Fuego de los caídos CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

"El emisario de cristal"

Dos días después…

El emisario llegó al mediodía.

No hubo trompetas. No hubo anuncios. No hubo el sonido de cascos sobre piedra ni el crujido de armaduras ni el murmullo de soldados alertando al castillo.

Simplemente, en un instante en que el sol estaba en su punto más alto y las sombras de Drakheim eran más cortas, algo apareció en el patio de armas que no había estado allí un segundo antes.

Era alto. Más alto que Kaeros, que ya era alto.

Más de dos metros, con un cuerpo que no era carne ni metal sino cristal.

Cristal puro, translúcido, que refractaba la luz del sol en arcoíris diminutos que bailaban sobre las paredes del patio como mariposas de color.

Las facciones eran perfectas, geométricas, como si alguien hubiera tallado un rostro humano en un bloque de cuarzo y le hubiera dado vida.

Los ojos eran dos gemas azules que brillaban con una luz propia, fría y antigua.

Las manos eran largas, con dedos que terminaban en puntas afiladas como cuchillos de cristal, y el cuerpo entero estaba recubierto de facetas que atrapaban la luz y la devolvían en destellos cegadores.

Era, pensó Kaeros desde la ventana de su torre, la cosa más hermosa y más aterradora que había visto en cuatrocientos años.

Los soldados del patio retrocedieron como una ola.

Las espadas se desenvainaron con un tintineo metálico que contrastaba con el silencio cristalino del emisario.

Nadie se atrevió a acercarse. Nadie se atrevió a atacar.

La criatura irradiaba algo que iba más allá del miedo: una certeza fría y antigua, la certeza de que aquella cosa no pertenecía a este mundo y que, por lo tanto, las reglas de este mundo no le aplicaban.

Kaeros bajó las escaleras de la torre con la parsimonia de quien ha aprendido que la urgencia es una ilusión.

Las sombras lo precedieron, moviéndose por las paredes como serpientes negras, y cuando llegó al patio de armas, el emisario lo estaba esperando junto a la fuente seca, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos de gema fijos en él con una intensidad que era más amenazante que cualquier espada.

—Kaeros —dijo el emisario, y su voz sonó como cristal rompiéndose: aguda, cortante, con un timbre que hacía que los dientes dolieran—. Vengo de parte de nuestro señor. El Conquistador te recuerda tu deber.

Kaeros no se movió. Se quedó de pie frente a la criatura, con las manos a los lados y los ojos grises clavados en las gemas azules que hacían las veces de ojos.

—Mi deber —repitió Kaeros, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme.

—Tu deber —confirmó el emisario, con una inclinación de cabeza que era mitad cortesía y mitad amenaza—. Llevas cuatrocientos años sirviendo a nuestro señor. Llevas cuatrocientos años obedeciendo. Y ahora, de repente, empiezas a dudar. Empiezas a sentir. Empiezas a olvidar quién eres.

—No he olvidado nada —respondió Kaeros.

—No —convino el emisario—. No has olvidado. Has elegido. Has elegido a la chica. Has elegido al agua. Has elegido al amor. Y nuestro señor no tolera las elecciones que no le favorecen.

Kaeros no respondió. Las sombras se movían a su alrededor con más agitación, como un animal herido que busca refugio.

—El mensaje es claro —continuó el emisario, con una voz que sonaba como cristal rompiéndose en una frecuencia diferente—.

Mata a la chica. O muere con ella. La marca que lleva en el pecho es una cuenta atrás.

Cuando llegue a cero, el agua de su cuerpo dejará de obedecerla.

Y entonces se convertirá en lo que fue forjada: un arma sin voluntad.

Un arma que te buscará primero. Porque para eso la crearon: para matarte.

Kaeros apretó los puños. Las sombras se tensaron alrededor de él como cuerdas a punto de romperse.

—No voy a matarla —dijo y la voz le salió rota.

—Entonces morirás —sentenció el emisario—. Y ella morirá contigo. Y todo lo que has construido durante cuatrocientos años se convertirá en cenizas.

El silencio que siguió fue tan denso que Kaeros pudo oír el latido de su propio corazón como un tambor lejano.

Y entonces una voz resonó en el patio de armas.

—Vaya, vaya, vaya.

Malachi apareció de detrás de una columna de piedra, con la sonrisa torcida puesta y una copa de cerveza en la mano.

A las doce del mediodía. Con cerveza. El cabello rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse, y los ojos de carbón brillaban con esa luz que parpadeaba en el fondo como una chispa que no quiere morir.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo Malachi, acercándose al emisario con el paso de alguien que no tiene nada que perder y que, por lo tanto, no tiene nada que temer—. ¿Un candelabro con patas? ¿Una lámpara de araña que se ha escapado de un salón de baile? ¿Un copo de nieve que ha ido al gimnasio?

El emisario giró la cabeza hacia Malachi. Los ojos de gema brillaron con más intensidad.

—¿Quién eres? —preguntó, con una voz que sonó como cristal rompiéndose.

