PREPARATIVOS PARA UN GUATEQUE
—¡Oye, tienes buen aspecto! Vamos, coge las monedas y el dinero .
Mirtylo se encontró con Buzo en el apartamento de alquiler donde lo había dejado. El soldado se había cortado el pelo e iba afeitado. A juzgar por algunos mechones sueltos, se había rapado él mismo; sus ojos, con tendencia a mirar al infinito, destacaban más bajo aquel aspecto civilizado.
—¿No íbamos a vender? ¿Para qué mi dinero? No lo tengo todo —Buzo volvió a su habitual desconcierto.
—¿Qué os enseñan en el ejército sobre finanzas? Da igual, coge lo que tengas. No sé si vamos a volver por aquí, y mañana a primera hora te voy a enviar a Francia.
—¿Quién cojones nos va a comprar monedas de noche?
—¿No has escuchado eso de que el dinero nunca duerme? Venga, date prisa. Nos han invitado a una fiesta de postín y es ahí donde se hacen los negocios. No te habrás comprado también una camisa o algo elegante, ¿verdad? Pensándolo mejor, qué más da. La pinta de nuevo rico te pega.
—Eres un raro.
En silencio se dirigieron al interior de la isla por la carretera de Valldemossa, y antes de empezar a subir la sierra, Mirtylo estacionó el BMW en una pizzería de carretera, cuya propuesta de valor para atraer a los clientes era un gran aparcamiento, precios populares y un supuesto cocinero napolitano.
—¿Es aquí la fiesta? —se extrañó Buzo.
—No, es que me ha entrado hambre. No te muevas y deja de manosear las monedas así, que las gastas. —Y salió del coche.
En una mesa esquinera en penumbra había un barrigón de piel rosada y ojos oscuros que asomaban tras unas gafas ahumadas con montura dorada.
Iba vestido con un polo negro apretado de Hugo Boss, unos bermudas lleno de bolsillos y sandalias de cuero.
El barrigón era Vasili, oriundo de Kirguistán cuando aún era parte del imperio soviético.
Otro de esos robinsones que las mareas de la globalización habían arrojado a las costas mallorquinas.
Mirtylo lo conocía a través de su flamante cuarta esposa.
—¡Ah, Mirtylo! Katya decir, no visto en yoga esta semana. ¿Ocupado en algo interesante? ¿Lucrativo? ¿Cuándo me vendes bonito coche tuyo?
—Una semana complicada, Vasili. Oye, ¿conoces a un tal Alistair? Un motero de por aquí, de la isla. Grande, toda la cabeza tatuada…
—Sí, tema de chicas, en Arenal. Buena partida de cartas, aunque prefiero la de armenios. Dicen tiene mano en policía y política. Haz caso a Vasili, no meter política. Política mejor manera de perder cabeza.
—Vale. Recuérdame que la próxima vez te consulte antes de hacer negocios. Es que ese tipo me ha empezado a prestar atención. ¿Crees que tengo que cortar el problema de raíz o que puedo negociar?
—Es americano, gente práctica, todo resolver dinero, nada de honor. Dinero problema pequeño. ¿Quieres te preste? —A Vasili le brillaron los ojos.
—Necesito algo contundente y a la vez discreto —resolvió Mirtylo, ignorando el ofrecimiento de cambiar de acreedor.
—¡Bah, prejuicios! ¿Por qué piensas yo, humilde honrado hostelero?
—Un humilde y honrado lo que sea no tiene una mujer tan guapa, Vasili, ni un yate de veinte metros en la bahía de Palma, ni emplea a camareros de aspecto militar y con dedos índices callosos.
¿Quieres que siga? Deja el teatro y sácame algo que garantice que mi opinión sea escuchada.
Una pistola no me vale, que no soy vaquero.
—Tengo opción perfecta. Granada F1, limonka .
Doscientos metros de lanzamiento de, cómo dice, ¡metralla!
Vuela velocidad, setecientos treinta metros por segundo, según características técnicas.
Hace que respeten hombre. Si cosas bien, enseñar y ganar respeto.
Si cosas mal, suelta, problemas desaparecen. Barata para ti.
—Vendida. Dame dos. Pero de las que funcionen.
Como respuesta, Vasili sonrió con un brillo metálico, efecto de la funda de oro que cubría uno de sus incisivos, mientras hacia una señal a un atlético camarero de pelo negro.
El joven se les acercó y Vasili le susurró al oído.
Al poco volvió y dejó un contenedor de un solo uso de poliestireno en la silla contigua a Mirtylo; dentro había dos objetos pintados de un desagradable color verde pantano, del tamaño de un limón y con la misma forma.
Mirtylo sacó uno y lo observó: en la carcasa de la granada había unos relieves, marcas de fábrica, triángulos, números… también una inscripción en cirílico.
—Pero Vasili, aquí pone maqueta .
—Es truco contrabandista. Hace transporte fácil. Si fallo, devuelvo dinero. ¿Quieres beber un trago? Tengo buen bourbon.
—No tengo tiempo, me esperan.
—Veo nervioso. ¿Sabes?, doy gratis F1. Que no digan que Vasili Iosivich tiene mal, cómo dicen aquí, género. Pero ven a comer, y trae gente, que funciona boca a boca. Próxima vez que ver te regalo revolver Nagant de mi colección.
Mirtylo volvió a su BMW, ignoró las confusas protestas de Buzo y siguieron ascendiendo hacia Valldemossa, rodeados de muros de piedra, campos y pinares.
En un tramo desierto de la carretera, el señor Pons se detuvo y pidió a Buzo que abriese la ventanilla, para lanzar ladera abajo algo parecido a una piedra.
—¿Qué cojones haces?
—Un-Mississippi, dos-Mississippis, tres-Mississippis, cuatro-explosión. Funciona como debe. Servirá. —Mirtylo arrancó alejándose del estruendo causado, mientras hablaba entre dientes consigo mismo—: No te fíes de un arma que no has probado. Es más, no te fíes de nadie y punto.
—¿Y de ti? —Buzo pensó que le hablaba a él.
—Oh, sí, de mí fíate sin problema.
El BMW se internó en las profundidades de la isla de Mallorca dejando a su espalda un rebaño de cabras salvajes muy confuso y sobresaltado, pero ileso.