Fuego de Dragón (Caballeros Dragón 13) 12
56%

12

Leo se quedó sentado en la playa mientras avanzaba la noche.

Tenían luz de sobra gracias a las hogueras que Xanderanth había encendido antes de entrar en la gran cueva para sentarse con la dragona marina, Lady Shara.

Hrardorr también estaba allí, sentado un poco apartado de los otros dos dragones, ya dormido. Había sido un día intenso para todos.

Leo y Lizbet habían añadido leña a las hogueras, manteniéndolas vivas con los montones de madera arrastrada por la corriente que él y Xander habían recogido antes.

Leo hablaba en silencio con Xander, preguntándole por la dragona marina.

Xander le dijo que ahora descansaba tranquila, cálida y segura, aunque muy agotada por su terrible experiencia.

Parecía consolarse con la presencia de Xander, y el joven dragón macho se negaba a separarse de ella.

Leo se preguntaba qué significaba aquello. Él y Xander llevaban emparejados poco tiempo, pero Leo nunca había visto a su compañero mostrar tanto interés por una hembra.

Por supuesto, la dragona marina era algo especial. Él y Xander habían hablado de lo increíble que sería ver a una de verdad. Ahora, no solo la habían visto, sino que la habían ayudado en medio de una crisis, y Xander daba todas las señales de querer entablar una amistad con ella. Si no algo más.

Era ese más lo que le preocupaba. ¿Y si Xanderanth quería a la dragona marina como compañera? ¿Cómo demonios funcionaría eso?

Leo se preguntó si sería el primer caballero de la historia conocida en ser abandonado por su compañero dragón.

No era un pensamiento agradable. Y probablemente solo se lo estuviera imaginando.

Él y Xander estaban unidos a un nivel que alcanzaba lo más profundo del alma.

Leo no tenía idea de si un vínculo así podía romperse por algo que no fuera la muerte, y la verdad es que no quería averiguarlo.

Leo atizó con un palo largo el fuego frente al que estaba sentado, reorganizando los troncos, perdido en pensamientos deprimentes.

—Shara se ha dormido, por fin —dijo Lizbet, acomodándose en el largo tronco que Leo había reservado para usar como asiento hasta que fuera necesario como leña.

Extendió las manos hacia el fuego, frotándolas como si tuviera frío—.

Creo que ahora estará bien. Solo se ha llevado un susto de mil demonios.

—Me alegro de que esté mejor.

¿Pero se alegraba? ¿De verdad? ¿Cuando esa inocente dragona podía suponer el fin del vínculo de Leo con Xander?

Leo se sacudió los pensamientos negativos. Por supuesto que se alegraba de que la dragona estuviera fuera de peligro. Había sido ruin incluso dejar que tales pensamientos cruzaran su mente. Leo era mejor que eso. Quería ser mejor que eso.

—¿Cómo lo llevas tú? —le sorprendió Lizbet preguntando.

La sanadora férica había estado con la dragona la mayor parte de la tarde, trabajando junto a Seth para coser un tajo increíble en el ala de Shara.

Leo se había fijado en Lizbet, por supuesto.

Tendría que estar muerto para no fijarse en una mujer tan hermosa.

Pero había asumido que ella no le habría dedicado ni un segundo pensamiento. ¿Se había equivocado?

—Estoy bien —dijo Leo rápidamente—. ¿Tienes suficiente calor? Puedes ponerte mi capa si tienes frío. —Se levantó y recuperó la capa especial que usaban los caballeros al volar, que era a la vez cálida e impermeable. Se colocó detrás de Lizbet y se inclinó para ponérsela sobre los hombros.

Ella levantó la vista mientras él se agachaba y sus ojos se encontraron. El tiempo se detuvo.

¿Se movió él o ella? Nunca sabría quién se movió, pero al momento siguiente, los labios de ella se encontraron con los suyos, y el mundo tal como lo conocía cambió para siempre.

— ¿Qué estás haciendo?

Leo se incorporó, rompiendo el beso mientras su mente daba vueltas. Se dio cuenta casi instantáneamente de que la pregunta no procedía de su conciencia culpable. Era Xanderanth, que quería saber qué tramaba su compañero.

Dulce Madre de Todos.

— Solo un segundo, Xan —le dijo al dragón mentalmente, tratando de averiguar qué decirle a la hermosa mujer a la que acababa de besar.

—Lo siento —dijo Lizbet con timidez, apretándose la capa sobre los hombros y apartando la mirada de él, de cara al fuego—. No era mi intención hacer eso.

—Milady, no ha sido solo cosa vuestra —tuvo que admitir Leo—. Os pido disculpas si me he propasado.

—No, es que... —Ella giró la cabeza rápidamente para volver a mirarlo, y entonces, ocurrió de nuevo. Sus ojos se encontraron y el tiempo se detuvo.

—Bueno, creo que Lady Shara debería estar cómoda por ahora —dijo Seth con voz enérgica, saliendo de la sombría boca de la cueva mientras se frotaba las manos.

El tiempo volvió a correr y Leo sacudió la cabeza, alejándose de Lizbet. El momento había pasado, pero lo había dejado... inquieto.

