CAPÍTULO 14
"La voz en la niebla"
Kaeros se durmió pensando en el lago.
No era la primera vez. Llevaba varias noches durmiéndose con la imagen del agua cristalina grabada en la retina, con el sonido de la voz de Jen diciendo "el lago de los susurros" resonando en algún lugar profundo de su memoria, con la sensación de los pies descalzos en el agua fría y el sol de la mañana calentándole la cara.
Era una imagen peligrosa. Una imagen que se había instalado en su cabeza como un huésped que no paga alquiler y que no tiene intención de marcharse.
*Cállate*, se ordenó Kaeros por enésima vez, cerrando los ojos. *Cállate y duérmete. Mañana hay cosas más importantes que pensar. La marca de Jen. La resistencia. El Conquistador. No el lago. No el agua. No...*
Pero el sueño lo atrapó antes de que pudiera terminar el pensamiento.
No fue un sueño normal.
Los sueños normales de Kaeros eran fragmentos borrosos: sombras que se movían sin rumbo, ecos de voces que no podía entender, la sensación de estar caminando por un pasillo que no tiene fin.
Eran sueños vacíos, como la memoria que le habían borrado: huecos donde debería haber algo pero donde solo había silencio.
Este sueño no estaba vacío.
Estaba lleno de niebla.
Kaeros se encontró de pie en un espacio que no era un espacio.
No había suelo, no había techo, no había paredes.
Solo había niebla: negra, espesa, con una densidad que no correspondía a ningún fenómeno natural.
La niebla se movía a su alrededor como un animal vivo, enroscándose en sus piernas, trepando por sus brazos, colándose por las costuras de su túnica como agua por las grietas de un muro.
Y entonces escuchó la voz.
No era una voz humana. No era una voz de elfo.
Era una voz que venía de algún lugar más profundo, más antiguo, más oscuro.
Una voz que sonaba como la niebla cuando se arrastra por el suelo: suave, ineludible, fría.
La misma voz que había escuchado hacía cuatrocientos años, cuando el Conquistador le arrebató todo lo que amaba y le ofreció la inmortalidad a cambio de su nombre.
—Kaeros —dijo la voz.
No fue una pregunta. Fue una constatación. Como quien dice "llueve" o "el sol se ha puesto" o "ya no te acuerdas de cómo se llamaba tu esposa".
—Llevas cuatrocientos años durmiendo en mi sombra —continuó la voz—. Cuatrocientos años obedeciendo. Cuatrocientos años tragando la niebla que te di como si fuera aire. Y ahora, de repente, empiezas a dudar. Empiezas a sentir. Empiezas a olvidar quién eres y a recordar quién fuiste.
La niebla se condensó. De la oscuridad emergió una figura.
Era alta. Más alta que Kaeros, que ya era alto.
Más de dos metros, quizás más, con una silueta que se recortaba contra la niebla negra como un cuchillo contra la noche.
Vestía una túnica oscura, tan oscura que parecía absorber la luz, y la capucha le cubría la cara por completo.
No había ojos visibles, no había boca, no había rasgos.
Solo había oscuridad dentro de la capuja, una oscuridad que era más profunda que la niebla, más densa que la noche, más antigua que el tiempo.
La magia que emanaba de la figura era palpable.
No era como las sombras de Kaeros, que eran suyas y que obedecían a su voluntad.
Era una magia ajena, una magia que venía de fuera, que se instalaba en el aire como un veneno y que hacía que los pulmones ardieran y que la piel se erizara y que el corazón latiera con un ritmo que no era el suyo.
—¿Me escuchas? —preguntó la figura.
Kaeros no respondió. No podía. El terror le había paralizado la garganta.
Era el mismo terror que había sentido hacía cuatrocientos años, cuando el Conquistador apareció en su cabaña y mató a Aelith delante de él.
El mismo terror que había aprendido a controlar durante siglos de disciplina y de soledad y de noches sin dormir.
El mismo terror que ahora, en el sueño, volvía con la fuerza de un animal que ha estado encerrado demasiado tiempo.
—Bien —dijo la figura, como si el silencio de Kaeros fuera una respuesta aceptable—. Entonces escucha. Porque lo que voy a decirte no es una sugerencia. Es una orden.
La niebla se espesó. Las sombras de Kaeros, que siempre lo acompañaban incluso en sueños, se replegaron hacia él como animales asustados.
La figura del Conquistador dio un paso adelante, y el espacio entre los dos se acortó hasta que Kaeros podía sentir el frío que emanaba de su cuerpo, un frío que no era el del invierno ni el del hielo, sino el frío de algo que ha dejado de vivir pero que sigue existiendo.
—Sé de la resistencia —dijo la figura—. Sé que planean contra mí. Sé que han reunido a un grupo de desesperados que creen que pueden derrotarme con espadas y con fe. Sé que planean usar un arma contra ti. Un arma que han estado forjando durante veintitrés años.
Kaeros sintió que el corazón se le detenía.
—Sé de la chica —continuó la figura, y su voz sonó más fría, más precisa, como un bisturí que corta la carne—. La semihumana. La hija de la sirena y el elfo. La que huele a agua. La que tiene la marca.
