CAPÍTULO 11
TRACEY
Me encanta esta época del año. Puede que el tiempo sea frío y gris, pero las luces brillantes y los adornos navideños lo compensan con creces.
Quedo con Summer en nuestra cafetería favorita, y solo por el aroma ya merece la pena venir.
—Podría pasarme el día oliendo café aquí —digo con una sonrisa, y Summer asiente.
—Aunque no le hace ningún bien a mi dieta.
—¿Qué dieta? Si estás en los huesos, como diría mi madre.
—¿Cómo está la tía Kim? Hace siglos que no me paso por allí.
—Está bien. Parece que el tratamiento ha funcionado y está en remisión. Gracias a Dios.
Me santiguo y Summer se ríe.
—¿Desde cuándo eres religiosa, Tracey?
—Desde que empecé a rezarle al de arriba para que me ayude a olvidar a cierto chico malo que vive contigo.
—¿Charlie?
Summer niega con la cabeza.
—Lo siento, Trace. No sé qué le pasa por la cabeza. Max tampoco lo entiende, y sé que Joey está preocupado por él.
—¿Por qué?
Por alguna razón, el pulso se me acelera con solo oír su nombre, y si tiene algún problema, se me encoge el corazón.
—No lo sé. No les gusta el tipo con el que se junta. Al parecer, es una mala influencia.
Me echo a reír.
—¿Para Charlie? No me hagas reír. Los Carter ya son una mala influencia de por sí. Si están preocupados, ese tipo debe de ser el mismísimo diablo.
Summer sonríe.
—Tienes razón.
—¿Cómo se llama? —pregunto con curiosidad, aunque sin esperar conocerlo.
—Mickey Fellows. Acaba de salir de prisión y no es buena persona, por lo que cuentan.
—Entonces, ¿por qué Charlie se junta con él? —pregunto sorprendida, y Summer se encoge de hombros.
—Al parecer, fueron juntos al colegio y eran amigos. Se conocen de toda la vida, y Charlie es muy leal y lo aguanta.
—¿Leal? —pongo los ojos en blanco.
—Ese tío solo es leal a sí mismo.
—Creo que estás siendo un poco dura con él, Tracey. Puede que sea un mujeriego, pero no se aprovecha de las mujeres. Tiene mucho mundo interior, y supongo que poca gente consigue conocerlo de verdad.
—Supongo.
Cambio de tema porque lo último que quiero es pasarme todo el día pensando en él, como ya hice anoche.
—Hablemos de otra cosa, por mi salud mental.
Me lanza una sonrisa comprensiva y dice con tono ligero:
—Cuéntame qué tal el trabajo y luego todo sobre el chico que conociste.
—Todo va bien, gracias —sonrío, agradecida por el cambio de tema.
—He conocido a gente muy maja allí y disfruto del trabajo. Aunque no tanto del trayecto.
—Tu madre está preocupada por eso.
—Lo sé —niego con la cabeza.
—¿Crees que es raro seguir viviendo en casa a mi edad?
Es algo que me preocupa cada vez más, y Summer dice con tristeza:
—Yo seguiría viviendo con mis padres si tuviera la más mínima oportunidad. Aprovéchalo mientras puedas.
—Lo siento, cielo —le cojo la mano y ella sonríe.
—No pasa nada. Supongo que la Navidad siempre me hace pensar en ellos. Es que esta será la primera sin ellos, y encima estoy en un país nuevo. Cuesta adaptarse.
Levanta la taza de café para distraerse del dolor, y me da pena.
Los padres de Summer murieron a principios de año, junto con su hermana pequeña, en un accidente de coche.
Se quedó huérfana, y solo entonces descubrió que tenía otro padre.
Joey Carter. Su madre era mi tía y se había casado con un estadounidense, así que era inevitable que viniera a quedarse con nosotros.
La cosa se complicó, conoció a Max, y no pudieron ignorar lo que sentían el uno por el otro y, a pesar de la guerra que casi provocó, son felices.
