LA FINCA
Una carretera de tierra y grava se perdía serpenteando hacia la nada.
Ningún indicador, ni señal, ni vallas que cerraran el paso.
Un bien muy preciado en la isla es la privacidad, pero no la privacidad que da un muro enorme de hormigón con alambre de espino electrificado en la cima.
La privacidad en Mallorca se consigue a golpe de hectáreas, ocultas por un paisaje agreste, una orografía irregular, explotaciones agrícolas de algarrobos y almendros, y pedregales llenos de corderos.
Así se esconden las villas de lujo, accesibles en todoterreno, o mejor aún en helicóptero, con todo el confort moderno y la intimidad que el dinero puede comprar .
Tras un par de curvas, el muro de piedra medio derruido que flanqueaba el camino, dio paso a otra pared más alta, de construcción sólida y con una gran verja de hierro forjado, donde un motero con chaleco de cuero les dejó pasar.
Y tras la puerta, el desatendido campo cambió: césped y árboles autóctonos se organizaban en grandes maceteros luciendo cuidadas podas y riego diario; al fondo, con el estilo que desde los años setenta se las da de arquitectura moderna, varios cubos y paralelepípedos blancos formaban un complejo de viviendas alrededor de una piscina sutilmente iluminada.
Al aparcar vieron a otro motero acercase con paso tranquilo.
La simple elegancia de la casa y del paraje natural que la rodeaba se veía enfatizada por multitud de brillantes neones, luces de discoteca y una gran moto que servía de centro de mesa. Chicas y chicos, muy jóvenes algunos, paseaban por el jardín con bandejas de copas y poca ropa.
Mirtylo contó cuatro subtipos de asistentes.
Las presas: de dos clases, las «experimentadas», entre las que reconoció algunas caras que había visto en el burdel de Alistair, y los «corzos jóvenes», poco más que adolescentes que danzaban descontrolados, soltando voces disonantes.
El tercer grupo eran los «depredadores»: gente importante que se distinguía por ser más mayor y exhibir una expresión de superioridad depravada de quien se siente dueño de los destinos humanos.
Por último, estaban los «moteros», que se encargaban de la seguridad y la violencia .
Y en medio de todo aquel movimiento, como un iceberg esperando su transatlántico, sobresalía Alistair luciendo sus mejores galas: camisa de seda púrpura bajo un chaleco de piel, mocasines de piel blancos, una bandana que escondía la siniestra calavera y, como complemento, un pomerania que con cara de zorro neurótico correteaba a sus pies.
Mirtylo se le acercó con la mejor de sus sonrisas:
—¡Alistair! —Le apretó la mano con familiaridad—. Fabuloso evento. Gente importante, casa elegante, qué zapatos tan espectaculares. Te he traído un pequeño detalle por haber llegado tan tarde.
—Qué escurridizo eres, buddy . Revisadle bien.
El mismo esbirro que les había traído se giró para cumplir las órdenes del jefe. Mirtylo se ofreció voluntarioso, le endosó la americana a Buzo y extendió los brazos para que le cachearan.
Una vez completada la minuciosa revisión, recogió la chaqueta de manos de Buzo y se la pasó al esbirro; en el mismo, y fluido, movimiento había sacado la granada del bolsillo, ocultándola tras su cinturón.
A continuación revisaron a Buzo, e inmediatamente descubrieron la pistola Llama Especial de la que no se había separado en toda la tarde.
Se la enseñaron a Ali, que con un asentimiento de cabeza se dio por enterado.
Mirtylo se alegró de que el inestable Buzo se quedara sin armas. Una cosa menos de la que preocuparse.
—Veo que vienes sin Bruto ni Hans, buddy , pero con una cara nueva. Cuéntame, ¿ya me has encontrado a Cordero? ¿O mi dinero?
—¿Cordero? —murmuró Buzo.
Como respuesta a su compañero, Mirtylo le palmeó la espalda, lo cual significa todo y nada a la vez. Acto seguido se dirigió al anfitrión extendiendo primero la mano y después la botella .
—La verdad, no sé dónde se han quedado tus amiguitos.
Pero si me permites la intromisión, creo que hacen muchas horas en sus dos trabajos y deberían dormir más.
Lo que sí te traigo es un vino del país: garnacha, buenísimo, aunque yo lo enfriará una pizca.
—Mirtylo lanzó la botella al guarda que los había cacheado.
