Capítulo 9
Clara dio un respingo ante el suave golpe en la puerta de entrada esa noche, aunque sabía que era Ford.
Otro de los hombres, Gray, la había seguido hasta casa y estaba esperando en el aparcamiento hasta que Ford llegara.
Él había pasado por su casa a preparar una bolsa con sus cosas, y luego simplemente...
se quedaría allí durante el fin de semana.
La vigilaría. Tragó saliva con nerviosismo, cruzó el apartamento y miró a su hija.
—Este es el hombre que va a quedarse con nosotras, cariño.
—Y trabaja contigo, así que no es malo —intervino Eloise.
—Exacto. Si no, nunca abrimos la puerta a desconocidos.
De repente, Clara se sintió desaliñada, lo cual era ridículo. Se había puesto unos pantalones de chándal suaves y cómodos y una sudadera. No necesitaba llevar ropa de trabajo en su apartamento solo porque Ford fuera a estar allí un par de días. Con suerte, solo un par de días.
—Hola —dijo al abrir la puerta. Se le cortó la respiración.
Cada vez que Ford estaba cerca, se le erizaba la piel, todos sus sentidos en alerta.
La mirada de él la recorrió, y a ella se le entreabrieron los labios.
¿Lo sentía él también? ¿Esa electricidad, fuera lo que fuera, que siempre saltaba entre ellos?
—Gray acaba de irse —dijo antes de entrar—. Tengo una cámara en mi camioneta apuntando a la entrada de tu edificio. No es infalible, porque la batería podría agotarse, pero me ayudará a vigilar desde aquí por si acaso.
—De acuerdo —dijo ella en voz baja.
—¿Cómo estás? —preguntó él con voz seria.
—Estoy bastante asustada. Lo del neumático ya fue aterrador de por sí, pero ahora saber que alguien ha estado rondando por aquí... No me gusta nada.
Él frunció el ceño.
—Los chicos y yo estábamos vigilando tu edificio. Te habríamos protegido.
—Podría haber sido ella.
Él apretó la mandíbula y asintió.
—Simplemente no lo sabemos. Quienquiera que estuviera allí pudo vernos vigilando tu edificio y marcharse. No han vuelto a intentar nada desde lo del neumático. Puedo llevarte a casa de Jett si prefieres quedarte allí.
Clara se mordió el labio, preocupada.
—¿Crees que es necesario?
Ford negó con la cabeza.
—En absoluto. Te lo dije antes: te protegeré, Clara. No tienes que preocuparte cuando estés conmigo.
—De acuerdo. Te creo.
Él le sostuvo la mirada un momento y luego miró por encima de su cabeza, donde vio a Eloise dentro.
—Esta vez está despierta —dijo con una sonrisa irónica—. No se me dan muy bien los niños.
—Estarás bien —dijo ella, haciéndole un gesto para que entrara.
Le puso la mano en el antebrazo mientras lo guiaba hacia dentro, y Ford se tensó.
La sorprendió la dureza de aquel músculo y la electricidad que la recorrió ante el roce inocente.
Retrocedió, desconcertada—. Lo siento. Es un apartamento de dos dormitorios y dos baños.
Si quieres, puedo dormir yo en el sofá para que uses la cama.
—Ni hablar —dijo él mientras ella cerraba la puerta—. Es más seguro si estoy cerca de la puerta, y de todos modos, no voy a echar a una mujer de su propia cama.
Se sonrojó y notó cómo le ardía el cuerpo.
La idea de Ford durmiendo en su cama le provocó un revoloteo extraño en el estómago.
No había estado con un hombre en más de un año, y su ex no era nada del otro mundo.
No es que fuera a llevarse a este hombre a la cama.
Sin embargo, la química entre ellos parecía más fuerte que nunca.
¿Cómo iba a sobrevivir todo el fin de semana con él en su apartamento?
Incluso allí de pie, sin más, era demasiado consciente de su presencia.
Clara se pasó las manos nerviosamente por los pantalones de chándal y oyó un suave golpe cuando Ford dejó la bolsa de lona en el suelo.
—¿Estás segura de que no te importa? —preguntó él, percibiendo su inquietud—. Puedo dormir en la camioneta esta noche si lo prefieres.
Ella buscó su mirada preocupada.
—No seas tonto. Nos estás haciendo un favor quedándote aquí. Todo irá bien. Eloise —dijo, y se giró hacia su hija—, quiero que conozcas a alguien.
Él se había quedado cerca de la entrada mientras ella se daba la vuelta, y la mirada de Ford volvió a subir hasta encontrar la suya.
¿Le había estado mirando el trasero? Le entraron ganas de reírse.