Me siento fatal por haber olvidado cuánto debe de echar de menos su casa, sobre todo en estas fechas, así que digo rápidamente:
—Bueno, hoy toca terapia de compras, así que termínate eso. Las tiendas nos esperan.
Me encanta Londres casi siempre, pero en Navidad es el lugar más especial del mundo. Bueno, para mí al menos. Salimos a las aceras heladas y tiritamos dentro de nuestros abrigos acolchados, que parecen inútiles contra el frío invernal.
Primero atacamos Oxford Street, y paso más tiempo admirando los escaparates iluminados y las decoraciones que tachando cosas de mi lista navideña.
Durante unas horas nos perdemos entre los expositores festivos de regalos preciosos, comida con envoltorios de ensueño y villancicos que suenan en cada altavoz.
Dan las dos y estamos en la planta baja de Selfridges, frente al ascensor privado que sube a la azotea. Summer suelta un quejido mientras intenta cargar con su montón de bolsas, cada vez mayor.
—Qué ganas tengo de comer. Me muero de hambre.
Como capricho especial, reservé mesa en el restaurante italiano de la azotea, al que solo se accede por un ascensor privado. Cuando el encargado comprueba nuestro nombre en la lista, entramos.
Las puertas del ascensor se cierran, dejando fuera todo el ruido, y Summer suspira apoyándose en la pared.
—Me encanta ir de compras, pero esto ha sido agotador.
—Siempre lo es —le recuerdo, orgullosa de todo lo que he tachado de mi lista.
Cuando el ascensor llega a nuestro destino, caminamos por el bonito pasillo cubierto de flores hasta el mostrador, donde la camarera tacha nuestro nombre de su lista y después deja nuestros abrigos y bolsos en el guardarropa.
—Libres al fin —dice Summer alegremente, y mientras seguimos a la camarera, miro encantada a mi alrededor. Es un lugar genial con unas vistas preciosas de Londres, lejos del bullicio de la gente de abajo.
Mientras nos sentamos y echamos un vistazo al menú, Summer dice contenta:
—A Max le encantaría esto.
—Seguro que sí.
Ya sé lo que voy a pedir, así que digo con cuidado:
—¿Qué tal van las cosas con Max?
—Bien.
Una enorme sonrisa ilumina el rostro de Summer.
—Me alegro mucho de que lo nuestro funcionara, porque no querría estar con nadie más.
—Me alegra oírlo.
Las dos levantamos la vista sorprendidas, y el corazón me da un vuelco cuando veo a Max y Charlie plantados ahí.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta Summer con una amplia sonrisa, y Max sonríe.
—No podíamos dejar que os divirtierais solas.
—Pero ¿cómo lo supisteis? —pregunta confundida, y Charlie se encoge de hombros.
—Os seguimos.
—¿Me estás tomando el pelo? —Lo miro furiosa, y él sonríe con esa sonrisa pícara de un hombre capaz de meterse en la cama de cualquier mujer que se proponga.
—Hazte a un lado, nena. Estamos muertos de hambre.
Summer me mira con una sonrisa de disculpa y suspiro mientras aparto mi silla a un lado y Charlie arrastra la mesa vacía que hay junto a nosotras.
Max se sienta junto a Summer y le pasa el brazo por los hombros, dándole un beso tierno.
—¿Te importa que nos unamos? —pregunta, y ella pone los ojos en blanco.
—¿Me lo preguntas ahora?
Eso le arranca una sonrisa, y yo me echo hacia atrás y niego con la cabeza.
—Nunca me acostumbraré a esto.
Charlie se inclina hacia mí y susurra:
—Siento lo de anoche.
—¿Qué parte?
Me sirvo un poco de agua y me la llevo a los labios, más como distracción que otra cosa.
—La parte en la que te dejé marchar.
Ni siquiera puedo reaccionar a eso porque la camarera se acerca a nuestra mesa y toda nuestra atención se vuelca en la comida. Mientras pedimos, lucho por mantener el control de mis emociones.
Sean cuales sean las razones de Charlie para venir aquí, seguro que acabarán siendo un problema para mi corazón. Otra vez.