Una joven semidesnuda, de sonrisa forzada y ojos apagados, les trajo una bandeja de plata plagada de pastillas azules romboidales, condones, pequeños botes de lubricante, sospechosos ositos de gominola y, para sorpresa de Mirtylo, caramelos mentolados. Ali le chistó para que se apartara.
—Mis respetos, don Alistair. Todo está pensado hasta el último detalle.
Incluso he visto alguna cara conocida, eso sí, a un nivel, o varios, superior del que yo me muevo.
¿Hay alguien famoso? —Mirtylo era de la opinión de que cuanto más hablara, más predispuesto estaría el motero a dar por bueno lo que tenía para ofrecerle—.
Una sociedad muy cerrada esta, dicen, aunque yo siempre me he encontrado con que los mallorquines son la mar de hospitalarios.
—Me divierte tu compañía, buddy . Pero tengo una noche ajetreada, muchos invitados que atender. Si te portas bien, puede que te deje unirte. Bueno, vayamos al negocio.
—Lo traigo todo. —Mirtylo decidió pasar al plan A—: Os presento.
Buzo, este es el presidente Alistair: motero, gánster, y empresario salido directo del infierno en una moto de gran cilindrada.
Alistair, este es Buzo: militar español, el mejor amigo del cuartel y del mundo de tu deudor Cordero.
Buzo fue el último en verlo en persona, y te trae cuarenta mil euros frescos para compensar los perjuicios que su ilustre regimiento te ha causado.
—¿No hemos venido a vender? —murmuró Buzo acercándose a Mirtylo—. Te he dicho que no tengo el dinero.
—Pensaba que era una exageración. ¿Dónde leñes te gastas eso en una tarde?
Peor para ti, saca la moneda de oro y despídete.
Ali, ligero ajuste a tu favor: ¿te acuerdas de esa moneda que ya te has afianzado?
Pues aquí Buzo tiene otra que está encantado de entregarte —improvisó Mirtylo mientras pivotaba al plan B.
—¿De las de cuarto de kilo? Eso suena fabuloso.
Buen trabajo, buddy . Te tendré de amigo después de todo.
Por cierto, ¿te he presentado a la presidenta de la consejería de asuntos sociales del Govern ?
Una señora que me tumba bebiendo, ¡y qué apetito…
! Ten cuidado, ¿eh? Aunque, bien pensado, no eres su tipo.
«Parece que esto marcha», pensó Mirtylo, «me quito a los dos de encima, me voy por fin a casa a tumbarme, y espero a que se me pase el efecto del modafinilo».
—¿Doscientos cincuenta? ¿No me decías veinte mil por moneda? —terció un anonadado Buzo.
—Tu compañero Cordero le debe a gente importante —le consoló Mirtylo—.
Empezando por Alistair aquí presente, y eso no es bueno para su salud si algún día decide aparecer.
Por lo que me has contado, le debes la vida, y no solo una vez, varias.
Te estoy dando la oportunidad de repagar la deuda kármica que tienes no solo con tu superior, sino con tu compañero y amigo.
Es más, deberías darme las gracias. Así que dale una moneda al caballero, toma una copa, echa un polvo y todos nos despedimos como amigos.
Yo me vuelvo a casa a dormir. ¿Entendido?
—Venga, army boy , ya he esperado suficiente.
—Me las iban a comprar, la Legión Extranjera y… ¿Qué pasa aquí? ¡¡Ahhh!! —Buzo empezó a aullar desde lo profundo de los pulmones.
—Dame la moneda, fucker .
—De nuevo, una fiesta fantástica, Ali, pero me retiro. Te dejo con lo tuyo.
—Quieto ahí, buddy. ¿Qué le pasa a este?
—¡Ahhh !
—¡Guau! —ladró el pomerania entusiasmado por el creciente frenesí.
—Ya estamos. Ahora empezarán las patadas —observó Mirtylo retirándose hacia la entrada de la finca.
— Boys, a él.
—Ahhh.
—¡¡Guau, guau!!
Dos moteros de paisano se lanzaron a por Buzo a la señal de su caudillo, mientras el diminuto perro rojizo le clavaba los dientes en la pernera del pantalón. La fiesta continuaba su curso de fondo sin hacer caso a las acciones del anfitrión.
Mirtylo empezaba ya a alejarse con paso ligero hacia el coche, cuando Buzo enganchó un puntapié en la rodilla de uno de los moteros, se zafó del otro y se lanzó a por el señor Pons con ojos locos y un grito congelado en la garganta.
Pero antes de conseguir reaccionar, Buzo le abrazó torpemente, pescó la granada que llevaba al cinto y tiró de la anilla.