CAPÍTULO 13 #2
*Mis padres*, pensó, y la palabra le supo a sangre. *Mis padres, que me golpeaban con un palo. Mis padres, que me negaban un helado de fresa. Mis padres, que me miraban como una herramienta y no como una hija. Esos padres. Esos héroes.*
—No los conozco —dijo Jen, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía.
—¿Cómo? —preguntó Gorath.
—No conozco a mis padres. No conozco a los héroes del Lago Espejo.
Solo conozco a la sirena que me entrenaba hasta que los dedos me sangraban.
Solo conozco al elfo que me golpeaba con un palo cuando las manos me temblaban.
Solo conozco a dos personas que me negaron todo lo que un niño necesita para crecer sano: cariño, juego, un helado de fresa.
Eso es lo que conozco. Y si eso es un héroe, entonces prefiero ser una cobarde.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el crepitar del horno de arriba y el sonido lejano de un pájaro cantando.
Gorath la miró con una expresión que era mitad incredulidad y mitad algo más oscuro. La mujer joven tenía los ojos llenos de lágrimas. El elfo mayor tenía la mandíbula apretada.
—Tu padre —dijo el elfo mayor, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a piedras cayendo por una ladera—. Era un hombre bueno. Lo conocí. Luchó en la Batalla del Valle Perdido. Sacrificó todo por la causa.
—No luchó en ninguna batalla —respondió Jen, y la palabra le supo a sangre—. Vivió en una cueva. Entrenó a su hija. La golpeó con un palo. Eso no es luchar. Eso es criar un perro de combate.
—Tu madre...
—Mi madre me cantaba canciones que eran cadenas. Me obligaba a mover el agua hasta que los dedos me sangraban. Y luego, cuando mi padre no miraba, me acariciaba el pelo durante tres segundos, como si eso compensara los diecisiete años de dolor.
El silencio que siguió fue tan denso que Jen pudo oír su propio corazón latiendo.
—No conozco a los héroes del Lago Espejo —continuó Jen, con una voz que ya no temblaba—.
Solo conozco a mis padres. Y mis padres no son héroes.
Son personas. Personas que tomaron decisiones terribles por razones que no entiendo.
Personas que me usaron como herramienta.
Personas que me negaron todo excepto el dolor.
Gorath dejó la copa de vino sobre la mesa. La miró un momento largo. Luego, con una voz que pretendía ser comprensiva y sonaba a condescendencia:
—El dolor es necesario, Jen. El dolor forja. El dolor crea. Tus padres te dieron dolor porque el dolor te haría fuerte. Y fuerte es lo que necesitas ser para acabar con Kaeros.
Jen apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas.
—No —dijo, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—. El dolor no forja. El dolor rompe. Rompe a las personas. Rompe a los niños. Rompe a las niñas de seis años que solo quieren un helado de fresa y que reciben un palo en los nudillos.
Gorath abrió la boca para responder, pero Jen se levantó de la silla antes de que pudiera hablar.
—No voy a matar a Kaeros —dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma—. No por vosotros. No por mis padres. No por la resistencia. Si algún día levanto la mano contra él, será porque yo lo decida. No porque vosotros me lo pidáis.
Y salió del sótano sin mirar atrás.
Brokk la esperaba en la puerta de la panadería, con una barra de pan en una mano y una expresión que era mitad preocupación y mitad algo más cálido.
—Bueno —dijo el enano, mordiendo un trozo de pan—. Creo que ha ido bien.
Jen lo miró.
—¿Bien? ¿Eso ha ido bien? Les he dicho que no voy a matar a Kaeros. Les he dicho que mis padres no son héroes. Les he dicho...
—Exacto —interrumpió Brokk, con la boca llena de pan—.
Les has dicho la verdad. Y la verdad es lo que esta gente necesita oír, aunque no lo sepa.
Llevan años viviendo de mentiras. De héroes que no existen.
De profecías que no se cumplen. De esperanzas que se pudren en la oscuridad.
