Fuego de Dragón (Caballeros Dragón 13) 6 #2
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Livia se había sentido muy feliz de tener a mano un gestor tan capaz y había ayudado a la familia con el traslado.

También le habían gustado de inmediato su mujer y sus hijos cuando finalmente los conoció.

La señora Stuart era una mujer sensata que tenía un talento especial para la cocina de todo tipo.

Había sido la jefa de cocina de una famosa posada en Port Waymouth conocida en todas partes, pero lo había dejado fácilmente para estar más cerca de su hijo mayor y su nuevo compañero dragón.

Varios establecimientos buscaban el consejo de la señora Stuart, y más de uno intentaba contratarla, pero ella afirmaba que estaba disfrutando demasiado de estar con su familia como para volver a trabajar tan duro como antes.

Ofrecía asesoramiento a cambio de un pago y se había convertido en una especie de consultora para posadas de todo el condado.

Livia tenía planes para ayudar a la señora Stuart a comercializar sus conocimientos a mayor escala, pero aún no le había planteado la idea a la buena señora. El regreso de su padre había hecho que Livia dejara en suspenso muchos de sus proyectos secundarios, pero ya volvería a ellos. Con el tiempo.

—¡Hola, familia Stuart! —exclamó alegremente hacia los niños que se habían reunido alrededor de Seth. Su cabello rubio dorado brillaba al sol mientras se levantaba y le sonreía.

Los niños corrieron hacia ella, con el más pequeño a la zaga hasta que Livia cogió en brazos a la pequeña Jenny y la llevó de vuelta por donde habían venido.

Todos hablaban a la vez, haciéndole preguntas y dándole pocas oportunidades de responder.

No importaba. Le encantaba su entusiasmo natural y sus mentes inquisitivas.

Esta familia era el modelo de lo que ella deseaba haber tenido mientras crecía, y los admiraba por ello.

Cuando llegó junto a Seth, dejó a Jenny en el suelo y se enfrentó a él con una amplia sonrisa.

—Es un placer verte, maese Seth. —Se sentía tan sin aliento como sonaba su voz y esperaba que los niños lo achacaran a su larga caminata.

—Es un placer volver a verte, señora Livia. Gracias por acompañarnos hoy aquí para conocer a nuestro visitante. —Seth se portó como un galán, escoltándola hacia las criaturas de cuatro patas reunidas, que los observaban todos.

Los niños seguían a Livia, cautelosos pero curiosos. Genlitha y Hrardorr estaban juntos, con un dragón azul oscuro centelleante ligeramente más pequeño y su invitado de plumas y piel, el grifo.

Gowan observaba todo desde el otro lado, de pie junto a un joven que debía de ser el mayor de los hijos de los Stuart. Aún no había conocido al famoso Leo, pero había oído hablar mucho de él a sus hermanos y hermanas.

Livia había oído hablar mucho de la formalidad de los grifos y sabía lo suficiente como para saludar primero al joven grifo. Sostuvo la mirada de la criatura mientras caminaba hacia ella, con el corazón palpitándole un poco por los nervios. Nunca antes había conocido a un grifo.

—Sir Flurrthith de la Isla de los Grifos, ¿puedo presentaros a la señora Livia O’Dare de Dragonscove? —dijo Seth formalmente, deteniéndose junto a Livia mientras ella se enfrentaba al grifo de frente.

Livia hizo una profunda reverencia, manteniendo los ojos alzados como señal de respeto por la gran fuerza del grifo. El grifo bajó una pata delantera doblando la rodilla, inclinándose también a su manera, sosteniendo su mirada como si la estuviera evaluando de alguna forma.

Livia sintió el impacto de la mirada del grifo hasta la punta de los pies.

No era algo que pudiera expresar con palabras, pero la forma en que el grifo la miraba era como si viera hasta el fondo de su ser, midiendo y considerando antes de tomar algún tipo de decisión sobre ella.

Y entonces, habló, y las palabras audibles la sobresaltaron un poco.

—Es un gussto conoceross, sseñora. Incluso en la Issla de los Sgrifoss hemos oído hablar del valiente capitán de barco llamado O’Dare. ¿Ess vuesstro progenitor?

Sorprendida, Livia se levantó de su reverencia mientras el grifo permanecía ante ella—. Pues sí. El capitán O’Dare es mi padre.

— ¿Tú eres la hija del capitán del barco de la que habla todo el Cubil? —La cabeza azul reluciente del joven dragón se levantó y se acercó a Livia, observándola con unos ojos de un azul intenso que brillaban incluso más que sus escamas.

—Supongo que sí —le respondió al nuevo dragón—. Soy Livia —dijo simplemente, presentándose.

— Xanderanth, no la agobies así —le regañó Genlitha desde un lado—. Livia es nuestra amiga. Es con quien Hrardorr va a pescar todo el tiempo.

— Soy Xanderanth, compañero de Leonhardt —continuó el joven dragón, claramente sin amilanarse ante el suave regaño de Genlitha.

Livia sonrió—. Oh, he oído cosas maravillosas de sir Leo a través de sus hermanos y, por supuesto, conozco al señor Stuart desde hace varios años, ya que ocupa un puesto muy importante en la compañía comercial de mi padre.

