Flores de tiza CAPÍTULO 11 La Arquitectura de la Penumbra #2
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CAPÍTULO 11 La Arquitectura de la Penumbra #2

Avanzaron durante dos horas en un silencio casi absoluto, unidas únicamente por la presión constante de sus manos entrelazadas.

Clara marcaba el paso, pisando con cautela sobre la gravilla suelta.

Sus piernas, desacostumbradas al esfuerzo de una marcha nocturna por terreno escarpado, protestaban con un dolor punzante en los gemelos, pero el miedo a ser alcanzadas funcionaba como un motor implacable.

Cada vez que el viento de la costa traía un sonido extraño —el graznido de un cormorán o el crujido de una rama seca—, el pulso de Evelyn en la palma de Clara se aceleraba, tenso como una cuerda de violín a punto de romper.

Hacia las cuatro de la madrugada, cuando las piernas de Evelyn empezaron a flaquear y sus pasos se volvieron irregulares, la línea del horizonte comenzó a teñirse de un azul violeta y frío.

La niebla del canal empezó a rasgarse en jirones fijos, revelando a lo lejos las luces amarillentas y vacilantes del pequeño puerto de pescadores de Penzance .

Se detuvieron al abrigo de un antiguo cobertizo de granito abandonado por los mineros del estaño.

Evelyn se dejó caer contra la pared de piedra, ahogando un gemido de agotamiento.

Tenía el rostro cubierto por una pátina de sudor frío y sal, y el bajo de su vestido de lana estaba destrozado por las aliagas.

Sin embargo, en sus ojos no había rastro del mutismo febril de Blackwood Manor .

Había una lucidez acerada, una llama viva que se alimentaba directamente del aire libre.

Clara se arrodilló frente a ella. Sacó de su abrigo el pequeño frasco de vidrio con agua que había recogido en el canal de desagüe y se lo ofreció.

Evelyn bebió varios tragos largos, dejando que el agua le resbalara por la barbilla y la garganta. Luego, con la mano temblorosa por el cansancio, tomó el pañuelo que Clara llevaba al cuello y limpió una mancha de barro de la mejilla de la institutriz.

—Mírese, señorita Vance —murmuró Evelyn, y su voz, aunque rasposa por el frío, traía una calidez que hizo vibrar el pecho de Clara—. Si las damas de la sociedad de lectura de Truro la vieran ahora, llamarían a la policía de inmediato.

Clara miró sus propias faldas: desgarradas, cubiertas de lodo seco, las uñas rotas y los guantes perdidos en algún punto del acantilado.

—Las damas de Truro no saben lo que es caminar sin corsé, Evelyn —respondió Clara, esbozando una sonrisa pequeña pero genuina.

Evelyn la miró fijamente. Se inclinó hacia adelante y apoyó la frente en el hombro de Clara, dejando escapar una respiración larga y profunda que le sacudió la espalda.

—En Penzance buscarán en la estación de trenes —dijo Evelyn, pegando los labios a la tela del abrigo de Clara—. Julian enviará a Thomas y a los alguaciles del condado en cuanto descubran la puerta forzada. Sabrán que no tomaste el tren a Londres.

—No nos buscarán en los muelles de carga —dijo Clara, acariciándole el cabello castaño y húmedo con la yema de los dedos—.

Lord Blackwood asume que una institutriz y una dama de alcurnia solo saben viajar en primera clase o pedir refugio en un vicariato.

No concibe que podamos mezclarnos con los marineros del carbón.

—Él no concibe nada que no esté anotado en un libro de contabilidad —susurró Evelyn, levantando la vista.

Los ojos grises de la artista se encontraron con los de Clara. En la penumbra del cobertizo, la tensión física entre ambas volvió a manifestarse con la fuerza de una corriente eléctrica. Evelyn extendió la mano y atrapó la nuca de Clara, atrayéndola hacia sí con una lentitud deliberada.

El beso esta vez no tuvo la desesperación de la cala.

Fue un contacto suave, pausado, donde las comisuras de sus labios se exploraron con la devoción de quien aprende una lengua nueva.

Clara sintió el calor de la boca de Evelyn, la textura delicada de su piel y la vibración de un suspiro que ambas compartieron en el aire helado del amanecer.

—Si nos atrapan... —articuló Clara contra la piel de la mejilla de Evelyn, sintiendo que el corazón le daba un vuelco ante la sola posibilidad de volver a ser separadas.

—No nos atraparán —la interrumpió Evelyn con una firmeza absoluta, sellando sus palabras con una presión firme de sus dedos en la espalda de la joven—. Antes de volver a esa jaula de yeso, me arrojaré al mar. Y sé que tú no me dejarías caer sola.

Llegaron a los muelles de Penzance cuando las primeras luces del alba pintaban el agua del puerto de un color plomo sucio.

El olor a pescado frito, alquitrán fresco, humo de carbón y marea baja envolvía el ambiente. Los estibadores, envueltos en abrigos de lona basta, movían barriles sobre los adoquines húmedos.

Clara guio a Evelyn hacia los muelles traseros, donde un viejo vapor de casco de hierro, el Sainte-Marie , echaba una gruesa columna de humo negro por su chimenea. Traía pabellón francés y cargaba estaño y lana hacia la costa de Bretaña.

El capitán del vapor, un hombre bretón de barba espesa y piel curtida por el sol y la sal, las observó desde la pasarela con ojos empequeñecidos por la sospecha.

—No llevamos pasajeros, mademoiselle —dijo en un inglés cerrado y áspero cuando Clara se acercó a la escala.

Clara no vaciló. Sacó de su bolsillo el único objeto de valor que le quedaba: el reloj de bolsillo de plata con leontina de oro que había pertenecido a su padre, junto con la pequeña caja de madera de palisandro donde Evelyn guardaba sus herramientas de grabado más finas.

—Necesitamos pasaje hacia Roscoff —dijo Clara, hablando en un francés pulcro y fluido que hizo que el capitán arqueara las cejas con sorpresa—. No pedimos camarote. Nos acomodaremos entre la carga. Y estos objetos cubren de sobra el pasaje de ambas.

El capitán tomó el reloj de plata. Lo abrió con un chasquido del pulgar, examinó el mecanismo de escape y luego miró a las dos mujeres: una con aire de firmeza aristocrática oculta bajo la mugre del camino, y la otra con las manos manchadas de tiza y la mirada fiera de un animal escuadreado que acaba de romper la cadena.

El hombre escupió a la mar por encima de la borda y guardó el reloj en el bolsillo de su chaleco.

—La marea cambia en diez minutos —dijo el francés, haciéndose a un lado en la pasarela—. Suban al compartimento de estribor. Y manténganse fuera de la vista de la aduana hasta que crucemos las doce millas.

Evelyn miró a Clara. Un destello de triunfo salvaje cruzó su rostro.

Tomó la mano de la institutriz y, juntas, pisaron la madera de la pasarela de desembarco.

Cuando el Sainte-Marie soltó amarras y la sirena de vapor resonó en la niebla del puerto, la silueta lejana de la costa de Cornwall empezó a disolverse en la bruma de la mañana, llevándose consigo Blackwood Manor , las marcas en la puerta y el fantasma del silencio que las había mantenido cautivas.