Ford actuaba como si nada lo afectara, pero era divertido imaginar que la había estado observando tan de cerca.
Una pequeña parte de ella se sintió halagada de que no fuera del todo indiferente a estar allí.
—Esta es Eloise —dijo—. Eloise, este es mi amigo Ford.
Ford sonrió.
—Hola. Supongo que tu mamá te ha dicho que me voy a quedar aquí unos días, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué no tienes tu propia casa? —preguntó su hija—. ¿Tienes que mudarte como nosotras? ¿Estás de vacaciones? Ay, ¿te gustan las Barbies? Te enseño mi casa de Barbie si quieres.
A Ford se le curvaron los labios y se puso de rodillas mientras se acercaban, para quedar a la altura de Eloise.
—Sí tengo una casa, y no, no me estoy mudando. A lo mejor puedes verla algún día. Aunque no tengo ninguna Barbie.
—¿Tienes hijos? —preguntó ella esperanzada.
—No.
—Ay, vaya.
Él se rio entre dientes.
—Pero me gustaría ver tus Barbies más tarde.
Clara sonrió mientras Eloise corría a jugar. No le pasó desapercibido el brillo de diversión en los ojos de Ford mientras él se ponía de pie.
—Lo siento —dijo Clara—. Siempre está llena de preguntas.
—No te disculpes —dijo él—. Me alegra que se sienta cómoda conmigo aquí.
Lo observó un momento y se dio cuenta de que era cierto.
Los niños siempre tenían buen instinto con las personas.
Antes había pensado que no conocía bien a Ford a pesar de trabajar en el mismo edificio que él durante meses.
Pero no, eso no era cierto en absoluto. Sabía que era entregado y leal.
Persistente cuando había que hacer algo.
Y tan malditamente atento con ella que la hacía sentirse segura de una manera que no sabía explicar.
—¿Te va bien el coche con los neumáticos nuevos? —preguntó—. No tuve ocasión de preguntártelo antes en el trabajo.
—Sí, va de maravilla. Y ahora arranca mejor también. ¿Le hicieron algo más?
Ford se encogió de hombros.
—Puede que sí, pero no te preocupes. Le dije a mi colega que arreglara lo que hiciera falta.
Ella abrió la boca para decir algo cuando el horno pitó desde la cocina.
—Ah, ya está caliente. Le prometí a Eloise que haríamos pizza casera esta noche. Espero que no te importe. Apenas ha comido esta semana con lo enferma que ha estado, y es su comida favorita.
—Genial, me encanta la pizza —dijo él.
Diez minutos después, se quedó de piedra al ver a Ford allí estirando la masa de pizza con su hija. Había pensado que le darían de cenar, ya que estaba allí para vigilarla, pero ¿que ayudara a preparar la comida? Eso no se lo esperaba.
Ford se había movido por su cocina con soltura, con una mano grande en la parte baja de su espalda mientras alcanzaba un plato del estante de arriba, rozándose sus cuerpos sin querer mientras trabajaban.
Cada vez que se tocaban, ella sentía una descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo.
Él también se había dado cuenta; a esos ojos oscuros no se les escapaba nada.
Ahora tenía las manos cubiertas de harina, igual que Eloise, y le sorprendió ver cómo su hija había congeniado con él. Siendo un tipo que había sido bastante distante desde que se conocieron, esta semana había descubierto una faceta completamente distinta de él.
—Mami, no creo que lo esté haciendo bien —dijo Eloise, con cara de preocupación.
Clara intentó no reírse al ver a Ford fingiendo que no sabía qué hacer.
—¿Seguro que se hace así? —preguntó Ford—. Parece que estamos preparando masa de galletas.
—¡No es masa de galletas, es masa de pizza! —chilló Eloise muerta de risa.
Clara, negando con la cabeza, ayudó a Eloise a quitarse la harina de las manos unos minutos después. Su hija fue a la nevera a por el queso mozzarella, y a Clara se le cortó la respiración cuando Ford se colocó detrás de ella junto al fregadero.
—¿Tú también necesitas lavarte las manos? —preguntó ella con tono desenfadado.
Se sentía atrapada, con las manos todavía en el agua y el cuerpo musculoso de Ford a su espalda.
—Las damas primero —dijo él con voz ronca.
A ella se le subieron los colores, aunque no creía que él lo hubiera dicho con doble sentido.
Que a ella se le hubiera ido la mente al verde no significaba que a Ford también.
Terminó de lavarse las manos y retrocedió, chocando sin querer contra su pecho firme.
Se le puso la piel de gallina y Ford carraspeó.