¿Qué demonios le había poseído para besarla? ¿Estaba ella molesta con él? ¿Acababa de crear algún tipo de incidente internacional por propasarse con una ciudadana férica de la Isla de los Grifos?

Terribles pensamientos corrían por el cerebro de Leo mientras Seth se acercaba al fuego. Por fortuna, el otro hombre parecía no darse cuenta de lo que había interrumpido. O eso, o era muy bueno fingiendo.

—Ahora que hemos acomodado a los dragones lo mejor posible para pasar la noche, creo que va siendo hora de que montemos algo más parecido a un campamento para nosotros. ¿Qué os parece? —La voz de Seth resultaba casi demasiado alta en la oscuridad de la noche. Demasiado jovial.

Mierda . Sabía perfectamente lo que había interrumpido.

Leo respiró hondo y se encontró con la mirada de Seth, descubriendo en los ojos del otro hombre una pregunta que no podía responder.

No tenía idea de por qué había estado besando a Lizbet.

Excepto... quizá... que ella había resultado irresistible.

Leo sabía que esa excusa barata nunca colaría. Se suponía que un caballero debía tener honor y valor. Se suponía que debía ser capaz de resistir la tentación cuando fuera necesario. Leo había fallado en la primera prueba y se sentía avergonzado. Avergonzado y muy, muy confundido.

¿Cómo podía estar mal algo que se había sentido tan bien? ¿Lo estaba en realidad? ¿O le estaba dando más importancia de la que debería? ¿Y qué estaría pensando Lizbet? Esa era la más importante de las preguntas sin respuesta que daban vueltas en sus pensamientos.

— Chitón, Leo —la voz de Xanderanth entró en su mente, calmándolo—. No sé muy bien qué te tiene tan alterado, pero estamos bien. Tú estás bien. Todo saldrá bien. Estoy aquí para ti.

Que su compañero dragón hubiera sentido su agitación no era sorprendente. Estaban unidos en espíritu y alma. Pero aunque se calmó un poco, Leo seguía preocupado... ¿por cuánto tiempo más?

A Lizbet le daba vueltas la cabeza por aquel beso inesperado.

¿Qué demonios la había poseído para besar al apuesto caballero?

Ciertamente, Sir Leo era agradable a la vista, pero ella conocía a muchos jóvenes guapos y pocos le habían hecho girar la cabeza.

Y si lo habían hecho, no se quedaba mirando en su dirección mucho tiempo.

Lizbet había estado buscando el tipo de unión amorosa que veía compartir a sus padres. Quería un compañero de vida, no solo un revolcón rápido o una relación que durara unos pocos años por conveniencia mutua y luego se apagara.

Era joven para los estándares de su pueblo, pero quería amor en su vida. Había sentido que estaba a la vuelta de la esquina desde hacía mucho tiempo. ¿Podría ser? ¿Había llegado su verdadero compañero en la forma de este atractivísimo caballero humano ?

— Si te gusta, deberías actuar —le dijo Shara en su mente; el consejo de la dragona no había sido solicitado, pero fue bienvenido—.

Está unido a Xanderanth. La magia de los dragones lo mantendrá con vida casi tanto tiempo como a ti, así que la diferencia de vuestras razas no es un impedimento.

No lo perderás pronto por ser humano, aunque es un hombre de armas y no hay garantías de que no muera en batalla.

—La dragona hizo una pausa como si reflexionara—.

Por supuesto, eso es una razón más, a mi modo de ver, para atrapar la felicidad mientras ambos estéis aquí y sintáis la atracción.

— ¿Como tú y Xanderanth? —Lizbet se atrevió a devolver sus pensamientos a la dragona. Si Shara iba a entrometerse en la vida amorosa de Lizbet, lo justo era responder con lo mismo.

— Tal vez —dijo Shara, sopesándolo—. Él me gusta muchísimo.

Pero hay que considerar a Leo. Los dragones de tierra se vinculan a sus caballeros y hacen ciertos sacrificios para ello, o eso me han dicho.

No estoy muy segura de cómo funciona todo.

Eso es algo que tendré que preguntarle a Xanderanth...

si decidimos seguir adelante. Quiero decir, acabo de conocerlo.

— Pero sientes la atracción, ¿verdad? —Lizbet no esperó a que respondiera a su pregunta—. Eso pensaba. He sentido pequeñas chispas alrededor de vosotros dos toda la noche. Incluso cuando sentías tanto dolor por la herida y recelo hacia los humanos. Han resultado ser agradables, ¿verdad?

— Parece que te sorprende tanto como a mí —dijo Shara con humor en su tono.

— Nunca antes había conocido a un humano —confió Lizbet—. Aunque he oído muchas historias sobre ellos. Algunos son buenos, como Leo y Seth, pero otros son muy malos de verdad.

— Igual que los de tu estirpe. Y los de la mía, también, si hemos de ser sinceras. —Shara suspiró, y Lizbet pudo oír la suave exhalación incluso fuera de la cueva—. Siempre hay algún calamar en mal estado en el mar.

— Nosotros decimos manzanas podridas, pero entiendo lo que quieres decir.