CAPÍTULO 12 La Ruta de la Bruma
Entre las seis de la tarde y la medianoche, la mansión funcionó como un mecanismo de relojería al que se le ha soltado una pieza.
Clara permaneció oculta en el vestíbulo de servicio del ala oeste, agazapada entre los baúles de mimbre en desuso y las mantas acumuladas para el invierno.
Su cuerpo, acostumbrado a la comodidad sobria pero limpia de su pequeño dormitorio, sufría la humedad inclemente que subía del suelo de piedra.
Tenía los pies helados y la falda azul rígida por el barro seco, pero la mente le funcionaba con una precisión quirúrgica.
A las ocho, la Sra. Danvers subió con una bandeja para Evelyn.
Clara escuchó el sonido metálico de las llaves, el chasquido del cerrojo de hierro al girar y el breve intercambio de palabras: la voz monótona de la ama de llaves ordenándole a la "señora" que consumiera la sopa de avena y el vaso de agua con la dosis de tónico prescrita, seguido del silencio absoluto de Evelyn.
Clara no se movió. Contuvo la respiración hasta que las pisadas pesadas de la Sra. Danvers se perdieron al fondo del pasillo principal.
A las diez, las luces del piso bajo se apagaron una a una.
Lord Blackwood se retiró a sus aposentos del ala este tras atrancar la puerta principal.
El murmullo de los sirvientes en las buhardillas fue cediendo hasta que la casa quedó sumida en un silencio denso, atravesado únicamente por el crujido periódico de las vigas de roble y el látigo del viento costero contra las vidrieras.
A las once y media, Clara salió de su escondite.
Se despojó del chal de lana para tener mayor libertad de movimientos. Sosteniendo entre los dedos el fragmento de tiza amarillo ocre que Evelyn le había pasado por debajo de la puerta, se arrodilló sobre el parquet de la galería.
Recordando las lecciones de geometría de su padre y la estructura del plano que había grabado en su memoria, comenzó a trazar marcas en el suelo.
No eran signos aleatorios: eran pequeñas flechas y puntos ocultos entre las sombras del diseño del suelo, indicando las losas que crujían al pisar y aquellas que permanecían firmes y silenciosas.
El polvo amarillo se adhería a la madera gastada, brillando levemente bajo la penumbra como un rastro de fósforo.
Llegó a la puerta del dormitorio de Evelyn.
—Evelyn —susurró, pegando la mejilla a la hoja de roble.
—Estoy lista —respondió la voz al otro lado, inmediata y despierta. Evelyn no había dormido; había pasado las últimas tres horas desatando las cuerdas de su baúl de pintura y reuniendo sus frascos más valiosos en un morral de tela basta.
—El cerrojo exterior es de pletina simple —dijo Clara, sacando del bolsillo del abrigo una pequeña palanca de hierro que había tomado de las herramientas de la caldera del invernadero—. Si presionamos la bisagra superior mientras apalanco la pletina, el pestillo cederá sin golpear la madera.
—Hazlo —pidió Evelyn.
Clara introdujo el hierro entre el marco y la pletina.
Sintió la resistencia del metal viejo. Apretó los dientes, haciendo palanca con todo el peso de su cuerpo, ignorando el dolor punzante en la palma de su mano herida.
El metal cedió con un chasquido ahogado, seco, como la fractura de una rama seca.
La pletina saltó. El cerrojo quedó liberado.
Clara giró el pomo de bronce. La puerta del dormitorio se abrió despacio.
Evelyn estaba de pie en el centro de la estancia.
Llevaba un vestido sencillo de lana oscura, unas botas de cuero de montar que no usaba desde hacía años y una capa con capuchón sobre los hombros.
En la mano sostenía su morral de lienzo y una pequeña caja de madera donde guardaba sus tizas y sus pigmentos puros.
Al ver a Clara —despeinada, manchada de barro, con las manos sucias y los ojos encendidos por una determinación feroz—, Evelyn dejó caer el morral al suelo.
No hubo vacilación. Evelyn dio dos pasos rápidos y envolvió el cuello de Clara con ambos brazos, pegando su cuerpo al de la institutriz con una fuerza desesperada.
El impacto del abrazo hizo retroceder a Clara medio paso. Olía a lavanda, a trementina y al calor febril de su piel. Clara rodeó la cintura de Evelyn con sus brazos, hundiendo el rostro en la curva de su cuello, sintiendo el latido desbocado de su pulso contra la mejilla.
—Estás aquí... estás aquí de verdad —murmuró Evelyn contra el cabello de Clara, apretándola con tal intensidad que a la joven le faltó el aire.
—Le dije que no la dejaría sola —respondió Clara en un hilo de voz, ahogando un sollozo seco que amenazaba con romper su compostura.
Evelyn tomó el rostro de Clara entre sus manos manchadas de pigmento.
Sus dedos, cálidos y temblorosos, recorrieron la mandíbula de la institutriz, la línea de sus pómulos y se detuvieron en la comisura de sus labios.
Se miraron a los ojos durante un segundo en el que el tiempo en Blackwood Manor dejó de existir.
—Vémonos de esta casa, Clara —susurró Evelyn, inclinándose hasta que sus frentes se tocaron—. Antes de que nos vuelva de piedra a las dos.
