Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 56 Masika
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56 Masika

M asika Sallow, la directora de la Academia Blackwood, se encontraba en lo alto de Bonestrod, contemplando el panorama que se abría ante sus ojos.

La mitad del Centro Elíseo había desaparecido, reducido a tan solo un montón de escombros, como si alguien le hubiese dado un mordisco, solo para después escupir los pedazos.

La sangre y las cenizas impregnaban los terrenos, revoloteando por el aire como copos de nieve caída.

Pero esa limpieza sería fácil. Eso tenía fácil solución.

Había otras cosas que también se habían roto y que serían mucho más difíciles de arreglar. Cosas que no estaba del todo segura de que tuviesen arreglo.

Una serie de pasos resonaron a su espalda.

Masika reconoció al alma a la que le pertenecían sin tener que volverse a mirar, porque sintió una punzada en el pecho en cuanto se acercó a ella.

Se preguntó si alguna vez se acostumbraría a aquella sensación.

A la forma en que su mente parecía estar conectada con cada parte de Blackwood; como si el corazón de la academia latiese con fuerza en su pecho junto al suyo. Bum, bum, bum .

—Te mentí.

Masika se volvió hacia Catherine Clarke. Las trenzas se le habían medio deshecho. Tenía el rostro prácticamente cubierto de hollín. Y, aun así, estaba preciosa. Rota y agotada, pero preciosa.

—Cuando hablamos la otra noche. —Catherine se acercó un poco más a ella y, de repente, Masika tuvo la sensación de que se encontraban al borde de un precipicio, y de que cada palabra que surgía de entre los labios de Catherine las acercaba más y más a la caída—.

Me preguntaste qué es lo que veo ahora cuando te miro. ¿Te acuerdas?

Una suave brisa meció los rizos de Masika. La sintió como una risa. Como un sonido que le resultaba familiar y que a la vez creía olvidado.

—Me acuerdo.

—Te dije que no veía nada. —Catherine tragó con fuerza. Le empezaron a temblar las manos mientras se acercaba a Masika—. Pero no es cierto.

El silencio se extendió entre ellas. A lo lejos, Masika pudo sentir cómo los alumnos de la Academia Blackwood salían de sus dormitorios para evaluar los daños. Sus preciosas almas se iluminaron como si fuesen sus propias luciérnagas, llamándola en medio de la noche.

—¿Quieres saber qué es lo que veo cuando te miro? —La voz de Catherine sonaba dulce, casi devota. Por un momento, a Masika le recordó a la Catherine que había conocido. A la chica que la había amado sin reservas, a la que se habría quedado a su lado—. ¿Lo que siempre he visto?

Masika asintió, y Catherine le acunó el rostro entre sus manos.

—Mi futuro. —Masika sintió cómo el dique que había en su interior por fin se rompía—. Cuando te miro…, veo mi futuro.

—Ahora todo va a ser diferente. —Le tembló la voz por culpa de las lágrimas contenidas.

—Genial. —Catherine le metió un rizo rebelde tras la oreja—. Me gusta lo diferente.

Masika alzó una mano entre ellas. Y el anillo iluminó sus rostros con su dorado resplandor.

—He cambiado.

Catherine sonrió.

—Yo también.

A Masika se le aceleró el corazón de la emoción.

Aquello era lo que siempre había deseado, lo que siempre había necesitado y, sin embargo…

, una parte de ella no pudo evitar tener dudas.

Era el miedo. El miedo a volver a perder a Catherine.

El miedo al saber que ya había perdido muchísimo esa misma noche.

—No puedes volver a dejarme.

Catherine le acarició los labios con el pulgar, con suma delicadeza.

—No pienso irme a ninguna parte.

«No pienso irme a ninguna parte». Esas seis palabras se grabaron a fuego en la mente de Masika, haciendo a un lado los miedos y envolviéndola en su cálido abrazo.

No podía hacer todo eso sola, y tampoco quería .

Por primera vez, quiso creer que cabía la posibilidad de que fuese feliz, y esta vez de verdad. Que se lo merecía.

Masika soltó un suspiro que llevaba mucho tiempo conteniendo.

—Muy bien, vale.

Catherine ladeó la cabeza. Y esbozó una sonrisa tímida.

—¿De verdad?

Masika soltó una suave carcajada.

—De verdad.

Fue en ese mismo momento, de pie entre los escombros, observando atentamente a Catherine, que se dio cuenta de lo equivocada que había estado.

Siempre había supuesto que su historia había acabado hacía mucho tiempo.

Que su destino había estado escrito desde el mismo instante en que se había despertado frente a las puertas de la Academia Blackwood.

Pero eso era lo que ocurría con el destino. No era inmutable, inamovible. Podía cambiar.

Masika Sallow había estado destinada a amar a Catherine Clarke y a perderla después.

Pero también había estado destinada a amarla, a amarla y a amarla para siempre .