Fuego de los caídos CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—¿Entonces qué?

Kaeros la miró. Los ojos de Jen lo encontraron en la luz de la mañana, y por un instante, solo un instante, vio en ellos algo que le rompió el corazón: confianza. Confianza pura, desnuda, la confianza de alguien que ha decidido creer en otra persona a pesar de todo lo que le ha pasado.

*¿Cómo voy a destruir eso?*, pensó Kaeros. *¿Cómo voy a mirar a esos ojos y decirle que su padre la marcó para el Conquistador?*

Pero no podía callarlo. Si se callaba, el emisario llegaría y Jen no estaría preparada. Si no sabía lo que significaba la marca, no podría defenderse. Y si no podía defenderse...

—Jen —dijo Kaeros, y la voz le salió rota—. Necesito decirte algo. Algo que va a doler.

Jen lo miró. La sonrisa se borró de su rostro, reemplazada por algo más serio, más alerta.

—¿Qué? —preguntó.

—El Conquistador —dijo Kaeros, y cada palabra le supo a sangre—. Ha enviado un mensaje. Sabe de nosotros. Sabe que me importas. Y va a enviar a alguien. Un emisario.

Jen no se movió. No dijo nada. Se quedó mirándolo con esos ojos del color del cielo nublado que le habían visto todo.

—¿Y qué más? —preguntó, porque sabía que había más. Siempre había más.

Kaeros tragó saliva. El aire de la mañana le supo a metal y a humo y a algo más, algo más amargo, algo que sabía a la verdad que estaba a punto de decir.

—La marca —dijo—. La marca en tu pecho. No es solo un seguimiento. Es una cuenta atrás. Cuando llegue a cero, el agua de tu cuerpo dejará de obedecerte. Te convertirás en lo que te forjaron: un arma sin voluntad.

Jen no se movió. No dijo nada. Se quedó mirándolo con esos ojos que parecían atravesarlo hasta el alma.

—¿Y qué más? —repitió, porque siempre había más.

Kaeros cerró los ojos durante medio segundo. Luego los abrió.

—Alguien la puso —dijo—. Alguien marcó a un bebé para el Conquistador. Alguien permitió que te marcaran cuando eras demasiado pequeña para defenderte.

—¿Quién? —preguntó Jen, y su voz sonó más pequeña de lo que pretendía.

Kaeros la miró. Los ojos grises encontraron a Jen en la luz de la mañana, y por un instante, solo un instante, vio en ellos algo que le rompió el corazón: la anticipación de alguien que ya sabe la respuesta pero que necesita que se la digan en voz alta.

—Tu padre —dijo Kaeros—. El elfo. Él lo permitió. Él entregó a un bebé al Conquistador. Él te marcó.

Las palabras de Kaeros llegaron a Jen como piedras cayendo en un pozo.

Una a una. Lentas. Pesadas. Con un sonido que retumbaba en la distancia.

*Tu padre. El elfo. Él lo permitió. Él entregó a un bebé al Conquistador. Él te marcó.*

Jen no se movió durante un momento largo. El mundo a su alrededor se detuvo: los pájaros dejaron de cantar, el viento dejó de soplar, el agua del pozo dejó de brillar. Todo se congeló, como si el tiempo mismo hubiera decidido que lo que acababa de ocurrir merecía ser procesado sin distracciones.

Luego, algo dentro de ella se rompió.

—¡Mientes! —gritó Jen, y la voz le salió como un latigazo, como el canto de control de su madre, como el palo de su padre, como todo el dolor que había acumulado durante veintitrés años y que ahora salía de ella como agua de una presa rota—.

¡Mientes! ¡Mi padre no haría eso! ¡Mi padre es un monstruo, sí, pero no...

! ¡No entregaría a su propia hija al Conquistador! ¡No me marcaría! ¡No...!

Las palabras se atascaron en su garganta. El agua dentro de ella hirvió, subiendo por las venas como lava, buscando salida, buscando algo que destruir. Las manos le temblaron. Los ojos se le llenaron de lágrimas que se negaron a caer.

—Jen...

—¡No me llames así! —gritó ella, dando un paso atrás—. ¡No me digas que mi padre me marcó! ¡No me digas que todo lo que he vivido ha sido una mentira! ¡No me digas que...!

Se detuvo.

Porque en el silencio que siguió, en ese espacio entre las palabras y el grito, algo encajó.

Las piezas del puzle se movieron en su cabeza como fichas de dominó cayendo una tras otra. El padre que la golpeaba con más fuerza que la madre. El padre que nunca la abrazaba. El padre que la miraba con esa expresión que no era amor, sino deber. O culpa. O algo más oscuro que ninguno de los dos.

El padre que sabía lo que ella era.

