira, ya está llegando.

Al llegar, Nash aprobó la decoración y el ambiente del restaurante con una sonrisa y les dio una palmada en el hombro a ambos. Fabian se enderezó, sintiéndose halagado. Juanito se derritió, pero mantuvo la compostura. Hoy no iba a ser un payaso, porque Nash requería eficiencia, no chistes.

Naomi, estricta, interrogó a Juanito y a Fabian sobre la comida que se serviría, demandando perfección absoluta.

En breve, llegaron Sylvan y Shery. Ella tenía el brazo entrelazado con el de él y caminaba muy pegada, como si él fuera un espectro que pudiera desaparecer bajo la luz en cualquier momento.

—Papá y mamá están en camino, volando. ¿El helipuerto está libre? Si no, mamá destrozará la cubierta con sus misiles —advirtió Sylvan, con una risita de burla.

—Tal vez lo haga solo porque no apruebe la estética —comentó Nash, riéndose también.

Juanito ya estaba horrorizado y flipando en colores a la vez, al imaginar a Marinette destrozando sus esculturas de sirenas solo porque le diera la gana.

Shery y Naomi se miraron, serias, pero ninguna abrió la boca aún. Shery se pegó más a Sylvan.

Los cuatro se sentaron.

—¿Qué querías contarnos? ¿O prefieres esperar a mamá y papá? —preguntó Sylvan, muy interesado en la vida de su hermano, como siempre—. No me digas que es una nueva línea de perfumes con nombres indecentes.

—Estoy embarazada —anunció Naomi, sintiéndose la dueña de la mesa, capaz de hacer y decir lo que se le antojara.

Nash quería esperar a que llegaran sus padres para revelarlo, pero no se quejó. Ya sabía que Naomi no tenía filtro.

Sylvan, que ya lo sospechaba por los síntomas de ella, bebió otro sorbo de vino y pensó, mirándola a los ojos con un brillo de diversión e ironía:

Quién lo diría… Naomi, madre. Aunque conociéndola, ni un bebé va a quitarle esas ganas de jugar conmigo.

—Felicidades —dijo Sylvan, alegrándose por ellos—. Espero que cuidéis bien de ese bebé. Es un Chase. Pero a mí no me gustan los críos. No esperéis que lo toque.

—Le cogerás cariño, estoy segura —respondió Naomi, con tono juguetón—. Te obligaré a cuidar de él.

—No, por favor, no me lo des cuando llore. Ni cuando se mueva —protestó Sylvan, como si los niños fueran una pesadilla.

Naomi se rió.

Shery seguía callada, con los labios apretados, como si no estuviera escuchando nada.

Juanito y Fabian, al oír la noticia, se quedaron paralizados con las bandejas en las manos.

—¡Nash, voy a tener un mini jefe! —exclamó Juanito, eufórico—. ¡Muchísimas felicidades! Si me lo permites, me ocuparé de ese bebé. Seré su amigo, su niñero, su cómplice, su guardaespaldas… ¡Le enseñaré a caminar antes de que cumpla nueve meses!

Nash estaba a punto de decirle que sí, que Juanito podría hacer todo eso, pero Naomi se adelantó:

—Ni hablar. Nadie lo va a tocar sin mi permiso. Mucho menos gente irrelevante como tú, Juanito.

Tanto Nash como Sylvan la miraron. Odiaron lo que ella le dijo a Juanito, porque él se merecía respeto. Naomi hoy estaba muy arrogante y había cruzado una línea, pero decidieron, con un gesto entre ellos, que lo iban a dejar pasar. No le dijeron nada.

Juanito también se quedó callado, ignorando el insulto.

—Bueno, ahora tal vez obtengas el apellido Chase. Os casaréis, ¿no? —preguntó Fabian, acercándose, con tono casual.

Naomi lo miró como si él la hubiera golpeado y le preguntó con tono muy antipático:

—¿Apellido? ¿Insinúas que tener un hijo no es suficiente para ser parte de esta familia? ¿Me estás diciendo que necesito una boda para ser alguien? Mira quién fue a hablar. El doctorcito ficus.

Fabian se puso nervioso y levantó las manos, aclarando de inmediato:

—No, Naomi, no lo dije por eso. Es solo que… a mí también me gustaría tener el apellido Chase. Adoraba a Nalani, la hermana pequeña de los gemelos, pero ella falleció y desde entonces no he podido volver a encontrar amor verdadero.

Fabian había confesado demasiado por los nervios, por eso se marchó hacia la cocina rápidamente.

Juanito también se fue, en silencio. Sabía que no era conveniente decir nada en el aire tan tenso que había generado Naomi.

Sylvan y Nash seguían mirando a Naomi con el ceño fruncido. Sabían que ella estaba siendo muy agresiva sin razón, pero no dijeron nada porque no querían arruinar su momento.

De repente, Shery levantó la vista de su copa de vino por primera vez y murmuró:

—Está así de arrogante porque ha atrapado a un hombre exitoso.

Los tres la miraron. Naomi colocó su copa en la mesa. Todo su cuerpo se endureció. El cristal tembló. Se inclinó hacia ella y susurró:

—Puedo destruir tu dignidad en treinta segundos. Inténtalo.

La frase quedó flotando como cristales afilados en el aire.

Sylvan se sirvió más vino, sin involucrarse aún, porque esperaba que Nash pudiera controlarlas.

Nash intervino, firme:

—Este día no es para dagas verbales. Es para celebrar. Y si alguien vuelve a hablar así... se baja de mi barco nadando.

Naomi aceptó la advertencia, porque respetaba la autoridad de Nash.

Shery se recostó con una sonrisa de orgullo, como si la discusión ya no mereciera su atención. Solo se calló por Nash.

Se impuso un silencio incómodo, y Sylvan lo rompió:

—En serio, tengo curiosidad. ¿Cómo pasó? ¿Lo planeasteis o no?

—La inyección que me pusieron estaba caducada —explicó Naomi, porque no iba a ser sarcástica ni agresiva con Sylvan—. La farmacia lo confirmó esta mañana. Ninguna de las mujeres que la recibieron estaba protegida.

Shery se atragantó con su bebida. Tosió. Se derramó vino sobre su escote. Sylvan cogió una servilleta y la ayudó, deslizando los dedos por sus senos.

Nash los miró y se alegró al ver que Sylvan estaba tocando a Shery como un novio atento y cariñoso otra vez, después de la grieta que casi había roto su relación.

Shery, por su parte, estaba pensando que ella también había usado la inyección de la misma farmacia. La suya también estaba caducada.

Razonó que era improbable que ella también estuviera embarazada. Sería una coincidencia demasiado grande.