Ferozmente británico CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

CHARLIE

Haber pasado un fin de semana tan bueno hace que el lunes por la mañana sea aún más duro.

Odio que el espacio a mi lado esté frío porque ya me he acostumbrado a que Tracey lo ocupe.

Anoche la llevé a casa después de pasar tiempo con mi familia, y fue genial verla integrarse con ellos.

Estaba un poco nervioso porque no quería que la situación la intimidara.

Sin embargo, Tracey encajó a la perfección y no creo haber estado nunca tan feliz ni tan en paz como ahora.

El problema es que eso trae consigo nuevas complicaciones, porque ahora tengo todo que perder y no me cabe la menor duda de que a Gary y Mickey les importará una mierda Tracey y la usarán para castigarme si me paso de la raya.

Me dirijo al gimnasio y se me cae el alma a los pies cuando veo lo que me espera. Mickey está sentado en la esquina, inusualmente solo, y asiente cuando cruzo la puerta.

—Charlie.

Suspira, y me sorprende. Estoy acostumbrado al cabrón engreído que se cree el rey por aquí, pero el hombre que tengo delante me transporta a cuando éramos críos. Lo rodea una vulnerabilidad que no le había visto antes, y pregunto con verdadera preocupación:

—¿Va todo bien, tío?

—Puede que quieras sentarte.

Señala la silla a su lado. Dejo caer la bolsa y me siento, con el corazón desbocado mientras presiento que viene algo que no me va a gustar.

—El trabajo.

Parece casi culpable, y ojalá sea para cancelarlo.

—¿Qué pasa con él?

—Es hoy.

—Pero...

Levanta la mano y susurra:

—Si te sirve de consuelo, yo tampoco estoy muy contento. Gary se está poniendo nervioso y quiere volver a España. Ha adelantado la fecha y nosotros somos los gilipollas que tienen que sacarlo adelante.

—¿Cuál es el plan?

Espero que no me incluya a mí, y Mickey suelta un resoplido.

—Vamos a dar el golpe en el City Bank de Knightsbridge.

—¿Qué coño?

Me paso los dedos por el pelo mientras Mickey dice con voz muerta:

—Tú solo conduces. Yo me encargo del resto.

—¿Conducir por dónde, Mickey? El tráfico estará parado a esa hora. Mejor salir corriendo; sería más rápido.

—No he dicho que fuera un coche.

—Pues más vale que sea un puto helicóptero, porque con todos esos compradores navideños no vamos a ir a ninguna parte.

Mickey se encoge de hombros y baja la voz a un susurro.

—Escucha. Preséntate donde te diga y prepárate para seguir instrucciones. No puedo contarte más; es todo lo que necesitas saber.

—Ni de coña.

Lo miro con expresión dura.

—Si voy a hacer esto, quiero saber qué hay. Solo un imbécil entraría a ciegas.

Mickey niega firmemente con la cabeza.

—No, Charlie. Confía en mí. Odio esto tanto como tú, pero quiero a Gary fuera de mi vida para siempre.

Algo en cómo lo dice me pone en alerta, y digo con cautela:

—Creo que deberías empezar desde el principio, o buscarte otro conductor.

Suspira, se dirige a la puerta del gimnasio, echa el cerrojo y nos deja encerrados dentro.

Se le nota agotado; algo lo está carcomiendo y no creo haberlo visto nunca tan alterado.

—Katrina Palmer.

Dice sin más.

—¿La esposa de Gary?

—Por desgracia.

Hace una mueca.

—Cuando estuve en el trullo, conocí a un tío que me contó una historia muy interesante.

Baja la voz hasta que apenas puedo oírlo.

—Se llama Billy Grimes. Es el hermano de Katrina.

Niega con la cabeza con asco.

—Billy me contó que Gary estaba obsesionado con Katrina. Fue a por ella como un poseso y no aceptaba un no por respuesta. La fue ablandando, la deslumbró y se la llevó de calle. Billy y su familia estaban preocupados porque sabían cosas de Gary y no querían que Katrina acabara metida en su mundo.

—¿Y qué pasó?

