Fuego de los caídos EPÍLOGO
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EPÍLOGO

"El puesto de perro”

Un año después, Drakheim olía a pan.

No era el olor del pan quemado que impregnaba las calles antes de la guerra, cuando los hornos funcionaban con harina rancia y los panaderos cerraban antes del mediodía por falta de clientes.

Era el olor del pan recién horneado, de los que tienen esperanza y de los que creen que mañana será mejor que hoy.

La torre de cristal negro seguía en pie, con sus sombras moviéndose por los muros como serpientes perezosas y su balcón asomado al horizonte como un ojo que nunca se cierra. Pero dentro, dentro de la torre, algo había cambiado.

Las paredes ya no estaban desnudas. Jen había puesto tapices, no los tapices descoloridos de batallas antiguas que colgaban antes, sino telas nuevas, con colores que ella misma había elegido: azules como el agua, verdes como los bosques de Sylvaen, dorados como el sol que apenas se asomaba entre las montañas de Draevorn.

Había velas en los candelabros, flores en los jarrones y una chimenea que ahora funcionaba porque Jen había convencido a Borin de que la reparara.

—Una chimenea que no funciona no es una chimenea —le había dicho a Thalion con la firmeza de una arquitecta que ha pasado demasiado tiempo en edificios sin calefacción—. Es una broma cruel.

—Lleva cuatrocientos años sin funcionar —había respondido Thalion.

—Pues lleva cuatrocientos años siendo una broma cruel.

La chimenea funcionaba ahora. Y en la chimenea, una llama perpetua que olía a madera de pino y a algo más, algo más cálido, más antiguo, como el recuerdo de una fogata que alguien encendió hace mucho tiempo y que se niega a apagarse.

Era el fuego de Emeric. El residuo de su esencia que se había adherido a la piedra de Drakheim cuando cayó en el campo de batalla. Jen había convencido a Thalion de que lo trasladaran a la chimenea de la torre, para que el calor de Emeric calentara el hogar que él había ayudado a construir.

—Para que siempre esté con nosotros —había dicho Jen —Pero no se lo digas que se viene arriba.

Jen estaba sentada en la ventana de la torre, con los pies sobre el alféizar y la mirada perdida en el horizonte.

El sol de la mañana se colaba entre las nubes grises de Draevorn con la parsimonia de un invitado que llega tarde y no se disculpa.

Las montañas se extendían ante ella como dientes negros contra el cielo y más allá de las montañas, el bosque de Sylvaen se perdía en la bruma como un sueño que alguien ha tenido y que todavía no ha decidido si quiere recordar.

Tenía veintinueve años. Los había cumplido la semana pasada, en la torre, con Thalion a su lado y Malachi enfrente y una tarta de manzana que Brokk había horneado con una receta que nadie reconocía pero que todos devoraron en silencio porque nadie quería enfadar al enano.

—Es la mejor tarta que he comido en cuatrocientos años —había dicho Thalion, con la solemnidad de alguien que pronuncia un veredicto.

—Es la única tarta que has comido en cuatrocientos años —había corregido Malachi.

—Eso no cambia mi opinión.

Jen se miró las manos. Las mismas de siempre: pequeñas, huesudas, con los nudillos marcados y las uñas cortas.

Pero ahora tenían algo nuevo: el anillo de agua y sombra que Thalion le había puesto en el dedo el día que le pidió matrimonio, junto al lago de los susurros, con Malachi espiando detrás de un pino.

El anillo no se había derretido. No se había enfriado.

Seguía ahí, brillando con una luz que era mitad azul y mitad negra, como un recordatorio de que lo imposible, a veces, es posible.

Y tenía algo más.

Se llevó la mano al vientre.

Todavía no se notaba. Todavía era plano, sin la curva que pronto empezaría a marcar la diferencia.

Pero Jen sabía que estaba ahí. Lo sabía porque el agua dentro de ella vibraba de una manera diferente: más cálida, más suave, como si el poder que llevaba en las venas se hubiera adaptado para proteger algo más que a ella misma.

Estaba embarazada.

La había descubierto hacía dos semanas, cuando el agua dentro de ella empezó a moverse de una manera que no reconocía.

No era el poder de su madre, que era un látigo que la obligaba a obedecer.

No era el vínculo con Thalion, que era un puente entre el agua y la sombra.

Era algo nuevo. Algo más pequeño. Algo que latía con un ritmo que era mitad suyo y mitad de otro.

Thalion lo supo antes que ella. Lo supo por las sombras, que se movían alrededor de Jen con más suavidad de lo normal, como si quisieran proteger algo que estaba dentro de ella.