—Me llamo Malachi —respondió el semihumano de fuego, dando un sorbo a su cerveza con la tranquilidad de alguien que está en un picnic y no en presencia de una entidad de cristal que podría cortarlo en juliana—.

Soy el perro de fuego de Kaeros. El lado gracioso de alguien que no tiene gracia.

El único ser en este castillo que sabe hacer un chiste en momentos inapropiados.

Y por cierto, ¿sabes que brillas? Brillas mucho.

¿Te han puesto un interruptor o vienes con pilas incluidas?

El emisario no se inmutó. No podía inmutarse: su cara era de cristal. Pero algo cambió en la tensión de su cuerpo, en la forma en que las facetas se realinearon, en el brillo de las gemas que pasaron de azul frío a azul ardiente.

—Vete —sentenció el emisario—. Esto no es asunto tuyo.

—Claro que es asunto mío —respondió Malachi, dejando la copa de cerveza en el borde de la fuente seca con un golpe seco—.

Todo lo que le pasa a Kaeros es asunto mío.

Es mi trabajo. Mi vocación. Mi cruz. Y ahora mismo, mi trabajo es decirte que pareces una lámpara de araña que alguien ha puesto en medio del patio para que los soldados no se tropiecen en la oscuridad.

Un par de soldados solaron una risa ahogada. El emisario no hizo caso.

—Última advertencia —dijo el emisario, con una voz que ya no sonaba como cristal rompiéndose sino como cristal ardiendo—. Vete. O te destruyo.

Malachi se quedó mirándolo un momento largo. Luego, con una lentitud deliberada, dejó caer los hombros, se sacudió la túnica y adoptó la expresión de alguien que ha decidido algo importante y que no va a cambiar de opinión.

—Tengo dieciocho años —dijo Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—.

Bueno, cuatrocientos dieciocho, si contamos los que llevo vivos.

Fui abandonado por mis padres cuando era un niño.

Crecí bajo un puente. Kaeros me encontró, me dio un hogar, me dio un nombre, me hizo inmortal.

Y desde entonces, llevo cuatrocientos años a su lado.

Cuatrocientos años riendo para no llorar.

Cuatrocientos años protegiéndolo de todo lo que quiere hacerle daño.

Malachi dio un paso adelante. Las llamas empezaron a brotar de sus manos, no como un fuego salvaje y descontrolado, sino como una antorcha que alguien ha encendido con propósito.

—Así que si tú, candelabro con ínfulas, crees que vas a venir aquí a amenazar a mi jefe y a la niña del agua, tienes una sorpresa muy grande esperándote. Porque yo no me voy a mover. No me voy a callar. Y no me voy a apartar.

Y entonces Malachi atacó.

El fuego brotó de sus manos como lava de un volcán: rojo, naranja, blanco, con una intensidad que hizo que el aire a su alrededor vibrara.

Las llamas se estrellaron contra el cuerpo de cristal del emisario con un sonido que era mitad choque y mitad canción: un tintineo agudo, cristalino, que resonó en todo el patio de armas como si alguien hubiera golpeado una campana de vidrio.

El emisario retrocedió. No por dolor, sino por sorpresa. El cristal se resquebrajó ligeramente en el punto donde el fuego lo había golpeado, dejando una marca oscura que brillaba como una brasa.

—Interesante —dijo el emisario, con una voz que ya no sonaba como cristal rompiéndose sino como cristal ardiendo—. Fuego. El fuego puede dañar el cristal. Pero no puede destruirlo.

—Eso es lo que tú crees —respondió Malachi, lanzando otra ráfaga de fuego.

Esta vez, el emisario no retrocedió. El cuerpo de cristal absorbió las llamas como una esponja absorbe agua, y las gemas de sus ojos brillaron con más intensidad, como si el fuego le estuviera dando energía en lugar de quitársela.

Malachi gruñó. El fuego brotó de sus manos con más fuerza, más intensidad, más calor. Las llamas se volvieron blancas, casi cegadoras, y el aire del patio se calentó hasta el punto de que las piedras empezaron a chisporrotear y los soldados tuvieron que retroceder cubriéndose la cara.

El emisario no se movió. Absorbió todo. El cristal brillaba con una luz propia, alimentado por el fuego de Malachi, creciendo, fortaleciéndose, como una planta que riegan con agua.

—Estúpido —dijo el emisario, con una voz que sonaba a alguien que ha ganado antes de empezar—. El cristal no se rompe con fuego. El cristal se alimenta de fuego.

Malachi se detuvo. El fuego se apagó en sus manos. El silencio que siguió fue tan profundo que Malachi pudo oír el latido de su propio corazón.

—Mierda —murmuró.

—Exactamente —dijo el emisario, avanzando hacia él con la lentitud de alguien que sabe que ha ganado y que no tiene prisa por cobrar su premio.

Malachi retrocedió un paso. Luego otro. El emisario seguía avanzando, con las manos de cristal afilado extendidas hacia él, y los ojos de gema brillando con una intensidad que era más amenazante que cualquier espada.