Obviamente algo pasó para alterarlo tanto, y dice con un gruñido:

—Billy intentó separarlos. Le contó a Katrina lo del negocio de Gary, esperando que entrara en razón.

O sea, no me malinterpretes, Billy no es ningún santo, pero Gary juega en otra liga.

El caso es que a Gary no le hizo ni puta gracia la intromisión y le tendió una trampa a Billy.

Al final, Billy acabó entre rejas por robo a mano armada, aunque en ese momento estaba en otro sitio.

—¿Cómo?

Estoy confundido, porque seguramente habría pruebas suficientes para limpiar el nombre de Billy. Mickey adivina mi pregunta y dice con amargura:

—La mujer con la que estaba le dijo a la policía que no estaba con ella.

Declaró que él se lo había confesado y la había obligado a ser su coartada, y llevó a la policía al trastero de Billy, donde Gary había hecho que escondieran la pasta.

Dentro había monos de trabajo idénticos a los del atraco, aunque eran los de Billy, que los usaba para el mantenimiento.

Lo incriminaron a propósito, y eso te da una idea de hasta dónde es capaz de llegar Gary para quitarse problemas de encima.

Billy acabó entre rejas; a Katrina le dijeron que su hermano era un psicópata, y Gary se los llevó a todos a España, donde la tiene encerrada bajo llave.

—¿Cómo sabes que la tiene encerrada?

Empiezo a pensar que me está contando una película, y Mickey dice encogiéndose de hombros:

—Porque ella le escribe a Billy. Le contó que temía por su vida y que Gary estaba mal de la cabeza.

Está vigilada constantemente y no puede salir de casa.

Es tan prisionera como Billy, que es exactamente la razón por la que Gary lo hizo encerrar.

Así puede seguir haciéndole la vida imposible a Katrina sin que haya nadie que pueda liberarla.

Billy sabe que en cuanto llegue su audiencia de libertad condicional, Gary montará un ataque en la cárcel y le colocará las pruebas.

Quiere mantener a Billy ahí dentro, y ahí es donde entro yo.

—Quiere que lo hagas tú por él.

Por primera vez, me da lástima Mickey. Está atrapado en una situación imposible y, por una vez, parece extrañamente vulnerable.

—Billy me paga lo suficiente para poder largarme de una vez por todas, solo por ocuparme de Gary.

—¿Un encargo?

Lo miro fijamente porque Mickey podrá ser muchas cosas, pero no es un puto asesino, y él asiente con cara de derrota.

—Este trabajo. Gary cree que manda él, pero Billy lo ha organizado todo.

Lo que Gary no entiende es que Billy ha estado encerrado con tipos que hacen que Gary parezca un cura.

Ha aprovechado bien el tiempo y ha montado una contraoperación para asegurarse de que Gary Palmer no suba nunca a ese avión.

Te lo suplico, Charlie, necesito a alguien de confianza a mi lado, y lo único que te pido es que conduzcas. A cambio, te dejo la vida resuelta.

—No quiero tu dinero —le suelto—. No quería meterme en esto, pero no me dejaste elección. Amenazaste con meter a mi familia, Mickey, y eso no lo olvido.

—Cancelé el atraco al Metro Bank. Lo hice por ti, Charlie. Si no conduces para mí, no me quedará otra, porque Matty está deseando dar ese golpe él mismo.

Me da vueltas la cabeza porque es demasiada información de golpe, y Mickey dice en tono tranquilizador:

—Te lo digo, nadie sospechará nada. Esto es gordo, y es mejor ir con la corriente que salir corriendo. Tu participación será una hora como mucho. Y si me permites el chiste, es un robo.

La cabeza me va a mil porque esto es serio de cojones.

Ya no estoy tratando solo con Mickey Fellows.

Lo sensato sería salir pitando, pero hay algo en Mickey que me retiene cada puñetera vez.

Durante aquellos años creciendo juntos, éramos como hermanos de distinta madre.

Yo habría hecho cualquier cosa por él, y él por mí.

Me ha sacado de muchos marrones y le debo mucho, pero esto es otra historia.

Esto podría joderme la vida, y para alguien que acaba de encauzarla como quería, no sé si el riesgo merece la pena por nuestra amistad.