Lo supo por el agua, que vibraba con una frecuencia diferente cuando él estaba cerca.

Lo supo porque, después de cuatrocientos años de soledad, su cuerpo había aprendido a reconocer la presencia de otra vida.

No le dijo nada esa noche. Solo la abrazó con más fuerza, con más cuidado, con más ternura. Y Jen supo que sus sombras eran unas chivatas, aunque ninguno de los dos dijera nada.

Se lo dijo tres días después, en el balcón de la torre, con el sol de la mañana calentándoles la cara y el viento del mar trayendo el olor a sal y a libertad.

—Estoy embarazada —dijo Jen, y la palabra le supo a algo que no sabía nombrar.

Thalion no respondió durante un momento largo. El silencio se alargó hasta hacerse eterno. Luego, sin decir nada, se arrodilló frente a ella, le puso las manos en el vientre y cerró los ojos.

Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un abrazo de oscuridad. Y debajo de las manos de Thalion, debajo de la piel de Jen, algo vibró: un latido pequeño, lejano, como el sonido de una campana que alguien ha hecho sonar muy lejos.

—Está ahí —susurró Thalion, con una voz que temblaba—. Está ahí. Lo siento.

—Está ahí —confirmó Jen, con una sonrisa que era mitad alegría y mitad terror—. Y va a necesitar un padre que no le tire huesos de fruta a los guardias desde el balcón.

Thalion rio. Una risa que le salió del estómago, una risa que era la más auténtica y la más rota y la más hermosa que Jen le había escuchado nunca.

—No prometo nada —dijo.

—Prométeme que lo intentarás.

—Eso sí puedo prometerlo.

Malachi llegó al día siguiente, con una copa de cerveza en la mano, a las ocho de la mañana, y la sonrisa torcida puesta.

—Buenos días, Majestades —dijo, entrando en la torre como si fuera suya, saludando a con un gesto de la cabeza y sentándose en la silla que siempre ocupaba en la sala del trono, la que estaba más cerca de la chimenea y más lejos de la puerta—. ¿Qué hay para desayunar?

—Pan quemado —respondió Jen, desde la ventana donde estaba revisando los planos de las nuevas murallas.

—Perfecto. Mi favorito.

Thalion apareció del despacho con la túnica negra de siempre y la expresión de alguien que ha dormido bien por primera vez en mucho tiempo. Se sentó frente a Malachi, le sirvió un vaso de agua, porque Malachi seguía sin beber agua, pero Thalion seguía insistiendo y dijo:

—Tenemos que decirte algo.

Malachi dejó la cerveza sobre la mesa. Los ojos de carbón se movieron de Thalion a Jen y de Jen a Thalion con la velocidad de alguien que ha aprendido a leer las emociones de las personas antes de que las personas sepan que las tienen.

—Estáis embarazados —dijo Malachi.

El silencio que siguió fue tan denso que Jen pudo oír el crepitar de la chimenea y el sonido lejano del viento entre las almenas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Thalion.

—Porque llevo cuatrocientos años mirándote la cara, Thalion. Y la última vez que tenías esa expresión fue cuando te comiste un sospechoso pastel de manzana entero en una boda. Es la cara de alguien que ha comido demasiado y que está feliz de haberlo hecho.

—No he comido un pastel entero. Solo comí pastel el otro día.

—Cierto. Seguramente sería un postre de manzana rancio. Pero has hecho algo mejor. Has puesto un niño en el vientre de tu esposa. Y eso, Thalion, es mejor que cualquier pastel.

Thalion apretó los puños sobre la mesa. Las sombras se movieron a su alrededor con más agitación, como un animal que intenta contener algo que no puede contener.

—Es un niño —confirmó Thalion, con una voz que pretendía ser firme y se desmoronaba en los bordes—. O una niña. Todavía no lo sabemos.

—Niño o niña —dijo Malachi, dejando la cerveza sobre la mesa—. Da igual. Lo que importa es que va a tener los ojos de su madre, el carácter de su padre y el humor de su tío.

—¿Su tío? —preguntó Jen, desde la ventana.

—Yo —respondió Malachi, señalándose con el pulgar—. El tío Malachi. El mejor tío del mundo. El que le va a enseñar a beber cerveza a los diez años y a tirar piedras a los guardias a los doce.

—No vas a enseñarle a beber cerveza a los diez años —dijo Thalion.

—¿A los doce?

—Tampoco.

—¿A los catorce?

—Malachi.

—¿A los dieciséis?

—¡Malachi!

—Vale, vale. A los dieciocho. Pero entonces le voy a enseñar todo. A beber, a pelear, a tirar piedras, a insultar a los nobles. Todo.

