EPÍLOGO 2
"Los ojos verdes"
Vonderia olía a muerte y a hielo. No era el olor del invierno, que es limpio y vasto y huele a promesa de algo nuevo después de la espera.
Era el olor del invierno cuando el invierno ha sido encerrado, cuando las tormentas han sido controladas, cuando las nevadas obedecen a una voluntad que no es la suya.
El olor del invierno cuando el invierno es prisionero.
Fenris lo sabía porque él era el carcelero.
El semihumano estaba de pie en el borde de un glaciar que se extendía como una herida blanca en el costado de las montañas, con los pies descalzos sobre el hielo y el viento del norte azotándole la cara.
Era enorme. Más alto que cualquier hombre, más ancho que cualquier guerrero, con un cuerpo que era mitad carne y mitad bestia.
La piel era gris, del color de la piedra mojada, y los músculos se movían bajo ella como animales atrapados en una jaula demasiado pequeña.
Los ojos eran azules, del color del hielo más profundo, del color de los glaciares cuando la luz los atraviesa: azules, brillantes, con una luz propia que brillaba en la oscuridad como dos faros en una noche sin luna.
Tenía cuatrocientos quince años. Y cada uno de esos años le había enseñado algo: que la debilidad es un lujo que solo pueden permitirse los que no tienen poder, que el amor es una cadena que te ata a algo que eventualmente perderás y que la única forma de sobrevivir en un mundo que te quiere destruir es ser más frío que el hielo que te rodea.
Fenris no había amado nunca. No había llorado nunca.
No había sentido nunca la necesidad de tener a alguien a su lado.
Su voz era suave, más suave de lo que correspondía a un cuerpo de su tamaño y eso lo hacía más aterrador, no menos.
Porque cuando alguien que parece un monstruo te habla como si fuera tu amigo, sabes que algo está mal en el mundo.
En sus manos, enormes, con dedos que terminaban en garras de hueso, sostenía una mujer.
No la conocía. No sabía su nombre. No sabía de dónde venía.
Solo sabía que la había encontrado en la frontera de Vonderia, sola, descalza, con la ropa hecha jirones y los pies sangrantes de haber caminado demasiado sobre el hielo.
Solo sabía que la había atrapado como se atrapa a un animal herido: sin esfuerzo, sin violencia, con la facilidad de alguien que ha cazado demasiadas veces como para necesitar hacerlo con estilo.
La mujer estaba asustada. Eso era evidente.
Los ojos verdes, del color de las esmeraldas más puras, del color de la esperanza cuando la esperanza todavía existe, lo miraban con una mezcla de terror y de desafío que a Fenris le pareció fascinante.
Fascinante de la misma manera en que un gato encuentra fascinante a un ratón que todavía intenta morder: no porque sea una amenaza, sino porque su resistencia es tan inútil como conmovedora.
—¿Sabes dónde estás? —preguntó Fenris, con esa voz suave que contrastaba con su tamaño.
La mujer no respondió. No podía. Tenía los labios agrietados, la garganta seca, los ojos muy abiertos.
El pelo le caía sobre los hombros como una cortina oscura, lleno de hielo y de sangre seca.
Era joven. Más joven de lo que Fenris esperaba.
¿Veinte? ¿Veinticinco? ¿Treinta? Era difícil saberlo cuando alguien está tan sucia y tan asustada y tan herida.
—¿Sabes dónde estás? —repitió Fenris, con la misma voz suave, la misma paciencia, la misma calma de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y que sabe que la persona que tiene delante no tiene ninguno.
—V... Vonderia —tartamudeó la mujer, con una voz que sonó como cristal rompiéndose.
—Correcto —confirmó Fenris, con la satisfacción de un profesor que ha hecho una pregunta fácil—. Vonderia. Mi reino. Mi tierra. Mi hielo. Y tú estás en él. Sin permiso. Sin invitación. Sin escolta.
La mujer tragó saliva. El movimiento le debió doler porque hizo una mueca que le contrajo todo el rostro.
—Me he perdido —susurró, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme—. No sabía dónde estaba. Solo caminaba. Solo...
—No te has perdido —la interrumpió Fenris, con la misma voz suave, la misma paciencia, la misma calma—.
Nadie llega a Vonderia por accidente. Nadie cruza la frontera sin querer.
El hielo no lo permite. El frío no lo permite.
Las tormentas no lo permiten. Algo te trajo aquí.
Alguien te trajo aquí. Y yo quiero saber quién. El Conquistador también querrá saberlo.
La mujer negó con la cabeza. Un gesto pequeño, desesperado, como el de un animal que sabe que ha sido atrapado y que no tiene adónde huir.
—No lo sé —susurró—. No recuerdo nada. Solo... solo sé que algo me persigue. Que algo me ha marcado.
