CAPÍTULO 20
CHARLIE
Ya han pasado doce horas y cada una se me ha hecho eterna desde que Tracey se fue. A pesar de mis súplicas, insistió en volver a casa anoche y hacer vida normal.
Decidimos admitir que estamos juntos. Enfrentarnos a Mickey con la promesa de dejarla al margen. Haré lo que sea para mantenerla a salvo, ahora es mi máxima prioridad. El problema es que, ahora que ella está fuera de peligro, eso me pone directamente en la línea de fuego.
Le aseguré que me encargaría de todo y que ella no tendría que meterse, pero no creo que me dejen librarme tan fácilmente.
Si no sigo los planes de Mickey, irá a por Tracey solo para joderme y le importará una mierda las consecuencias.
Mickey está loco y disfruta con la pelea, así que tengo que ser listo y manejar esto de una forma que él entienda.
A pesar de la paz interior que siento por haber afianzado por fin lo mío con Tracey, sigo de mal humor cuando llego a la oficina, y la cosa no mejora cuando veo a Max con el ceño fruncido.
—Otro fin de semana de mierda —gruñe mirando la hoja de cálculo con los ingresos, y suspiro al dejarme caer en el asiento frente a él—. ¿Cuál es tu plan?
—Summer cree que deberíamos ofrecer un incentivo. Dice que podríamos subir los precios de los cócteles y luego ofrecer dos por uno entre las diez y las once. Perderemos algo, pero el local estará lleno. Al menos ese es el plan.
—Suena bien.
Estoy algo distraído y debe notarse, porque Max suspira.
—Tierra llamando a Charlie. ¿Qué te pasa?
—¿Qué decías, tío?
Me paso los dedos por el pelo y sonrío.
—No dormí mucho la otra noche y luego vino Tracey a casa.
Me mira con expresión seria.
—¿Tracey Hill?
—Solo hay una Tracey en mi vida.
Sonrío y pone los ojos en blanco.
—Por favor, no te la tires y la dejes, Charl. Summer nunca te lo perdonará.
—No es un polvo casual —digo irritado, y me jode la sonrisita burlona que pone.
—Así que por fin te decidiste. Ya era hora, joder.
—Sí, bueno, al final lo conseguí.
Bostezo con ganas.
—Me vendría bien un desayuno inglés completo. Me muero de hambre.
—Suena bien. Summer insiste en esa mierda de muesli. Eso es comida de pájaros, en mi opinión, así que te acompaño. ¿Qué tal en lo de Pete?
—Me has leído la mente.
Salimos al frío de la mañana rumbo a lo de Pete, un bar grasiento cerca de Fleet Street. Es popular entre lugareños y turistas porque es barato y te ponen más comida de la que deberías comer.
Al entrar en el cálido y vaporoso café, saludo con la mano a caras conocidas que asienten con respeto.
Los lugareños nos conocen de vista y por reputación, y suelen dejarnos en paz.
No somos la clase de tíos con los que quieran tener tratos, porque eso siempre acaba en problemas.
Cuando nos sentamos, Pete levanta la vista y sonríe.
—Joder, qué honor.
Max sonríe.
—Lo de siempre, Pete, y carga el beicon.
Pete asiente.
—Marchando.
Nos acomodamos y echo un vistazo a los albañiles y taxistas que suelen llenar el local. Entonces veo a Benny Little abriéndose paso entre las mesas y observo con interés cómo se detiene.
—Eh, tío, ¿qué tal? —dice Max, y Benny asiente con su ceño fruncido de siempre.
—Me estoy quedando tieso ahí fuera. Odio el puto invierno.
—¿Sigues en los camiones de la basura, Benny? —digo sonriendo, y asiente.
—Paga las facturas y le da a la parienta para el bingo.
—¿Qué tal Doreen? —pregunto por cortesía, y resopla.
—Los juanetes le están dando guerra otra vez.
Demasiada información, sobre todo antes de comer. Max se ríe por lo bajo.
—Me alegro de verte, Benny. Feliz Navidad.
Max le pasa un billete de veinte y Benny asiente.
—Eres todo un caballero.
Benny trabaja en las calles de alrededor del club y es una buena fuente de información. Hoy parece ser uno de esos días, porque se inclina y susurra:
—Vi a ese Mickey Fellows tirándose a una tía contra la pared en el Soho.
—Qué fino —dice Max poniendo los ojos en blanco, y Benny niega con la cabeza.
—Esa es una cualquiera en todos los sentidos, y más aún de lengua.
—¿Qué oíste? —pregunto con curiosidad, y Benny sonríe dejando ver una dentadura que lleva años sin pasar por el dentista.
—Acabó y se largó en un coche.
—Vaya información —digo aguantándome la risa, y susurra:
—Kenny Palmer iba en el coche.
Max cruza una mirada conmigo y ya sé lo que está pensando.
—No sabía que había vuelto de España —digo con un interés que me cuesta disimular.
—Sí, la fulana me dijo que lleva un tiempo de vuelta, y por la calle se comenta que está planeando un golpe con Mickey que va a ser gordo.
—¿Algo más? —pregunta Max, y Benny niega con la cabeza.
—Solo os aviso. Tengo mucho respeto por vuestra familia, y si se está cociendo algo en vuestro territorio, creo que deberíais saberlo.
Max le pasa otros veinte y Benny suspira. —De vuelta al puto infierno. Dale recuerdos a tu padre. Es un buen hombre.
Lo vemos marcharse mientras Pete planta dos tazas de té en la mesa con un golpe y gruñe: —Pobre desgraciado. ¿Os ha contado que tiene cáncer? Insiste en seguir adelante y dice que no dejará que la enfermedad le impida currar como siempre.
—Más bien no dejará que le obligue a quedarse en casa con su mujer.
Esa no para de hablar —dice otro hombre en la mesa de al lado, y me hace reír.
Sí, está bien venir aquí. En el bistró del barrio no oyes estas cosas, pero también complica el asunto, porque si Kenny Palmer está metido en esto, la cosa es más seria de lo que pensaba.
Ya de vuelta en el club, Max dice con el ceño fruncido: —Deberíamos decírselo al viejo. No me gusta que Kenny Palmer ande husmeando.
—A mí tampoco —suspiro—. Tienes razón, hay que contárselo.
Observo a Max mientras hace la llamada. Su expresión pétrea me dice que a Joey no le ha hecho gracia la noticia, y al cabo de un rato cuelga con un seco «Entendido».
—¿Qué ha dicho?
—Que lo investigará, pero que nos mantengamos alejados de Mickey Fellows. Si aparece por aquí, búscate una excusa para largarte, porque también le han llegado rumores de que Mickey está tramando algo gordo y no quiere que nos metamos.
Estoy a punto de contárselo todo a Max, pero algo me frena.
Sería una declaración de guerra, porque en cuanto Joey sepa que estoy en el punto de mira, se encargará de echar a Mickey de la ciudad. El problema es que Mickey tiene amigos poderosos, y por miedo a lo que pueda pasarle a mi familia, mantengo la boca cerrada.
—¿Qué te pasa? Y ahórrate las gilipolleces —dice Max con brusquedad.
—¿Quién dice que pasa algo? —le gruño mientras me dirijo hacia la puerta. Por encima del hombro, añado—: La idea de Summer es buena. Deberíamos seguir adelante. Ahora... —me vuelvo y digo con cansancio—: De verdad que necesito dormir.
Mientras me marcho, el corazón me late con fuerza porque he estado a punto de contárselo todo a mi hermano. Tengo que pensar bien en esto, porque si me equivoco de decisión, podría acabar muy mal para mí, para Tracey y para mi familia.