*La marca*, pensó Kaeros, y la sangre le heló en las venas. *La marca del pecho. La marca que Jen descubrió hace semanas. La marca que brilla cuando las sombras están cerca.*
—Se la puse yo —dijo la figura, y la confesión cayó en el silencio como una piedra en un pozo—.
Cuando era un bebé. Cuando todavía no tenía nombre.
Cuando todavía no sabía lo que era el dolor.
Se la puse porque necesitaba seguirla. Necesitaba saber dónde estaba. Necesitaba saber cuándo estaría lista.
Kaeros sintió que el mundo se detenía.
—¿Lista para qué? —preguntó, y su voz sonó rota.
—Para reemplazarte —respondió la figura—. Si fallabas. Si te desviabas. Si decidías que el dolor era más importante que la obediencia. Entonces ella vendría. La forjaron para eso. La marcaron para eso. Y alguien cercano a ella lo permitió.
*Alguien cercano a ella*, repitió Kaeros en su cabeza. *¿Quién? ¿Quién permitiría que marcaran a un bebé? ¿Quién entregaría a su propia hija al Conquistador?*
Pero entonces recordó las palabras de Jen en el lago: "Mi padre me golpeaba con un palo.
Mi madre me entrenaba hasta que los dedos me sangraban.
" Y recordó la expresión de Jen al decirlo: no rabia, no odio, sino algo más profundo, más doloroso, más parecido a la perplejidad de alguien que no entiende por qué las personas que deberían amarla la tratan como una herramienta.
*Su padre*, pensó Kaeros, y la idea le golpeó como un puñetazo en el centro del pecho. *El elfo. El padre. Él lo permitió. Él entregó a Jen al Conquistador. Él la marcó.*
—Ahora lo sabes —dijo la figura, como si leyera sus pensamientos—.
Ahora sabes que el arma que te han enviado no es solo un instrumento.
Es una trampa. Una trampa hecha a medida de tu debilidad.
Porque yo sé lo que sientes por ella, Kaeros.
Lo sé porque mis sombras lo sienten. Lo sé porque cada vez que la miras, tus sombras se debilitan.
Lo sé porque ella es la primera persona en cuatrocientos años que te ha hecho olvidar que eres mi siervo.
Kaeros apretó los dientes. Las sombras a su alrededor se tensaron, moviéndose con más agitación, como un animal herido que busca refugio.
—¿Qué quieres? —preguntó, y la voz le salió raspada, rota, como si le hubieran pasado papel de lija por dentro.
—Quiero que la mates —dijo la figura.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo. Kaeros sintió que el mundo se detenía. Que el aire se congelaba. Que las sombras a su alrededor se replegaban hacia él como si quisieran protegerlo de algo que no podían protegerlo.
—¿Qué? —tartamudeó.
—Que la mates —repitió la figura, con la misma calma con la que se dice "pásame la sal" o "cierra la puerta"—. Es un arma contra mí. Una herramienta de la resistencia. Si la dejas viva, te destruirá. Y si te destruye a ti, me destruye a mí. Y yo no permito que me destruyan.
—No puedo...
—Puedes —interrumpió la figura, y su voz sonó más fría, más precisa, como un cuchillo que se afila—. Has matado antes. Has matado a inocentes. Has matado a soldados. Has matado a mujeres y niños durante cuatrocientos años de guerras que yo te obligué a librar. ¿Qué es una chica más?
Kaeros apretó los puños. Las sombras se retorcían alrededor de él como serpientes enroscadas.
—No es una chica más —dijo, y su voz sonó más firme de lo que sentía.
—Es exactamente eso —respondió la figura—. Una chica. Un arma. Una herramienta. Igual que tú. Igual que todos. Nada más.
—No.
La palabra salió de la boca de Kaeros antes de que pudiera detenerla.
No fue una decisión. Fue un reflejo. El mismo reflejo que tuvo cuando el Conquistador mató a Aelith y él gritó hasta quedarse ronco.
El mismo reflejo que tuvo cuando aceptó la inmortalidad porque no podía vivir sin ella.
Un reflejo que venía de algún lugar más profundo que la razón, más antiguo que la disciplina, más suyo que cualquier cosa que el Conquistador le hubiera puesto encima.
—No —repitió Kaeros—. No la voy a matar.
La figura del Conquistador se quedó inmóvil durante un momento largo. La niebla a su alrededor se movía con más agitación, como un animal que ha sido provocado. Luego, con una lentitud deliberada, la capucha se inclinó ligeramente hacia un lado, como si la figura estuviera evaluando algo.
—Entonces —dijo la voz, y esta vez sonó diferente: más suave, más peligrosa, como la voz de alguien que ha decidido algo y que no va a cambiar de opinión—.
Entonces sufrirás las consecuencias. Porque si no la matas tú, la matará otro.
Y si no la mata otro, tú serás condenando.
Porque la marca que le puse no es solo un seguimiento.
Es una cuenta atrás. Y cuando llegue a cero, el agua de su cuerpo dejará de obedecerla.
Y entonces se convertirá exactamente en lo que la forjaron: un arma sin voluntad.