Fuego de los caídos CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

—Después de Aelith —dijo, con una voz más baja que nunca—. Después de que el Conquistador la matara. Después de cuatrocientos años de soledad y de dolor y de noches mirando al horizonte buscando algo que ya no existe. Después de todo eso...

Se detuvo. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.

—¿Sí? —animó Malachi.

—Jen es la primera mujer que me da esperanzas de volver a sentir algo.

El silencio que siguió fue tan profundo que Malachi pudo oír el latido de su propio corazón.

No dijo nada durante un momento largo. Se quedó mirando a Kaeros con esos ojos de carbón que parecían leer más de lo que deberían. Luego, sin decir nada, le pasó la copa de cerveza de nuevo.

—Bebe —repitió—. Y luego cuéntamelo todo. Desde el principio. Desde el lago. Desde la carne cortada. Desde el helado que no le diste todavía. Desde todo.

Kaeros bebió. La cerveza le supo a algo que no sabía nombrar, pero que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Y entonces le contó todo.

Le contó el lago de los susurros. Le contó cómo Jen le había dicho que había vivido en una cueva y que la habían entrenado para matarlo.

Le contó cómo ella había llorado al decirlo, no de rabia sino de vergüenza, como si el peso de su propia historia fuera demasiado grande para llevarlo sola.

Le contó cómo él le había dicho que su nombre no era suyo, que el Conquistador se lo había puesto, que el hombre que era antes ya no existía.

Le contó cómo se habían quedado en silencio durante una hora, sentados en la orilla del lago, con los pies en el agua y el sol de la mañana calentándoles la cara.

Le contó cómo Jen se había caído al intentar levantarse de la roca, con la misma torpeza que Aelith, con la misma forma de poner las manos hacia adelante, y cómo él había sentido, en ese instante, que el mundo se detenía.

Le contó cómo se había cortado la carne en la cena, sin decir nada, sin mirarla, sin esperar agradecimiento. Y cómo ella había dicho "gracias" con una voz que era mitad vergüenza y mitad algo más cálido, algo que no sabía nombrar pero que le había hecho sentir que estaba vivo.

Le contó todo. Y cuando terminó, Malachi se quedó en silencio durante un momento largo, con la copa de cerveza vacía en la mano y la sonrisa torcida puesta, pero con los ojos de carbón apagados, como brasas que alguien ha soplado demasiado fuerte.

—Oye, Kaeros —dijo Malachi al fin, con una voz que ya no tenía nada de humorística.

—¿Qué?

—¿Sabes qué es lo más divertido de todo esto?

—¿Qué?

—Que el Conquistador te ha ordenado matar a la única persona en cuatrocientos años que te ha hecho sonreír. Y que tú, el hombre más peligroso de Draevorn, el tirano que ha acabado con seis resistencias, el monstruo que todos temen, has dicho "no" a un ser que te puede destruir con un pensamiento.

Kaeros no respondió.

—Eso —continuó Malachi, con una voz más baja que nunca—. Eso es lo más valiente que he visto en cuatrocientos años. Y he visto muchas cosas. Incluido a un hombre tirar un hueso de fruta a un guardia desde un balcón.

Kaeros casi sonrió. Casi.

—¿Y qué hago ahora? —preguntó.

Malachi lo miró un momento largo. Luego, con una sonrisa que era mitad complicidad y mitad advertencia, respondió:

—Ahora salvamos a la niña del agua. Porque si el Conquistador quiere que muera, eso significa que vale la pena mantenerla viva.

—¿Es tu lógica?

—Es mi lógica de cuatrocientos años. Y en cuatrocientos años, solo me he equivocado tres veces. Y las tres veces fue por confiar en la cerveza.

Kaeros dejó escapar una risa que le supo a algo que no había sentido en mucho tiempo. No era una risa grande ni alegre. Era una risa pequeña, cansada, como la de alguien que ha estado cargando un peso durante mucho tiempo y que de repente descubre que hay alguien ayudándole a llevarlo.

—Gracias, Emeric —dijo Kaeros, usando el nombre real de Malachi por primera vez en cuatrocientos años.

Malachi parpadeó. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir. Luego la sonrisa torcida volvió, más amplia que nunca, más honesta que nunca, más cálida que nunca.

—De nada, Kaeros —respondió Malachi, usando el nombre real de Kaeros—. De nada.

Se quedaron en la escalera durante un rato más, sin hablar, dejando que el silencio existiera entre los dos como un espacio compartido que no necesitaba ser llenado.

Las estrellas brillaban sobre Drakheim. El viento soplaba entre las almenas.

Y en algún lugar, en una habitación de un albergue llamado "La Cama Dura", Jen Delay dormía con la marca en el pecho y el agua en las venas y un destino que acababa de cambiar para siempre.

Porque el Conquistador había dado una orden.

Y Kaeros había dicho que no.

Y eso, pensó Malachi mientras la cerveza se calentaba en su mano y las estrellas parpadeaban sobre las montañas, era lo más importante que había pasado en cuatrocientos años.

Porque cuando un hombre dice que no al diablo, el mundo escucha.

Y el mundo, por fin, estaba empezando a cambiar.