16 LEE
La ducha fría no ayuda.
Tampoco la segunda, ni la tercera. Para cuando me rindo y me meto en la cama, sigo lo bastante duro como para cortar cristal y tan tenso que podría estallar. El sabor de Kya sigue en mi lengua, el sonido de cómo se deshacía bajo mi boca aún resuena en mis oídos.
Nueve días más de esto van a matarme. Pero joder, ella vale la pena.
Me despierto con la luz del sol que entra por las ventanas del dormitorio de Kya y el sonido de su teléfono, que vibra insistentemente en la mesita de noche. Se remueve a mi lado, cálida y suave bajo las mantas.
—Mmm —murmura, buscando el teléfono a ciegas—. ¿Diga?
Oigo la voz de Mercy, metálica y urgente, a través del altavoz.
—Kya, tienes que venir al bar. Ahora.
Eso capta su atención. Se incorpora y la sábana le cae alrededor de la cintura; tengo que obligarme a concentrarme en la conversación en lugar de en cómo la luz de la mañana juega sobre su piel.
—¿Qué pasa? —pregunta, alerta al instante.
—Inspectores de sanidad. Aparecieron hace una hora con una orden. Funcionarios del condado, todo el operativo. Están destrozando el local.
Mierda.
Me levanto de golpe y salgo de la cama.
—¿Qué? —Kya aparta las mantas y se agacha hacia el suelo con una mano para buscar ropa—. ¿Cómo es eso siquiera legal? No abrimos hasta…
—Recibieron una denuncia. Varias denuncias, de hecho. Avisos anónimos sobre violaciones graves de sanidad.
Me pongo los vaqueros.
—Summit —murmuro, y Kya asiente con expresión sombría.
—Estaremos ahí en diez minutos —le dice a Mercy, y cuelga.
—Que sean siete —digo, ya poniéndome la camiseta—. Vienes conmigo.
Llegamos al Devil's en cinco; mi moto devora la distancia mientras Kya se agarra fuerte detrás de mí. Noto la tensión en su cuerpo cuando entramos en el aparcamiento y vemos los vehículos oficiales estacionados fuera: una furgoneta del departamento de sanidad del condado, dos coches de policía y un sedán negro que grita burócrata del gobierno.
Dentro, es el caos. Una mujer de expresión severa con una chaqueta del condado revisa la cocina con lupa mientras un agente uniformado permanece cerca con aspecto aburrido. Otro inspector examina la barra, saca fotos y toma notas en una tableta.
Mercy nos ve primero; el alivio le inunda el rostro cuando entramos.
—Gracias a Dios que estáis aquí —dice, acercándose rápidamente—. Llevan más de una hora con esto. Acaban de dejarme llamaros.
Kya se mueve detrás de la barra y su máscara profesional se desliza en su lugar mientras evalúa los daños. Me quedo cerca, en una posición desde la que puedo verla tanto a ella como a los inspectores.
—Señor Armstrong —llama una voz, y me giro para ver a un hombre con un traje caro que se acerca. Es mayor, de pelo plateado, con el tipo de sonrisa depredadora que me pone la piel de gallina—. David Crane, Summit Development.
—¿Y usted qué hace aquí exactamente? —respondo, acercándome más a la barra y a Kya.
—Summit es el contratista oficial del gobierno para inspecciones sanitarias en este condado. Solo estoy aquí para supervisar la investigación.
Aprieto los dientes.
—¿Y casualmente eligen el Devil's para examinar?
El cabrón se ríe.
—No, me temo que esto no es una inspección de rutina. Recibimos varias denuncias sobre violaciones de seguridad alimentaria en este establecimiento. El condado se toma estas cosas muy en serio.
Denuncias, y una mierda. Esto es intimidación, pura y dura.
—¿Han encontrado algo interesante? —pregunto, aunque ya sé la respuesta. Kya lo tiene todo bajo control; no hay nada que puedan encontrar.
—Algunas infracciones menores —dice Crane con suavidad—. Temperaturas inadecuadas de almacenamiento de alimentos, algunos problemas de documentación. Nada que no pueda corregirse con la orientación adecuada.
—¿Orientación de Summit Development? —pregunta Kya con voz engañosamente calmada.
—De las agencias reguladoras apropiadas, por supuesto. Aunque Summit estaría encantada de ayudar con cualquier renovación o mejora necesaria para que el establecimiento cumpla con las normas.
—Por una tarifa, estoy segura.
—Naturalmente. Estas cosas son caras. Aunque quizás menos caras que la alternativa.
