20 KYA
Tres semanas después
La sede del Stoneheart MC rebosa música, risas y esa camaradería fácil que surge cuando una familia celebra junta. Alguien ha sacado una guitarra, Cash acapara la atención en la barra junto a Mercy. El olor a barbacoa llega desde el patio trasero donde Hawk está al mando de la parrilla, mientras a nuestro alrededor los niños corren por la casa entre gritos y carcajadas.
Estoy acurrucada en uno de los sofás de cuero gastados, con el brazo de Lee rodeándome, observándolo todo con una sensación de asombro que todavía me pilla desprevenida. Hace tres meses, no estaba segura de querer volver a Stoneheart. Ahora estoy en casa.
—Llamé a Emma esta mañana —dice Lee en voz baja, mientras sus dedos trazan patrones en mi hombro.
El corazón me da un vuelco.
—¿Lo hiciste? ¿Qué le dijiste?
—Que habías vuelto al pueblo y que estamos juntos. Gritó tan fuerte que creo que me reventó el tímpano.
—¿Gritos buenos o gritos malos?
—El tipo de gritos que van acompañados de «¡joder, lo sabía!» y «¡ya era hora!» —se ríe—. Está planeando venir a casa por Navidad.
Las palabras me oprimen el pecho de emoción.
—Tengo muchas ganas.
Solía observar a Lee desde el otro lado de la habitación, convencida de que era inalcanzable, imposible. El hermano mayor y guapísimo de Emma que nunca podría ser mío. Y ahora aquí estoy. Antes era la chica de la que todos cuchicheaban, la hija de Patty Sullivan sin futuro y con menos opciones aún. Ahora llevo el nombre de Lee en mi espalda, tengo una familia que me eligió, un negocio que prospera y un pueblo que me respaldó cuando más importaba.
La transformación resulta surrealista, como si estuviera viviendo la vida de otra persona.
Señalo la habitación con un gesto.
—Hace seis meses, si alguien me hubiera dicho que estaría aquí, en una fiesta de un club de moteros, feliz de la vida... me habría reído.
—¿Y ahora?
Lo miro, a este hombre que se ha convertido en mi ancla, mi refugio, mi todo.
—Ahora no me imagino en ningún otro lugar.
Su sonrisa es suave, íntima, la que reserva solo para mí.
—Bien. Porque ahora estás atrapada con nosotros.
—Pobre de mí —bromeo, y luego chillo cuando me hace cosquillas en las costillas como represalia.
—Eh, tortolitos —grita Bones desde el otro lado de la habitación—. Dejad los calentamientos para después. Aquí estamos intentando montar una fiesta civilizada.
—¿Esto es civilizado? —pregunta Mercy, señalando a dos prospectos enfrascados en lo que parece un torneo de pulsos que ha degenerado en combate de lucha libre en el suelo.
—¿Para nosotros? Sí —dice Cash con una sonrisa—. Deberías ver cómo son nuestras fiestas descontroladas.
—No estoy segura de querer verlo —respondo, aunque estoy sonriendo. Esto es todo lo que nunca supe que necesitaba.
Stone se acerca a nuestro sofá con una cerveza en cada mano. Me entrega una.
—Bienvenida a la familia, chica.
Trago saliva, conteniendo las lágrimas.
—Gracias.
Lee me estrecha con el brazo.
—Eh —dice con suavidad—. ¿Estás bien?
—Sí —me río de mí misma—. Perdona. Es solo que... nunca había tenido esto.
—Pues ahora lo tienes —dice Duck, apareciendo junto a Stone con su esposa del brazo—. Y no dejamos escapar a nadie fácilmente.
Maggie, una mujer menuda con ojos amables y mechones plateados en el pelo, me aprieta la mano.
—Espero que sepas lo felices que estamos todos de que estés aquí. Lee es otra persona desde que volviste al pueblo.
—¿Diferente cómo? —pregunto con curiosidad.
—Asentado —dice simplemente—. Feliz. Parece que por fin encontró lo que buscaba.
Miro a Lee, que se ha puesto un poco colorado de las orejas.
—¿Ah, sí?
—Ginger tiene la boca muy grande —murmura, pero hay afecto en su voz.