—Hueles a vainilla —murmuró él.
Ella lo miró sorprendida. Sus miradas se cruzaron un instante, y entonces Eloise volvió corriendo, rompiendo el hechizo entre ellos. Clara se apartó rápidamente y terminaron de preparar las pizzas, mientras ella notaba la mirada de Ford clavada en ella todo el rato.
Programó el temporizador del horno para diez minutos mientras su hija salía corriendo a jugar.
Las pizzas estaban en el horno y ahora solo le quedaba recoger, fingiendo que Ford no estaba allí plantado en su cocina, más guapo de lo que debería estar permitido.
Clara llevó los cuencos sucios al fregadero y se le fueron de las manos, casi tirándolo todo mientras los platos entrechocaban.
Ford se acercó mientras ella los dejaba con un suspiro entrecortado.
—Estás nerviosa —dijo él en voz baja.
Ella dudó un momento y se volvió para mirarlo.
—Pues sí.
—No estés nerviosa conmigo —dijo él, esbozando una media sonrisa—. Nos conocemos desde hace meses, ¿no?
Se le cortó la respiración al mirarlo. Normalmente era tan brusco y serio con sus compañeros de equipo que casi no sabía qué pensar del hombre tan distinto que era cuando estaba con ella.
—No puedo evitarlo —dijo ella encogiéndose de hombros—. Tú eres tú y yo soy... yo.
Él curvó los labios.
—¿Y eso qué significa?
—Pues eso, lo que parece. Soy torpe y se me cae todo cuando estás cerca, tengo un montón de problemas raros con los que lidiar, y vosotros os dedicáis a proteger a la gente y salvar el mundo.
—No el mundo entero —bromeó él, acercándose otro paso—. Y ahora mismo solo estoy aquí contigo.
—Ford —susurró ella.
—Conmigo no tienes que preocuparte de nada, cariño.
Se le encendieron las mejillas mientras retrocedía hasta quedar con la espalda contra la encimera y los labios entreabiertos. No le pasó desapercibido el calor en aquellos ojos marrones mientras la miraba.
Sentía que se iba a derretir allí mismo, en la cocina. La atención de Ford era halagadora. Desconcertante. Y estaba tan condenadamente cerca.
—Jett te dijo que te quedaras aquí conmigo.
—No estaría aquí si no quisiera, Clara. Antes pensaba que quizá éramos demasiado diferentes y que debía mantenerme alejado de ti —dijo él en voz baja.
—¿Y ahora?
—Cuando me miras así, no creo que pueda seguir resistiéndome.
El aire estaba cargado entre ellos, y él esperaba, siempre tan condenadamente paciente con ella. A Clara se le cortó la respiración.
—No te resistas —suplicó.
Las manos de Ford se posaron a ambos lados de sus caderas, acorralándola. El calor de su cuerpo la envolvía y su aroma masculino y amaderado resultaba embriagador.
—No estés nerviosa —dijo él, inclinándose hacia ella.
Sus labios encontraron el hueco de su cuello y ella jadeó.
—Tengo miedo de que me hagan daño.
Otro beso suave en su piel sensible. Otro gemido escapó de sus labios. Dios. Su hija podría entrar en cualquier momento, pero no era capaz de pedirle a Ford que parara, no cuando sus caricias le sentaban tan bien.
—¿Y si te prometo no hacerte daño? —preguntó él con voz ronca, la barba incipiente rozándole el cuello.
La besó de nuevo, sonriendo cuando ella echó la cabeza hacia atrás para facilitarle el acceso.
—Es mucho prometer —dijo ella sin aliento.
Las manos de Ford se movieron a su cabeza, sujetándola mientras sus alientos se mezclaban.
—Soy un hombre de palabra, cariño. Nunca falto a mis promesas.
Y entonces sus labios se posaron sobre los de ella.
Suaves. Hambrientos. Una mano le sujetaba la nuca, pero la otra se deslizó hasta su cuello, acariciándole la garganta con el pulgar.
Se sentía consumida por él, como si fuera a arder en llamas con un solo beso.
El corazón le latía desbocado mientras se aferraba a su camisa, notando los músculos duros bajo la tela.
Él la besó de nuevo, más profundamente, y ambos dieron un respingo cuando el temporizador del horno empezó a sonar.
—Sacaré la pizza —dijo mientras retrocedía, con Clara aún aferrada a él.
—Vale —dijo ella con voz temblorosa.
—¡Mami, la cena está lista! —gritó Eloise. Oyeron pasos: venía corriendo.
Ford se agachó y le dio un beso rápido en la frente. —Ese aroma a vainilla me está matando, cariño.