Doy un paso adelante y la sonrisa de Crane vacila ligeramente.
—¿Qué alternativa sería esa?
—El cierre, naturalmente. Si las infracciones son suficientemente graves, el condado no tiene más opción que cerrar los establecimientos que no cumplen hasta que alcancen los estándares.
Kya palidece, pero su voz permanece firme.
—Y supongo que Summit estaría dispuesta a comprar la propiedad a un precio justo, ¿no? ¿Ayudarme a evitar toda esta situación tan desagradable?
—Siempre estamos interesados en inversiones que valgan la pena —asiente Crane—. Nuestra oferta sigue en pie, señorita Sullivan. Quizás podríamos discutir los términos…
—Quizás podría largarse de mi bar —interrumpe Kya, sin rastro ya de cortesía—. A menos que piense pedir algo, no es bienvenido aquí.
La sonrisa de Crane se vuelve depredadora.
—Señorita Sullivan, le recomendaría que reconsiderara su posición. El condado se toma las infracciones sanitarias muy en serio. Sería una lástima que este establecimiento se viera obligado a cerrar debido a… problemas continuos con la normativa.
Entonces me interpongo entre ellos, lo bastante cerca como para que Crane tenga que estirar el cuello para mirarme.
—¿Eso es una amenaza?
—Simplemente una constatación de hechos. Los códigos sanitarios existen para la seguridad pública. Cuando los establecimientos incumplen sistemáticamente los estándares… —Se encoge de hombros.
La inspectora de sanidad se acerca, tableta en mano.
—¿Señorita Sullivan? Necesito hablar con usted sobre nuestros hallazgos.
Kya rodea la barra y yo la sigo de cerca. La inspectora —una mujer de unos cincuenta años que no se anda con rodeos— despliega una lista en su tableta.
—En general, el establecimiento está en buenas condiciones —comienza, y veo cómo la expresión de Crane se ensombrece—. Sin embargo, he encontrado algunas infracciones menores. El registro de temperatura de la cámara frigorífica lleva tres días sin actualizarse, y falta documentación de las últimas entregas de proveedores.
—¿Eso es todo? —pregunta Kya.
—Eso es todo. Ambas cosas son fáciles de corregir: solo tiene que actualizar los registros y completar el papeleo. Necesitaré ver las correcciones en un plazo de siete días. Como es su primera infracción, le emitimos un apercibimiento formal. —Arranca un papel—. Volveré en una semana para comprobar las mejoras.
El alivio de Kya es palpable, y por el rabillo del ojo capto el ceño fruncido de Crane, frustrado.
—Sin embargo —continúa la inspectora—, debo mencionar que hemos recibido varias quejas en la última semana. Todas anónimas, todas alegando infracciones graves. Quiero dejar claro que esas quejas carecían de fundamento. Esta inspección no ha encontrado pruebas de los problemas descritos.
—Quejas anónimas —repite Kya.
—Sí. Lo cual es inusual. En mi experiencia, las quejas legítimas suelen provenir de fuentes identificables. Las anónimas a menudo están... —Lanza una mirada elocuente a Crane—. Motivadas por otros intereses. Le recomendaría repasar las normas sanitarias con su personal para asegurarse de que las cumple, por si acaso.
Sonrío. Parece que, aunque trabaje para el condado, la inspectora tampoco le tiene mucha simpatía a Crane.
Cuando la inspectora se marcha, junto con los policías y el resto de los funcionarios del condado, Crane se queda. Su confianza anterior ha dado paso a una ira apenas contenida.
—Este establecimiento ocupa un terreno de primera para urbanizar, señorita Sullivan. De una forma u otra, Summit lo adquirirá. La cuestión es si elegirá vender voluntariamente o... se encontrará sin más opciones.
—Lárguese —dice Kya en voz baja—. Ahora.
Quiero arrancarle la puta cabeza a esta comadreja y usarla como pisapapeles. Mi ira se desborda; cada instinto me grita que estampe a este pedazo de mierda contra la pared más cercana. Pero Kya se está encargando de esto, y es más que capaz. Doy un paso hacia ella, sin interferir, solo haciéndole saber en silencio que estoy aquí si me necesita.
Crane no se mueve. Se queda ahí plantado con esa expresión engreída, convencido de que puede intimidarla hasta que ceda.
Es entonces cuando doy un paso adelante.
—La señorita le ha pedido que se vaya —digo con voz mortalmente serena—. Le sugiero que haga caso.
Los ojos de Crane se desvían hacia mí, y lo que sea que ve en mi expresión por fin lo hace enderezarse la corbata y dirigirse a la puerta. El hombre, con todos sus defectos, no es completamente idiota. Se ajusta la corbata mientras se alisa la solapa.