Y ahora tú les has dicho que el héroe más grande de la resistencia, el padre que sacrificó todo por la causa, era un hombre que golpeaba a su hija con un palo. Eso duele. Pero también limpia.
Jen lo miró un momento largo. Luego preguntó:
—¿Tú lo sabías?
—¿Qué parte?
—La parte de mis padres. La parte de que no eran héroes.
Brokk dejó de masticar. Sus ojos de miel vieja se fijaron en ella con una intensidad que Jen no le había visto antes.
—Sabía que algo no encajaba —respondió, con una voz más baja que nunca—. Los héroes no crían armas. Los héroes crían hijos. Y tus padres no te criaron como una hija. Te criaron como una herramienta. Eso no es heroísmo. Es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No lo sé. Pero sé que no es heroísmo.
Jen guardó silencio durante un momento largo.
El sol de la mañana calentaba las calles de Drakheim.
Los vendedores abrían sus puestos. Los niños corrían por los callejones.
Y Jen se quedó de pie frente a la panadería, con el corazón latiendo con un ritmo nuevo y la certeza de que algo había cambiado dentro de ella.
No sabía qué. No sabía cómo. Solo sabía que la imagen de sus padres, esa imagen que la resistencia había construido durante años, se había resquebrajado como un espejo al que le lanzan una piedra.
Y a través de las grietas, Jen podía ver algo que siempre había estado ahí pero que nunca había tenido permiso para ver.
La verdad.
—Gracias, Brokk —dijo Jen.
—¿Por qué? —preguntó el enano, mordiendo otro trozo de pan.
—Por traerme aquí. Por hacerme oír lo que dicen. Por hacerme ver lo que no quería ver.
Brokk la miró un momento largo. Luego, con una sonrisa que le iluminó la cara como una vela en una habitación oscura, respondió:
—Para eso están los amigos. Para las cervezas, los panoramas desagradables y las verdades que duelen.
Jen casi sonrió. Casi.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora —dijo Brokk, terminándose la barra de pan con un último bocado que le llenó la boca de migas—, decides. Tú. No tus padres. No la resistencia. No el Conquistador. Tú. ¿Qué quieres?
Jen miró hacia la torre de cristal negro, que se alzaba en el centro de Drakheim como una espina clavada en la montaña.
En algún lugar de esa torre, un hombre de cuatrocientos años miraba al horizonte con la cara de alguien que busca algo que ya no existe.
Un hombre que le había cortado la carne en silencio.
Un hombre que le había contado que su nombre no era suyo.
Un hombre cuyas sombras escuchaban los deseos de las personas y que, cuando escuchó el de ella, no supo hacer otra cosa que quedarse.
—No lo sé —respondió Jen, y la honestidad de esa confesión le dolió como un cristal clavándose en la palma de la mano—. Pero sé que ya no quiero ser un arma. Y sé que mis padres no son héroes. Y sé que Kaeros no es un monstruo. Y eso... eso es un comienzo.
Brokk asintió. La sonrisa se ensanchó.
—Es un buen comienzo —sentenció—. De los mejores que he visto. Y llevo ochenta años viendo comienzos.
Jen le dedicó una sonrisa que era mitad triste y mitad algo más cálido, algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.
—Gracias, Brokk.
—De nada, niña del agua. Ahora vamos a desayunar. Que me estoy muriendo de hambre y aquí cerca hay una taberna que sirve huevos con un sabor que te hace olvidar tus problemas. O al menos que te hace olvidar que los tienes.
Jen rio. De verdad. Una risa limpia, clara, que llenó la calle como el sonido del agua corriendo por un arroyo.
Y mientras caminaba hacia la taberna con Brokk, con el sol de la mañana calentándole la cara y el corazón latiendo con un ritmo nuevo, Jen supo que algo había cambiado dentro de ella.
La imagen de sus padres se había roto.
Y a través de las grietas, había visto algo que siempre había estado ahí pero que nunca había tenido permiso para ver.
La verdad de que no eran héroes.
Y la verdad de que ella merecía algo mejor.