Fenris la miró. Los ojos azules la encontraron en la luz gris del amanecer, y por un instante, solo un instante, algo cruzó por ellos que no era crueldad.
Era curiosidad. La curiosidad de alguien que ha visto demasiado y que ha dejado de sorprenderse hace mucho tiempo, pero que de repente encuentra algo que no encaja en su mapa del mundo.
—¿Marcado? —repitió Fenris, con una voz que sonaba suave y era más aterradora por eso—. ¿Marcado por quién?
La mujer cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, mezclándose con el hielo y la sangre seca. Luego, con una lentitud que era mitad miedo y mitad rendición, se llevó la mano al pecho.
Se abrió la túnica harapienta hasta la clavícula.
Y Fenris vio la marca.
No era una marca normal. No era un tatuaje ni una cicatriz ni una quemadura.
Era un símbolo. Un símbolo que brillaba con una luz azulada, fría, diferente a cualquier magia que Fenris hubiera visto en cuatrocientos quince años.
Un símbolo que pulsaba al ritmo del corazón de la mujer, como si estuviera vivo, como si estuviera esperando.
Era una espiral, o quizás una serpiente enroscada, o quizás algo más que Fenris no podía descifrar porque cada vez que intentaba fijarlo con la vista, cambiaba ligeramente, como si estuviera vivo.
Fenris la reconoció. No el símbolo. No la marca.
La marca era del Conquistador. La había visto antes, en los documentos antiguos de Vonderia, en los pergaminos que habían sobrevivido a la purga de los archivos reales, en las historias que los sabios contaban en voz baja cuando el frío era demasiado y el silencio demasiado profundo.
Era la marca de vinculación. La marca que el Conquistador ponía en sus herramientas, en sus armas, en sus siervos.
La marca que decía: esto es mío. Esto me pertenece. Esto obedece mi voluntad.
Él mismo estaba marcado así.
Fenris dejó de caminar. Se quedó de pie frente a la mujer, con las manos enormes a los lados y los ojos azules clavados en la marca con una intensidad que era más evaluación que amenaza.
—¿Quién te ha puesto esto? —preguntó Fenris, con una voz que ya no era suave sino fría, tan fría como el hielo que los rodeaba.
—No lo sé —susurró la mujer—. No recuerdo nada. Solo... solo sé que estaba ahí cuando desperté. Que siempre ha estado ahí. Que es parte de mí.
—No es parte de ti —sentenció Fenris, con una voz que cortó el aire como un cuchillo de hielo—. Es parte de él. Del Conquistador. Y si el Conquistador te ha marcado, es por una razón.
La mujer lo miró con esos ojos verdes como esmeraldas, esos ojos que eran más hermosos y más aterradores que cualquier cosa que Fenris hubiera visto en cuatrocientos quince años y en ellos no había comprensión.
Solo había miedo. Miedo desnudo, animal, el miedo de alguien que sabe que ha sido atrapada y que no tiene adónde huir.
—No sé quién soy —susurró la mujer—. No sé de dónde vengo. No sé por qué tengo esta marca. Solo sé que algo me persigue. Que algo me ha traído aquí. Que algo quiere que muera.
Fenris la miró un momento largo. Los ojos azules brillaban con una luz que era más fría que el hielo que los rodeaba, más profunda que el glaciar que se extendía bajo sus pies, más antigua que los cuatrocientos quince años que llevaba en este mundo.
Y entonces hizo algo que la mujer no esperaba.
Se arrodilló.
No con el temple de alguien que se arrodilla por cortesía.
Con la lentitud de alguien que se arrodilla porque quiere estar a la altura de los ojos de otra persona.
Porque quiere mirarla de frente. Porque quiere que ella sepa que lo que va a decir viene de alguien que la está mirando a los ojos, no desde arriba.
—¿Quién eres? —preguntó Fenris, con una voz que ya no era la voz del comandante de Vonderia, ni la voz del semihumano de hielo, ni la voz del monstruo que todos temían. Era la voz de alguien que ha encontrado algo que no entiende y que necesita entenderlo antes de destruirlo.
La mujer lo miró. Los ojos verdes como esmeraldas encontraron los ojos azules como glaciares, y por un instante, solo un instante, algo cruzó entre los dos que no era miedo ni crueldad ni poder. Era algo más antiguo, más profundo, más suyo que cualquier cosa que ninguno de los dos pudiera nombrar.
—No lo sé —susurró la mujer—. No recuerdo nada. Solo... solo sé que mi nombre empieza por S. Solo eso. Una letra. Una sola letra de un nombre que alguien me quitó.
Fenris la miró. La marca brillaba en su pecho como un segundo corazón frío. Los ojos verdes brillaban como
Próximamente.
FIN