Fuego de los caídos CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

“Jen y la estatua”

Jen no sabía por qué había vuelto a la estatua.

No tenía un motivo. No tenía una razón. No tenía nada excepto los pies que la habían llevado hasta la plaza del Mercado Viejo sin pedirle permiso, como si el cuerpo supiera algo que la mente ignoraba.

La estatua de Aelith estaba en el centro, inmóvil como siempre, con los brazos extendidos y los ojos mirando el horizonte.

El mármol blanco brillaba bajo el sol de la mañana, y la placa en la base decía lo mismo que siempre: *Aelith. El mundo no te merecía.*

Jen se quedó de pie frente a la estatua, con las manos cruzadas delante del cuerpo y la expresión de alguien que no sabe si está visitando a una amiga o a un fantasma.

La primera vez que había visto la estatua, hacía semanas, había sentido una opresión en el pecho que no podía explicar.

La segunda vez, después de cenar con Kaeros y Malachi, la opresión había sido diferente: más profunda, más dolorosa, como si algo dentro de ella reconociera a la mujer de mármol sin saber por qué.

Ahora, la tercera vez, la opresión no estaba. En su lugar, había algo más suave, más triste, algo que se parecía a la comprensión de alguien que ha entendido, por fin, que el dolor que siente no es solo suyo.

*Aelith*, pensó Jen, mirando el rostro de mármol. *Tenías veintiocho años cuando moriste. Quizás sea mi número también ¿Es eso lo que sentiste? ¿Que el tiempo se acaba?*

La estatua no respondió. Las estatuas nunca responden.

Pero Jen tenía la sensación de que, si pudiera escuchar lo suficiente, si pudiera callar el ruido de la ciudad y el latido de su propio corazón, tal vez oiría algo.

Un susurro. Un eco. La voz de una mujer que amó a un hombre que ahora era un monstruo y que murió sin saber que su muerte lo convertiría en algo peor.

—Hablas con las estatuas ahora —dijo una voz detrás de ella—. ¿Qué sigue? ¿Hablar con los postes de luz?

Jen se giró.

Malachi estaba a unos metros de distancia, con la sonrisa torcida puesta y una barra de pan en la mano que parecía haber mordido en tres ocasiones diferentes.

El cabello rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse, y los ojos de carbón brillaban con esa luz que parpadeaba en el fondo como una chispa que no quiere morir.

—No hablaba con la estatua —respondió Jen, con una dignidad que no sentía del todo.

—Claro que no. Estabas... ¿meditando? ¿Contemplando? ¿Haciendo una reverencia al mármol?

—Miraba.

—Mirar es lo que hacen los que no saben qué hacer. Yo también miro mucho. Sobretodo la cerveza. Pero eso es otra historia.

Jen casi sonrió. Casi.

Malachi se acercó, mordiendo la barra de pan con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo.

—¿Sabes qué? —dijo, con la boca llena—. Creo que alguien debería contarte la historia de Aelith. La historia real. No la que cuentan en las tabernas ni la que susurran los soldados. La historia que solo Kaeros conoce.

Jen lo miró.

—¿Tú la conoces?

Malachi se encogió de hombros.

—Parte. Kaeros me ha contado cosas a lo largo de cuatrocientos años. No todo, porque Kaeros no cuenta todo, pero lo suficiente para saber que Aelith no era solo "la esposa del tirano que murió joven". Era algo más. Algo que Kaeros todavía no ha dejado ir.

Jen guardó silencio durante un momento largo. El viento soplaba entre los edificios de la plaza, trayendo el olor a pan caliente y a humo de chimenea. La estatua de Aelith seguía ahí, inmóvil, con los brazos extendidos y los ojos mirando el horizonte.

—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó Jen —No quiero que me lo cuentes, que me lo cuente él.

—Porque creo que deberías saberlo —respondió Malachi aceptando su petición—. Y porque creo que Kaeros necesita que alguien se lo recuerde. A veces, los muertos no se van hasta que alguien los deja ir. Y Kaeros no ha dejado ir a Aelith en cuatrocientos años.

Malachi le dedicó una sonrisa que era mitad complicidad y mitad advertencia, se despidió con un gesto de la barra de pan y se alejó por la calle, dejando a Jen sola con la estatua y el peso de las palabras que acababa de escuchar.

Jen se quedó en la plaza durante un rato más, mirando la estatua, procesando lo que Malachi le había dicho. Que la historia de Aelith era importante. Que el dolor de Kaeros por Aelith era importante.

Y que ella, Jen, estaba conectada a todo eso de una manera que no podía entender.

Se estaba preparando para irse cuando escuchó los pasos.

Eran pasos lentos, pausados, de alguien que no tiene prisa. Pasos que Jen había aprendido a reconocer en el templo de las Crestas de Humo, en la plaza donde Kaeros la había derrotado, en el lago donde ambos habían abierto sus heridas. Pasos que sonaban como si el mundo pudiera esperar.

Jen se giró.

Kaeros estaba al otro lado de la plaza, de pie junto a una fuente seca, mirándola.

No llevaba la túnica negra de comandante.

Vestía una camisa de lino gris, desabotonada en el cuello, con las mangas arremangadas hasta los codos.

El pelo oscuro le caía sobre la frente sin peinar. Y no había sombras alrededor de él.