Thalion lo miró un momento largo. Luego, sin poder evitarlo, soltó una risa que le salió del estómago.

—Eres un idiota, Emeric.

—Y tú eres un padre, Thalion. Y eso es lo más asombroso que he oído en cuatrocientos años.

Jen apareció de la ventana con los planos en la mano y la expresión de alguien que ha estado escuchando la conversación entera sin hacerlo notar.

—Malachi —dijo.

—¿Qué?

—Queremos que seas el padrino.

Malachi dejó la cerveza sobre la mesa. Los ojos de carbón parpadearon con una intensidad que era más emoción que fuego.

—¿El padrino? —repitió, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada.

—El padrino —confirmó Thalion—. Si algo nos pasa a los dos, tú te haces cargo.

—¿De un niño?

—De un niño.

—¿De vuestro niño?

—De nuestro niño. Del futuro rey o reina de Draevorn.

Malachi se quedó en silencio durante un momento largo. El silencio se alargó hasta hacerse incómodo. Luego, con una lentitud deliberada, dejó la copa de cerveza sobre la mesa, se puso de pie, se sacudió la túnica y dijo:

—Bien.

—¿Bien? —repitió Jen.

—Bien —confirmó Malachi—. Pero tengo condiciones.

—¿Condiciones? —preguntó Thalion, enarcando una ceja.

—Condiciones —repitió Malachi, con una seriedad que contrastaba con la situación—. Primera condición: quiero que me tripliquen el sueldo.

—No tienes sueldo —dijo Thalion.

—Exacto. Tres veces cero es cero. Pero quiero que conste en acta que me lo deben. Segunda condición: quiero que el niño me llame tío Emeric. No tío Malachi. Tío Emeric. Es más formal. Más elegante. Más adecuado para alguien de mi posición.

—¿Qué posición? —preguntó Jen.

—La posición de perro de fuego —respondió Malachi, con una seriedad que era tan falsa como su indignación—.

Es un puesto muy importante. Requiere dedicación, sacrificio y una cantidad alarmante de cerveza.

Y ahora, además, requiere que me convierta en el mejor tío del mundo.

Eso es mucho trabajo. Merece una compensación.

Y quiero una habitación propia en la torre.

Con ventana. Y chimenea. Y un barril de cerveza personal.

—No vas a tener un barril de cerveza en la torre —dijo Thalion.

—Entonces no soy el padrino.

—Malachi.

—¿Qué?

—Puedes tener una habitación. Pero sin barril.

—¿Con ventana?

—Con ventana.

—¿Y chimenea?

—Y chimenea.

Malachi lo pensó un momento. Luego asintió.

—Trato hecho. Pero quiero que conste que he cedido. Que he sacrificado mi barril por el bienestar de mi futuro sobrino. Que soy un hombre generoso y desinteresado.

—Eres un borracho con aires de tío —corrigió Thalion.

—Eso también. Pero soy vuestro borracho con aire de tío. Y eso, Majestades, no tiene precio.

Thalion lo miró un momento largo. Luego, sin decir nada, se levantó de la silla, rodeó la mesa y abrazó a Malachi.

No fue un abrazo elegante. Fue el abrazo torpe y desesperado de alguien que ha perdido todo y que ha encontrado, en la vida de su hijo, una razón para seguir adelante.

Los brazos de Thalion se cerraron alrededor de Malachi con una fuerza que habría roto huesos humanos, pero Malachi no se quejó.

Se limitó a devolver el abrazo, con sus manos grandes y callosas y su sonrisa torcida y sus ojos de carbón cerrados.

—Gracias —susurró Thalion contra el hombro de Malachi.

—De nada, hermano —respondió Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística.

Jen los miró desde la ventana, con los planos de las murallas todavía en la mano y el vientre todavía plano bajo la túnica, el anillo de agua y sombra brillando en su dedo. Y por primera vez en su vida, Jen Delay no se sintió como un arma ni como una herramienta ni como una pieza en un tablero.

Se sintió como parte de una familia.

En una torre de cristal negro que ya no estaba sola.

En un reino que empezaba a sentirse como un hogar.

Con un hombre que la amaba y un amigo que la protegía y un niño que crecía dentro de ella con el latido de dos mundos en las venas.

Y eso, pensó Jen mientras el sol de la mañana se colaba por las ventanas de la torre y el fuego de Emeric crepitaba en la chimenea y las sombras de Thalion se movían alrededor de los tres como un manto de oscuridad cálida, era más de lo que nunca había esperado tener.

El mundo seguía girando.

Pero por primera vez, Jen no tenía miedo de lo que viniera después.