—Mucha suerte. —Se marcha, y el bar queda en silencio salvo por el zumbido de los frigoríficos y el sonido lejano del tráfico.
—Bueno —dice Mercy por fin—. Eso ha sido divertido.
—¿Estás bien? —le pregunto a Kya al notar el ligero temblor de sus manos.
—Estoy bien. Solo enfadada. —Se pasa las manos por el pelo y deshace el peinado cuidadoso—. No van a parar, ¿verdad?
—No —admito—. No lo harán.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Antes de que pueda responder, la puerta principal se abre y entra Cash, seguido de Bones y tres de los prospectos. Echan un vistazo a la escena y sus expresiones se endurecen.
—Me han dicho que ha habido jaleo —dice Cash mientras se acomoda en la barra.
—Summit ha traído a los de sanidad —explico—. Acoso, puro y duro.
—¿Han encontrado algo? —pregunta Bones.
—Cosas menores. Nada que no se pueda arreglar en un día.
—Pero volverán —añade Kya con tono sombrío.
—Entonces estaremos preparados —dice Cash sin más—. ¿Qué necesitas?
Es una pregunta sencilla, pero el peso que conlleva es enorme. Es el club ofreciéndole protección, recursos, solidaridad. Kya parece sorprendida por el apoyo inmediato.
—No... —empieza.
—Documentación —interrumpo—. Cámaras de seguridad. Testigos en cada inspección. Que les cueste más inventarse infracciones.
—Hecho —dice Bones mientras saca el teléfono—. Hawk puede tener las cámaras instaladas mañana.
—¿Y el apoyo legal? —pregunta Mercy—. ¿No hay una abogada que os está ayudando con lo de la zonificación?
—Josie Bright —confirmo—. Está especializada en derecho municipal y casos de corrupción. Debería enterarse de esto.
—La llamo yo —se ofrece Cash—. Le paso la información de hoy.
—Y yo hablaré con Stone para que aumente las patrullas —añado—. Para asegurarme de que siempre haya alguien echando un ojo.
Kya parece abrumada por la repentina avalancha de apoyo.
—No tenéis que...
—Sí, tenemos que hacerlo —la interrumpe Bones con delicadeza—. Eres una de los nuestros. Protegemos a los nuestros.
—Pero yo no soy...
—Lo eres —digo con firmeza—. Te des cuenta o no, eres familia. Y la familia permanece unida.
Las lágrimas brillan en sus ojos, pero parpadea para contenerlas.
—Siento que deberías haber dicho eso con voz de Vin Diesel.
Resoplo y la atraigo hacia mí para abrazarla.
—Acepta la victoria y punto, Kya.
Sorbe la nariz contra mi pecho. —Vale. Gracias.
—No nos des las gracias todavía —dice Cash—. Espera a ver la factura de Hawk por el sistema de seguridad.
Eso le arranca una risa, aliviando parte de la tensión.
—¿Te sientes mejor? —le pregunto a Kya.
—Un poco. Todavía enfadada, pero menos… indefensa, supongo.
Echa la cabeza hacia atrás.
—Gracias. Por venir conmigo cuando llamó Mercy y por intervenir con Crane.
—No tienes que agradecerme eso.
—Sí, tengo. Es mi problema, mi bar, mi pelea.
—Dejó de ser solo tu pelea en cuanto te amenazaron. Eres mía, Kya.
Mi voz suena ronca.
—Puede que no lo hayamos dicho en voz alta, puede que todavía estemos descubriendo qué es esto, pero eres mía. Y yo protejo lo que es mío.
Algo destella en sus ojos: sorpresa, deseo, algo más profundo que me oprime el pecho.
—Tuya —repite en voz baja.
—Mía —confirmo, acercándome hasta que apenas queda un centímetro entre nosotros—. Igual que yo soy tuyo.
Se pone de puntillas y creo que va a besarme. Pero en lugar de eso, apoya la frente contra la mía, con la respiración entrecortada.
—Ocho días más —susurra.
—Ocho días más —asiento, aunque todos mis instintos me gritan que me la lleve a casa y la haga mía de una vez.
—Deberíamos ponernos a trabajar.
—Deberíamos —convengo. Ninguno de los dos se mueve.
Con una risita, por fin da un paso atrás, gira sobre sus talones y se aleja. Mi mirada baja hasta su culo respingón, recreándome en cómo se mueve dentro de esos vaqueros ajustados.
Ocho malditos días.