Ninguna.

Las sombras que siempre lo acompañaban, que se movían como un manto vivo, que se arrastraban por las paredes y se enroscaban en los muebles, no estaban. Kaeros estaba solo. Sin sombras. Sin poder. Sin la armadura de oscuridad que llevaba cuatrocientos años construyendo alrededor de sí mismo.

Era, pensó Jen con una claridad que le quitó el aliento, un hombre.

Solo un hombre.

Mirando a una mujer.

Jen no dijo nada. Kaeros no dijo nada. Se quedaron mirándose a través de la plaza, con la distancia entre los dos llena de silencio y de todo lo que no se habían dicho.

Luego Kaeros caminó hacia ella.

No con prisa. No con amenaza. Con esa parsimonia que era su marca, su firma, su forma de moverse por el mundo: como alguien que ha aprendido que la urgencia es una ilusión y que todo llega a su debido tiempo si esperas lo suficiente.

Jen lo vio acercarse. El sol de la mañana iluminaba su perfil, marcando las líneas de su mandíbula y el recorrido de la cicatriz que le cruzaba la mejilla.

Los ojos grises la encontraron en la distancia, y Jen sintió que el corazón se le aceleraba, no de miedo sino de algo más, algo que no tenía nombre pero que se parecía peligrosamente a la anticipación.

Kaeros se detuvo frente a ella. Estaban a un metro de distancia. El sol les calentaba la cara. La estatua de Aelith los observaba con sus ojos de mármol.

—Vienes aquí a menudo —dijo Kaeros. No fue una pregunta.

—A veces —respondió Jen.

—¿Por qué?

Jen miró la estatua. Luego miró a Kaeros.

—Porque creo que ella entendía algo que yo todavía no entiendo —respondió—. Algo sobre el dolor. Algo sobre perder algo que amas. Algo sobre seguir de pie después de que te hayan quitado todo.

Kaeros no respondió durante un momento largo. Sus ojos grises recorrieron el rostro de Jen como si buscara algo, como si estuviera leyendo en ella algo que ella misma no podía ver.

—Aelith era humana —dijo al fin, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. No tenía poderes. No tenía armas. No tenía nada excepto una risa que asustaba a los pájaros y una forma de mirar el mundo como si fuera la primera vez.

Jen no dijo nada. Se quedó mirando a Kaeros, sintiendo que las palabras le llegaban como piedras cayendo en un pozo: una a una, lentas, pesadas, con un sonido que retumbaba en la distancia.

—La maté —continuó Kaeros, y la voz se le quebró ligeramente—. No directamente. Pero si no hubiera aceptado la inmortalidad, si no hubiera aceptado el mando de Draevorn, el Conquistador no la habría tocado. Ella murió porque yo existía. Y yo seguí existiendo porque ella murió.

Jen sintió que los ojos se le humedecían.

—No fue tu culpa —dijo, con una voz que sonó más firme de lo que sentía.

—Sí lo fue —respondió Kaeros—. Pero eso ya no importa. Lo que importa es que ella se fue. Y yo me quedé. Y durante cuatrocientos años, he intentado entender por qué.

Jen no supo qué responder. Se quedó mirando la estatua, sintiendo que el peso de la historia de Kaeros le caía encima como una losa de piedra.

Entonces Kaeros dijo, con una voz que ya no tenía nada de comandante:

—¿Caminas?

Jen parpadeó.

—¿Qué?

—¿Caminas? ¿Por la ciudad? ¿Conmigo?

La pregunta fue tan inesperada, tan simple, tan absurdamente normal, que Jen tardó un momento en procesarla. Kaeros, el tirano de Draevorn, el elfo de las sombras, el hombre más temido de Elyrion, le estaba preguntando si quería dar un paseo.

—Sí —respondió Jen, porque no sabía qué otra cosa decir.

—Bien —dijo Kaeros.

Y empezaron a caminar.

Drakheim era diferente cuando la recorrías a pie, sin prisas, sin misiones, sin la sensación de que alguien te persigue.

Las calles empinadas se convertían en aventuras, los edificios apiñados se convertían en paisajes, y los olores de la ciudad —pan caliente, metal frío, humo de chimenea— se convertían en algo que Jen empezaba a reconocer como el olor de un hogar.

Kaeros caminaba a su lado con esa parsimonia que era su marca.

No hablaba. No hacía comentarios. Simplemente caminaba, dejando que el silencio existiera entre los dos como un espacio compartido que no necesitaba ser llenado.

Pero había algo diferente en su silencio: no era el silencio frío y distante del comandante.

Era un silencio cálido, como el de dos personas que han decidido compartir un momento sin necesidad de palabras.

Jen miraba a su alrededor con ojos nuevos. Los vendedores abrían sus puestos, los niños corrían por los callejones, los perros ladraban a los gatos, y la ciudad bullía con esa energía que solo tiene por la mañana, cuando todo está empezando y nada ha terminado todavía.

—Nunca he caminado por una ciudad —dijo Jen, sin pensar.

Kaeros la miró.

—¿Nunca?

—Nunca. En la cueva no había ciudades. En el campamento de la resistencia, me escondía. Y cuando llegué a Drakheim, estaba demasiado asustada para pasear.

—¿Y ahora?