Avanzaron por el pasillo del ala oeste siguiendo las marcas de tiza amarilla que Clara había dibujado en el suelo. Pisotearon las losas firmes, esquivando los puntos de crujido con una sincronía perfecta, como dos sombras que comparten un mismo cuerpo.
Llegaron a la galería acristalada. El aire aquí era más frío, saturado de la salmuera que traía el viento del canal.
Descendieron por la pequeña escalera de servicio hacia el sotabanco del invernadero. El suelo de piedra estaba resbaladizo por el agua de la tormenta de la noche anterior, pero Clara sostuvo la mano de Evelyn en todo momento, guiándola con una firmeza que no admitía tropezón.
Llegaron a la abertura de la reja de hierro forjado que daba al canal de desagüe.
—Es por aquí —dijo Clara, señalando la garganta oscura de piedra.
Evelyn miró la boca del túnel. El olor a cieno y agua estancada subía desde la penumbra. Por un instante, una sombra de dudar o de pavor claustrofóbico cruzó sus ojos grises.
Clara se inclinó, tomó la mano de Evelyn y se llevó los dedos de la artista a los labios, besando los nudillos manchados de pigmento con un gesto lleno de una ternura tan absoluta que Evelyn pareció recobrar el aire de golpe.
—Yo iré delante —dijo Clara—. Si el túnel se estrecha, sostenga mis pies. No la soltaré.
Evelyn asintió, apretándole la mano con fuerza.
—Ve.
Clara se introdujo de nuevo en el pasadizo de piedra, arrastrándose sobre el barro frío. Evelyn la siguió sin dudarlo, deslizándose tras ella con la caja de madera de sus tizas atada al pecho.
El túnel las acogió en una oscuridad líquida. El sonido de sus respiraciones entrecortadas y el roce de sus ropas contra la piedra húmeda se mezclaban con el eco distante del mar que las aguardaba al final de la garganta.
A mitad del recorrido, cuando la opresión de la piedra parecía más insoportable, Evelyn extendió la mano a ciegas en la penumbra hasta encontrar el tobillo de Clara.
—Clara... —susurró desde atrás.
—Estoy aquí, Evelyn. Siga avanzando. Ya huelo la sal.
El aire, en efecto, se estaba volviendo más fresco. Una corriente de viento marino comenzó a recorrer el canal, trayendo consigo el rumor creciente de las olas rompiendo contra los guijarros de la cala.
Cinco minutos después, el arco de piedra del canal se abrió ante ellas.
Emergieron a la luz espectral de la luna, que se filtraba entre los jirones de niebla sobre la Caleta de las Ortigas . El mar estaba en pleamar, pero la franja de guijarros negros aún ofrecía un paso estrecho hacia el camino del acantilado sur.
Evelyn salió del túnel, cayendo de rodillas sobre los cantos rodados. Se echó la capucha hacia atrás y levantó el rostro hacia el cielo nocturno. El viento le azotó la cara, despeinándole el cabello y bañándola en salitre.
Dejó escapar una respiración profunda, tremenda, como la de alguien que acaba de salir a la superficie tras años de naufragio.
—El aire... —musitó, mirando las olas con los ojos desorbitados por la libertad—. Huele a nada que él pueda comprar.
Clara se arrodilló a su lado sobre los guijarros. Le tomó la mano, entrelazando sus dedos embarrados.
—El camino bordea la costa hasta el puerto de Penzance —dijo Clara, señalando el sendero que serpenteaba hacia el sur por la falda de las rocas—. A las seis de la mañana sale un vapor mercante hacia las islas Scilly. Desde allí podremos tomar pasaje para Francia.
Evelyn se giró hacia ella. Bajo la luz de la luna, su rostro pálido, manchado de tierra y tiza, era de una belleza arrebatadora.
Se acercó a Clara, tomó su cuello con ambas manos y, esta vez, sin vacilación, sin miedo a las sombras de la casona ni a las sentencias de los médicos, pegó sus labios a los de la institutriz.
Fue un beso hambriento, desesperado y dulce, que sabía a sal, a lluvia y a la cera de la tiza.
Clara cerró los ojos y se entregó al contacto, rodeando los hombros de Evelyn con sus brazos, sintiendo que en medio de la noche helada de Cornwall, entre las rocas y el mar, habían encontrado el único lugar del mundo donde no necesitaban esconderse.
Cuando se separaron, con los alientos entrecortados, Evelyn sonrió. Sacó de su bolsillo la pequeña barra de tiza amarilla y la arrojó con fuerza hacia las olas que rompió en la orilla.
La tiza blanca y amarilla flotó un segundo sobre la espuma antes de disolverse por completo en la inmensidad del océano.
—Ya no hay marcas que seguir, Clara —dijo Evelyn, poniéndose en pie y ofreciéndole la mano a la joven—. Ahora tenemos que pintar el resto del camino.
CAPÍTULO 12: La Ruta de la Bruma
El sendero de los contrabandistas serpenteaba pegado al acantilado como una cicatriz de tierra negra entre el brezo.
A la izquierda, el abismo caía a plomo hacia las rocas donde las olas se estrellaban con la violencia sorda de un cañonazo; a la derecha, el matorral impenetrable los aislaba de la meseta superior.