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Hrardorr pareció reflexivo antes de dar finalmente su opinión sobre la idea.
— Genlitha podría vigilar desde lo alto y ayudar a guiaros hasta un lugar seguro para desembarcar vuestro bote.
Sinceramente, preferiría que tanto Genlitha como Gowan estuvieran a salvo de las hojas de diamante que sabemos que el enemigo todavía posee.
—¿Pretendes enfrentarte al resto de la flota enemiga tú solo? —Seth sabía que las habilidades de Hrardorr eran más que suficientes para lidiar con un par de barcos a la vez, pero ¿cómo manejaría al resto de esa flota masiva?
— Con apoyo desde tierra, creo que se puede lograr —respondió Hrardorr con rapidez.
—Y tú podrías organizar ese apoyo mejor que nadie, Seth, mientras yo establezco contacto con los lugareños, como hicimos aquí —le recordó Livia. Estaba demasiado ansiosa por ponerse en peligro en lo que a Seth respectaba, pero tenía razón.
—Todo esto es irrelevante a menos que el liderazgo de la Guarida tome una mala decisión —les recordó Seth.
— Lo cual es más que probable que ocurra —masculló Hrardorr.
—Por eso deberíamos preparar nuestro plan —insistió Livia.
A Seth no le gustaba, pero se mantuvo en silencio mientras Hrardorr y Livia discutían las mejores formas de ejecutar el plan que estaban diseñando.
A Livia se le permitía sacar su velero dos veces por semana.
Empezaría a llevar provisiones al bote a escondidas, al igual que Hrardorr.
Él podría traer cosas de la Guarida, con ayuda de Seth, y entregarlas en el bote cuando se reunieran para ir a pescar.
De esta manera, cuando llegara el momento, estarían listos.
Si resultaba que no necesitaban actuar, los suministros se podrían retirar con la misma facilidad con la que se habían entregado.
Seth aceptó a regañadientes ayudar porque estaba bastante seguro de que Livia zarparía hacia la Isla de los Grifos sin él si no lo hacía.
Si ella iba a emprender ese viaje peligroso, él estaría allí mismo, listo para protegerla y defenderla si surgían problemas.
—¿Supongo que Genlitha está compinchada con vosotros en todo esto? —preguntó Seth después de haber perfilado los puntos básicos del plan.
— En lo básico, sí —admitió Hrardorr—. Le contaré los detalles cuando vuelva mañana.
Para entonces sabremos más sobre lo que el liderazgo pretende hacer…
o no hacer , según el caso. —El dragón se puso en pie y caminó los pocos pasos hacia el borde de la plataforma donde se había sentado—.
Por ahora, voy a darme un corto chapuzón y quizá una caza más larga.
Volveré en una hora o dos. —Giró la cabeza hacia atrás, como si los mirara, aunque por supuesto no podía verlos—. ¿Pensáis quedaros?
—Si no te importa la compañía, necesito unas cuantas horas de libertad fuera de mi prisión de dormitorio —bromeó Livia suavemente—. Tengo que estar de vuelta antes del amanecer, pero la noche es mía, y pienso aprovecharla.
Hrardorr inclinó la cabeza como en señal de comprensión.
— En ese caso, agradezco vuestra compañía, querida Livia.
Ay, debería haber comido antes de salir de la Guarida, pero esta noche se me antojaba pescado fresco.
—Su atención se volvió hacia Seth—. ¿Supongo que tú querrás quedarte, aunque insista en que estoy bien solo?
Seth se acercó a Hrardorr, asegurándose de que el dragón pudiera oír sus pasos contra la cubierta de madera. La cabeza de Hrardorr se movió, siguiendo el avance de Seth.
—Amigo mío —empezó Seth, sabiendo que tenía que hacer que el dragón comprendiera sus motivos—.
No he venido aquí para vigilarte como una niñera, sino para estar aquí por si necesitabas un amigo.
He vivido una vida muy solitaria en la Guarida desde que elegí seguir el camino del sanador, y estoy recibiendo el mismo tipo de miradas extrañas y hablas forzadas que tú has estado recibiendo desde la batalla en el puerto.
Creo que sorprendimos a todo el mundo con lo que hicimos y con lo que somos capaces de hacer.
Incluso a nosotros mismos. —Su voz bajó de tono al hacer sus confesiones, pero sabía que el dragón podía oírle—. Tenemos mucho en común.
Seth sopesó sus siguientes palabras con cuidado.
—De hecho, creo que tengo más en común contigo que con cualquier otro ser que conozca.
Quiero que sepas que estoy aquí para ti, Hrardorr.
Siempre. Y a diferencia de cualquier otro, creo que entiendo al menos algo de lo que estás pasando ahora.
Solo quiero ser tu amigo. No tu muleta ni tu ayudante ni cualquier otro término que quieras usar para alguien que te subestima.
Sé que no eres menos de lo que eras antes de quedar ciego.
Lo he sabido desde el primer momento en que te conocí.
Solo desearía que tú también te lo creyeras.
Hrardorr no respondió con palabras. Se limitó a bajar la cabeza y acercarse, iniciando el contacto para un abrazo de dragón. Seth rodeó con sus brazos el cálido cuello de Hrardorr, sintiendo el deslizamiento de sus escamas brillantes y el pulso saludable del fuego bajo su piel acorazada.
— Eres un buen hombre, Seth —dijo Hrardorr finalmente—. Nunca dejes que nadie te haga creer lo contrario. —Hrardorr se apartó y Seth bajó los brazos; el momento había terminado—. Os veré cuando regrese.