—Maggie tiene razón —añade Stone—. Le haces bien, Kya. Nos haces bien a todos. El Devil's ha vuelto a ser el corazón de esta comunidad gracias a lo que has hecho allí.
—Solo lo limpié y arreglé los grifos de cerveza —protesto.
—Creo que yo arreglé los grifos —dice Lee, ganándose un codazo en las costillas.
—Hiciste mucho más que eso —dice Bones, uniéndose a nuestro pequeño círculo—. Lo convertiste en un lugar donde la gente quiere volver a estar.
Alguien llama a la puerta de la sede con un golpe seco. Uno de los prospectos se separa de la pelea y regresa un minuto después con Josie Bright detrás.
—Disculpad la interrupción —dice, mirando alrededor—. Pero tengo buenas noticias —le entrega una carpeta a Stone—. El consejo ha votado en contra del primer proyecto de recalificación residencial. A partir de esta mañana, la propuesta está muerta.
Un grito de júbilo surge de los hermanos que se han reunido alrededor para escuchar. La mano de Lee busca la mía y la aprieta con fuerza.
—¿Qué les hizo cambiar de opinión? —pregunto.
Su mirada aguda se vuelve hacia mí.
—Parece que tu victoria en el Devil's fue un gran incentivo. Cuando no consiguieron intimidarte para que vendieras, enviaste un mensaje al resto de los propietarios de la zona. Mi despacho no da abasto con todos los interesados en que los represente.
—¿Entonces se acabó?
—Esta fase, sí. Volverán tarde o temprano, empresas como Summit siempre lo hacen. Pero le habéis dado tiempo a la comunidad, y habéis demostrado que se les puede vencer. Legalmente —dice la última palabra mientras fulmina a Stone con la mirada. Él se la sostiene.
El clamor que estalla esta vez es ensordecedor. Alguien sube el volumen de la música, las bebidas corren libremente y la fiesta se anima. Voy de persona en persona, recibiendo felicitaciones, escuchando historias y dejándome arrastrar por ese tipo de charla fácil que me llena el corazón.
Es casi medianoche cuando Lee por fin me rescata de una acalorada discusión con Cash sobre la mejor manera de hacer nachos.
—Baila conmigo —dice, tirando de mí hacia el pequeño claro que hace las veces de pista de baile improvisada.
—Tú no bailas —señalo, aunque lo sigo de buena gana.
—Claro que sí —me estrecha entre sus brazos justo cuando la canción termina y empieza algo lento y dulce—. El momento perfecto.
Nos mecemos juntos en la tenue luz, y cierro los ojos, dejándome llevar por el momento. Sus manos son cálidas y firmes en mi espalda, su corazón late acompasado contra mi mejilla. A nuestro alrededor, la fiesta continúa, pero es como si estuviéramos en nuestra propia burbuja.
—Gracias —susurro.
—¿Por qué?
—Por esto. Por ellos. Por darme un lugar al que pertenecer.
—Este es tu hogar, Kya.
—Lo sé. Lo siento —me aparto para mirarlo—. Te quiero.
—Yo también te quiero —se inclina para besarme, suave y tierno—. ¿Lista para irnos de aquí?
—Dios, sí.
Nos despedimos, lo que nos lleva otros veinte minutos porque, por lo visto, irse de una fiesta del MC requiere abrazar a todos uno por uno y prometer asistir a la próxima. Para cuando llegamos a la moto de Lee, estoy agotada pero feliz, con el corazón a punto de estallar.
El trayecto hasta mi cabaña es tranquilo, el aire nocturno fresco contra mi piel. Cuando aparcamos en mi entrada, ya estoy pensando en desnudar a Lee y expresar mi gratitud por esta velada perfecta de la forma más completa posible.
—¿En qué estás pensando? —pregunta mientras caminamos por el sendero hacia mi puerta.
—En ti. Desnudo. En mi cama. Ya.
Se para en seco y casi me lo llevo por delante.
—Joder, Kya.
—¿Qué? Ha sido una noche perfecta y quiero terminarla como es debido —abro la puerta y me giro para mirarlo—. ¿O estás demasiado cansado?
Su risa es grave y ronca.
—Nunca estoy demasiado cansado para ti.