—Soy Leo. —El joven dio un paso adelante, ofreciéndole la mano con una sonrisa—. Es un placer conocerla por fin, señora.

Cuando los saludos terminaron por fin, se decidió rápidamente que Flurrthith y Xander serían un buen entretenimiento el uno para el otro, acompañados por Leo y la prole de los Stuart, con Genlitha y Hrardorr para supervisar.

Livia fue incluida al principio en sus planes, pero ella recondujo la conversación hacia la idea de que ella, Gowan y Seth tenían otras obligaciones que atender antes de poder reunirse con el grupo para comer más tarde.

Los planes se fijaron rápidamente y Livia condujo con entusiasmo a sus dos hombres lejos de la multitud, hacia un lugar apartado que conocía un poco más abajo en la playa, cerca de la parte rocosa de la orilla.

— Lady Genlitha, ¿hay alguien que nos siga o que observe nuestros movimientos? —envió Livia silenciosamente a la dragona que se había quedado atrás con los demás. Genlitha tenía una vista aguda y podría decir si alguien intentaba seguirlos.

— No, Livia. Habéis escapado limpiamente. Yo montaré guardia y os avisaré si se acerca alguien. —Livia juraría que la dragona sonaba más divertida que otra cosa.

— Eres la mejor, lady Genlitha. ¡Gracias!

Livia los guiaba hacia las rocas, y Gowan sabía por su reconocimiento aéreo de la costa que había unas cuantas cuevas a lo largo de este tramo de playa.

«Cuevas perfectas de contrabandistas», había pensado cuando las vio desde arriba, aunque ninguna parecía estar en uso cuando sobrevoló la zona.

Quizás Dragonscove tuviera gente más honrada que la mayoría de los pueblos, pero apostaría a que al menos una de las cuevas se había usado alguna vez en el pasado para cargamentos ilícitos introducidos al amparo de la noche.

Efectivamente, la cueva a la que Livia los condujo era perfecta para el contrabando.

Tenía una entrada muy cercana al agua, y a cualquiera que fuera de la cueva al agua no se le podía ver desde la playa.

Con la marea alta, un esquife podía amarrar muy cerca de la boca de la cueva para descargar y no ser visto jamás.

La cueva estaba ordenada, libre de los escombros habituales que se encuentran en tales lugares, lo que hizo pensar a Gowan que tal vez alguien la seguía utilizando. No había signos de carga en ese momento ni huellas humanas, pero el lugar estaba demasiado pulcro para ser obra de la naturaleza.

La arena era suave, pero no dejaba de ser arena y resultaría engorroso si pensaban tener una cita allí.

Primero, tenía que averiguar si ella planeaba retozar con ellos y, de ser así, tenía que idear un plan para que Livia no pareciera haber estado revolcándose por la arena con dos hombres.

Con su padre de vuelta en el pueblo, tenían que ser cuidadosos.

No porque se avergonzara de lo que compartían, sino porque no quería hacerle la vida en casa más difícil de lo que ya era.

Su padre prácticamente la había puesto bajo arresto domiciliario desde que volvió a casa, y Gowan no quería ser la causa de mayores penalidades para la encantadora Livia.

Si pudiera, le pediría en matrimonio ahora mismo y se la llevaría al Cubil, pero el matrimonio entre caballeros no era un asunto tan sencillo.

Había aprendido, para su gran molestia, que requería la opinión y el acuerdo de más de las dos partes habituales.

No, había dos dragones involucrados y otro caballero. Y hasta que Genlitha eligiera un compañero, Gowan no tenía ni idea de quién podría ser el otro caballero.

Era un lío, desde luego.

En lo que a él respectaba, ya se había decidido. Quería a Livia en su vida. Era perfecta para él en todos los sentidos. Pero no tenía ni idea de si el otro caballero desconocido sentiría lo mismo.

Genlitha intentaba consolarlo diciéndole que la Madre de Todo solía intervenir en los matrimonios del Cubil, pero Gowan era escéptico.

E impaciente. Todo lo que veía eran los obstáculos.

No veía cómo iban a superar el mayor de todos: que Genlitha encontrara a su pareja primero, cuando llevaba cientos de años sin emparejarse.

No había garantías de que Genlitha se asentara durante la vida de Gowan. Aunque su esperanza de vida se ampliaría un siglo o más si no moría luchando, era totalmente posible que Gen no se emparejara hasta dentro de décadas.

Lo cual no auguraba nada bueno para las posibilidades de que Gowan y Livia estuvieran juntos a largo plazo.

Él no sabía nada de esto cuando Genlitha pronunció las palabras de reclamo sobre él.

No estaba seguro de si lo desharía aunque pudiera.

Estar con Genlitha era... pura magia. Pero no ser capaz de darle a Livia el tipo de compromiso que su corazón anhelaba tener con ella... Eso era un auténtico infierno.

Livia soltó sus manos y se adentró más en la cueva, alzando los brazos y girando en un círculo lento. Se la veía tan feliz que a él se le alegró el corazón. ¿Cómo podía durar su mal humor ante el corazón puro de Livia?