El padre que la había marcado.

Jen se sentó en el suelo.

No se dejó caer. No se desplomó. Simplemente se sentó, como quien se sienta después de caminar durante mucho tiempo y descubre que ya no tiene adónde ir.

Las piernas se doblaron bajo ella. Las manos se posaron en las rodillas.

La cabeza se inclinó hacia adelante, como si el peso de la verdad fuera demasiado grande para sostenerlo.

—Todo —susurró Jen, y la voz le sonó rota, como cristal rompiéndose—. Todo ha sido una farsa. Mi padre. Mi madre. La cueva. El entrenamiento. El propósito. Todo. Desde el principio. Desde antes de nacer. Todo ha sido una mentira.

Kaeros se sentó a su lado en el suelo. No dijo nada. No la tocó. Se quedó ahí, a su lado, con las sombras moviéndose alrededor de los dos como un manto silencioso.

—Mi padre —continuó Jen, con una voz que ya no gritaba, que ya no lloraba, que sonaba a alguien que ha llegado al fondo de algo y ya no tiene más adónde caer—.

Mi padre me golpeaba. Mi padre me entrenaba.

Mi padre me miraba como una herramienta.

Y ahora me dices que además me marcó. Que me entregó al Conquistador.

Que todo lo que creí sobre él era mentira.

Que no era un héroe. Que no era un padre. Era...

No terminó la frase. No podía. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.

Kaeros no dijo nada. Se quedó a su lado, en el suelo, con las sombras moviéndose alrededor de los dos como un manto silencioso.

Jen cerró los ojos. Las lágrimas que se habían negado a caer durante el grito ahora brotaron como una presa rota, silenciosas, calientes, cayendo por sus mejillas sin ruido.

No era el llanto escandaloso de alguien que pide atención.

Era el llanto silencioso de alguien que ha aprendido que llorar en voz alta trae consecuencias.

—Mi vida entera —susurró Jen—. Mi vida entera ha sido una farsa.

Mi padre me golpeaba porque no era su hija.

Mi madre me entrenaba porque el Conquistador se lo ordenó.

El cartel del helado estaba ahí porque alguien quiso que yo tuviera un deseo.

Todo. Todo ha sido diseñado. Todo ha sido controlado.

Y yo... yo he sido una marioneta durante veintitrés años sin saberlo.

Kaeros no dijo nada. Se quedó a su lado, en el suelo, con las sombras moviéndose alrededor de los dos como un manto silencioso.

Jen abrió los ojos. Miró a Kaeros. Los ojos grises la encontraron en la luz de la mañana, y por un instante, solo un instante, vio en ellos algo que le rompió el corazón: comprensión. No lástima. No curiosidad. Comprensión. Como si él supiera lo que es descubrir que tu vida ha sido una mentira.

—¿Y ahora qué? —preguntó Jen, con una voz que ya no temblaba.

Kaeros la miró un momento largo. Luego, sin decir nada, extendió los brazos.

Jen se dejó caer contra su pecho. Las sombras se cerraron alrededor de los dos como un abrazo de oscuridad. El agua dentro de Jen se calmó, como un lago que ha sido agitado por una tormenta y que ahora, por fin, encuentra la calma.

—Ahora —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. Ahora sabes la verdad. Y ahora decides tú. No el Conquistador. No tus padres. No la resistencia. Tú.

Jen cerró los ojos. El latido de Kaeros contra su mejilla era lento, profundo, constante. Como el latido de alguien que ha estado vivo durante cuatrocientos años y que ha aprendido a no tener prisa.

—¿Y si no sé qué decidir? —susurró.

—Entonces decides mañana —respondió Kaeros—. Y si mañana tampoco sabes, decides al otro día. Y si al otro día tampoco, decides cuando puedas. Pero decides tú. Nadie más.

Jen apretó los puños contra la túnica de Kaeros. El agua dentro de ella se movía, no con rabia sino con algo más cálido, más profundo, algo que se parecía peligrosamente a la determinación.

—Quiero quedarme —dijo Jen—. Contigo. Aquí. En Drakheim. Quiero quedarme y quiero luchar. No por la resistencia. No por mis padres. No por el Conquistador. Por mí. Y por ti.

Kaeros apretó los brazos alrededor de ella. Las sombras se movieron con más fuerza, envolviendo los dos como un capullo de oscuridad.

—Entonces te quedas —dijo—. Y luchamos juntos.

Jen cerró los ojos. El latido de Kaeros contra su mejilla era lento, profundo, constante.

Y por primera vez en su vida, Jen Delay no se sintió como un arma.

Se sintió como una persona.

Con un lugar al que pertenecer.

Con alguien que la abrazaba.

Con una decisión que era solo suya.