7 LEE #2
Se detiene y una expresión extraña le cruza el rostro.
—En realidad, creo que esta es mi forma de sentirme cerca de ella —dice despacio, más para sí misma que para mí—. Cuando estaba viva, no podía arreglarla. Pero trabajar aquí... me hace bien estar en el sitio que ella amaba, aunque ese amor fuera tóxico.
Niega con la cabeza.
—Es una tontería, ¿no? Invertir en el lugar favorito de una alcohólica.
Sus palabras me dan de lleno en el pecho.
—Creo que deberías hacer lo que necesites para pasar el duelo y seguir adelante. Si eso es quemar este sitio hasta los cimientos o darle una mano de pintura a una pared, hazlo.
Asiente con lágrimas brillándole en las pestañas.
—La quería. Pero odiaba en lo que se había convertido. Lo que me hizo, lo que se hizo a sí misma. Y ahora ya no está y es... confuso. Es duelo, pero también alivio. Y eso parece una traición, aunque sé que no lo es.
No digo nada. Simplemente me acerco y la estrecho entre mis brazos con suavidad. Se deja, acurrucándose contra mí como si llevara tiempo esperando que alguien la abrazara.
—No es una traición —digo con la boca pegada a su pelo—. Es la verdad. Y cualquiera que haya amado a un adicto sabe exactamente a qué te refieres. Puedes llorar a la madre que tuviste y a la madre que necesitabas. Ambas son reales. Ambas merecen su espacio.
Se aferra a mí con más fuerza un momento antes de apartarse y secarse los ojos con el dorso de la mano.
—Perdona. Esto se ha puesto intenso.
Cojo mi brocha y le doy unas pasadas mientras intento aligerar el ambiente.
—¿Quieres saber a qué me dedico?
Me mira.
—¿O sea que no te pagan por quedarte en las esquinas con cara de pocos amigos intimidando a empresarios turbios?
—No. Inténtalo otra vez.
Se lleva un dedo a la barbilla, como si reflexionara.
—Payaso.
—Me queda genial la nariz roja. Pero no.
—¿Domador de leones?
—A veces me siento así con los aspirantes. Inténtalo otra vez.
Chasquea los dedos.
—Gigoló.
Eso me arranca una carcajada. Me levanto la camiseta con una mano, dejando el torso al descubierto, y observo cómo su mirada baja hasta mis abdominales.
—Cariño, nadie puede permitirse esta delicia.
Traga saliva, y me satisface ver que se le tiñen las mejillas de rubor. Me bajo la camiseta y sonrío cuando por fin nuestras miradas se encuentran.
Traga saliva y se encoge de hombros.
—Vale, me rindo. Dímelo.
—Seguridad. Trabajo por mi cuenta: guardaespaldas, vigilancia de propiedades, a veces transporte de carga de alto riesgo.
—Suena intenso.
—Puede serlo —admito—. Pero paga bien, viajo a sitios interesantes y me da la libertad que necesito para servir al club.
—¿Libertad? —repite, enarcando una ceja.
—No me gusta estar atado. Ni a un horario, ni a un jefe, ni a alguien que me esté encima para que fiche a las nueve en punto. Me gusta hacer el trabajo, hacerlo bien y largarme cuando termino.
Asiente despacio.
—Suena solitario.
La miro a los ojos.
—A veces. Pero también significa que no decepciono a nadie.
Esas palabras quedan flotando en el aire, con más peso del que pretendía. Pero ella no se inmuta. No aparta la mirada.
Me estudia un buen rato y luego suelta la bomba.
—Nunca me has decepcionado.
Se me oprime el pecho mientras nos miramos fijamente, como si el momento contuviera la respiración.
Entonces se aclara la garganta y dice:
—Vale, basta de terapia. Ayúdame a terminar esta pared antes de que me deshaga del todo.
—Trato hecho —digo, agradecido y reacio a la vez—. ¿Pedimos pizza o asaltamos la cocina?
—Me temo que ninguna de las dos es opción a estas horas.
—Mierda.
Le doy un empujoncito con la cadera.
—Supongo que tendrás que compensármelo luego.
Me mira y su sonrisa se ensancha.
—Tienes pintura en la cara —dice, señalándome la mejilla.
Me la limpio.
—¿Mejor?
—Peor.
Se ríe, una risa suave y sincera.
—Ahora parece que te está saliendo una barba verde rarísima.
—Hablando de caras con pintura...
Agito la brocha hacia ella y le dejo una salpicadura verde en la mejilla.
Abre la boca con indignación exagerada.
—No me lo puedo creer.
—¿Hacer qué? —pregunto con cara de inocente, y lo hago otra vez.
Entrecierra los ojos, y veo el momento exacto en que decide que esto merece venganza. Moja la brocha con un brillo peligroso en la mirada.
—Ni se te ocurra —le advierto, dando un paso atrás.
—Claro que me atrevo.
Sacude la brocha y me salpica la camiseta de pintura.
Y así, sin más, estalla la guerra.
Me lanzo hacia la bandeja de pintura y ella chilla mientras se aparta y yo cargo la brocha. Nos perseguimos por el estrecho pasillo, entre risas y salpicaduras de pintura, como críos. La tensión de antes ha desaparecido, sustituida por una alegría juguetona que no veía en ella desde que éramos adolescentes.
—¡Te vas a arrepentir! —me advierte, blandiendo la brocha como si fuera un arma.
—Ya me arrepiento —me río mientras miro mis vaqueros salpicados.
Sale corriendo hacia la barra principal y la atrapo por la cintura. La hago girar mientras chilla de risa.
Su espalda choca contra la pared cuando la acorralo, nuestras caras a centímetros.
—¿Te rindes?
—Nunca —declara, pero su voz ha perdido el filo y se ha vuelto suave, entrecortada.
El tiempo parece ralentizarse. De pronto soy muy consciente de cada punto de contacto entre nosotros: mis manos en su cintura, sus palmas contra mi pecho, el calor de su cuerpo a través de la fina tela del mono. Sus ojos, muy abiertos y dorados bajo la luz tenue, bajan hasta mi boca.
Y algo dentro de mí se quiebra.
Cada momento desde que volvió a entrar en Devil's —cada mirada ardiente, cada palabra desafiante, cada vez que me pillé observando el vaivén de sus caderas o la curva de su sonrisa— me atraviesa como una bola de demolición. El control al que me he aferrado se hace añicos, y me muevo antes de poder pensarlo mejor.