En cuanto estamos dentro, se abalanza sobre mí. Sus manos se enredan en mi pelo, su boca reclama la mía con un hambre que me enciende la sangre. Le devuelvo el beso con la misma desesperación mientras mis manos forcejean con su chaleco, necesitando sentir su piel.
—Dormitorio —jadeo entre besos.
—Demasiado lejos —gruñe, empujándome contra la puerta.
Sus manos están por todas partes: se deslizan por mis muslos, me suben el vestido hasta la cintura, encuentran el borde de mis bragas y acarician sobre la tela húmeda.
—Lee...
—Aquí mismo —dice, arrodillándose—. No puedo esperar.
Engancha los dedos en la cinturilla de mis bragas y las arrastra por mis piernas. Luego su boca está sobre mí, y tengo que morderme el labio para no gritar tan fuerte que despierte a los vecinos.
Ya sabe exactamente cómo tocarme, exactamente lo que necesito. En cuestión de minutos, me deshago contra su boca, con las manos aferradas a su pelo mientras oleadas de placer me recorren.
—Dormitorio —dice cuando por fin vuelvo en mí—. Ahora.
Esta vez no discuto. Le cojo la mano y lo guío por el pasillo mientras nos vamos quitando la ropa. Para cuando llegamos a mi cama, estamos desnudos y desesperados.
Lee me alza sobre el colchón, me sigue y cubre mi cuerpo con el suyo. Su peso, su calor, la sensación de estar completamente rodeada por él: es todo lo que necesito.
—Te quiero —susurra mientras entra en mí, lento y profundo.
—Y yo a ti —le susurro.
Nos movemos juntos en perfecta sincronía, construyendo algo que es más que simple liberación física. Esto es conexión, comunión, la expresión más profunda de lo que significamos el uno para el otro.
Cuando me corro, es con su nombre en los labios y los ojos fijos en los suyos. Él me sigue un instante después, enterrando el rostro en mi cuello mientras se vacía dentro de mí.
Después, yacemos enredados, respirando con dificultad y completamente agotados.
—Eso ha sido... —empiezo.
—Perfecto —termina él.
—Iba a decir alucinante, pero perfecto también vale.
Se ríe y me da un beso en la sien.
—Esta noche ha sido perfecta. Todo.
—¿Incluso la parte en que Bones casi me deja caer con ese abrazo?
—Especialmente esa parte. Me dio una excusa para ponerme posesivo.
Me río y me giro entre sus brazos para verle la cara.
—No necesitas excusa para eso.
—Me alegra saberlo —su expresión se vuelve seria—. ¿Eres feliz, Kya? ¿De verdad feliz?
—Más feliz de lo que he sido en toda mi vida —le digo con sinceridad—. Te tengo a ti, tengo el bar, tengo una familia. ¿Qué más podría pedir?
—¿Un anillo en el dedo?
Me incorporo y lo miro fijamente.
—¿Hablas en serio?
—Completamente en serio —se incorpora también, tomando mis manos entre las suyas—. Te quiero, Kya Sullivan. Quiero tu cabezonería, tu lengua afilada y cómo cuidas de todos los que te rodean. Me encanta que hayas vuelto a este pueblo y lo hayas hecho mejor solo con estar aquí. No quiero esperar al futuro. Cásate conmigo.
Las lágrimas me nublan la vista mientras miro a este hombre que se ha convertido en todo para mí.
—Lee…
—Sé que es pronto —se apresura a añadir—. Sé que solo llevamos unos meses juntos. Pero nunca he estado más seguro de nada en mi vida. Eres todo para mí, Kya. Eres mi hogar, mi familia, mi futuro. Di que sí.
—Sí —digo, echándole los brazos al cuello—. Te quiero muchísimo.
—Y yo a ti, futura señora Armstrong.
—Futura señora Armstrong —repito, probando cómo suena—. Me gusta.
—Bien —dice, atrayéndome hacia él para besarme—. Porque ya no te libras de mí. Para siempre.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Nos quedamos dormidos abrazados. Sueño con un futuro lleno de paseos en moto, noches de bar abarrotado y un amor que dura para siempre.
Cuando despierto, Lee sigue ahí, sigue siendo mío, y hay un anillo en mi dedo que demuestra que esto no es un sueño.
Estoy en casa. Y nunca volveré a irme.