CAPÍTULO 6
CHARLIE
Max suspira mientras observamos el club y los huecos en la multitud.
—Es viernes por la noche y ni siquiera hay cola en la puerta. Estamos en plena temporada de fiestas navideñas y se nos escapan los beneficios.
Comparto su preocupación y me apoyo en la barandilla, mirando una pista de baile que debería estar a reventar ahora mismo.
—¿Has echado un vistazo a Excalibur? —le recuerdo, y frunce el ceño—. Voy para allá más tarde; ¿quieres venir conmigo?
—Claro. No tengo nada mejor que hacer.
—Veo que Mickey está en su trono, como siempre. Vigila a ese cabrón. No me fío de él.
Sabiendo cómo funciona la mente de Mickey, Max tiene razón en no fiarse de él, pero yo no tengo ese lujo, así que digo en voz baja:
—Iré a vigilarlo. Llámame cuando estés listo para marcharte.
Max asiente y se dirige hacia la salida, dejándome con la tarea de ponerme una sonrisa falsa y acercarme al reservado VIP del que Mickey se ha adueñado.
Está abarrotado de sus socios y mujeres con tetas operadas, sonrisas falsas y pestañas postizas que agitan en su dirección mientras se beben el champán gratis.
Mientras me acerco, se enderezan y me lanzan miradas insinuantes con morritos, y se me cae el alma a los pies. Allá vamos otra vez.
—Charlie.
Mickey sonríe y la cicatriz que le cruza la mejilla parece tensarse con el gesto.
—¿Cómo está mi mejor amigo?
—Bien, gracias.
Un par de chicas se hacen a un lado y me siento entre ellas. Enseguida noto cómo se aprietan contra mí por ambos lados.
—Tómate una copa, tío. Parece que te vendría bien relajarte un poco.
Me sirve una copa de champán, se inclina hacia delante y me guiña un ojo al entregármela.
—O algo más fuerte, si lo prefieres. He reservado una sala privada para esta noche. Ya sabes cómo va esto.
Cojo la copa y me limito a asentir, vaciándola de un trago para no tener que responderle.
Sé perfectamente lo que pasa en la sala privada de Mickey.
Las rayas de cocaína, el juego ilegal y los tríos están a la orden del día, y se me encoge el estómago.
Está claro que Mickey quiere ir de fiesta a lo grande, y quién puede culparlo después de haber pasado varios años a la sombra.
Está recuperando el tiempo perdido y nos arrastra a todos con él.
Les hace un gesto a las chicas que tengo al lado, y casi pego un brinco cuando deslizan sus garras pintadas sobre mi rodilla en dirección a la entrepierna. Los ojos de Mickey brillan.
—Quédate con Candy y Poppy esta noche. Te van a quitar esa cara de funeral.
Se ríe de su propia broma estúpida y mete la mano bajo la falda de la chica sentada a su lado. Ella echa la cabeza hacia atrás y abre las piernas mientras él la masturba a la vista de todos los que miran.
—Mickey.
Señalo con la cabeza hacia la multitud boquiabierta y siseo:
—Tengo un club que dirigir. Llévatela a tu sala privada.
Percibo un destello oscuro en sus ojos mientras me sostiene la mirada y yo se la devuelvo con una advertencia propia. El aire se tensa mientras nos enfrentamos, y entonces echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada antes de sacarse el dedo y lamerlo para provocar.
Luego se vuelve hacia la mujer que tiene al otro lado y le suelta:
—Te toca. Sígueme.
Me repugna la emoción que se enciende en sus ojos cuando se levanta con una risita pastosa y lo sigue hacia la sala que ha reservado. Entonces él se detiene, se vuelve y me mira directamente.
—Ven a buscarme en quince minutos —dice de pasada—. Tengo algo que hablar contigo.
Se me cae el alma a los pies mientras los veo marcharse, y cuando las dos mujeres a mi lado me meten la lengua en los oídos, me levanto y suelto con brusquedad:
—Disfrutad de la velada, señoritas.
Ni siquiera las miro. Las tías como esas me dan asco. Salgo del club y voy directo a la oficina.
—¿Qué pasa? —Max levanta la vista de los papeles que está estudiando cuando me dejo caer en la silla frente a su escritorio.
—Mickey Fellows, eso es lo que pasa. Me ha citado en su sala privada para hablar después de follarse a su desgraciada puta.
—Interesante.
Max parece pensativo.
—Me pregunto qué querrá.
—Nada que yo quiera oír, eso seguro.
Una sensación de fatalidad inevitable se cierne sobre mí cuando Max dice con cautela:
—Averigua qué quiere, pero no aceptes nada. Siempre viene bien tener a alguien dentro, y si conozco a Mickey, está tramando algo. Infórmame, aunque puede que no sea nada.
—Supongo.
Suelto un suspiro profundo y Max pregunta con preocupación:
—¿Qué te pasa, Charlie? Llevas tiempo sin ser el mismo. ¿Qué te preocupa?
—La vida.
Me encojo de hombros.
—Me tiene hundido, Max. Tú estás hasta las trancas con Summer y lo único que me toca a mí son tetas operadas y sonrisas de plástico.
—¿Y qué hay de Tracey?
Solo oír su nombre me atraviesa el corazón como un rayo, pero mantengo una expresión impasible y espeto:
—¿Qué pasa con ella?
—Pensaba que te gustaba —dice, mirándome con un brillo duro en los ojos.
Me encojo de hombros.
—Me gusta. Pero no de esa forma.
Odio estar negando lo que siento, pero no puedo ni plantearme arrastrar a Tracey de vuelta a este mundo. Max suspira.
—Sigue diciéndote eso, Charl. Pero a mí no me engañas. Te conozco y estás ocultando lo que sientes por esa chica. No seas gilipollas y enfréntate a ello.
—¿Qué coño sabes tú de mis sentimientos, Max?
—espeto mientras me levanto de la silla hecho una furia—.
Estás tan enamorado que lo ves todo de color de rosa y has perdido de vista el mundo real en el que vivimos.
¡No! Chicas como Summer y Tracey están mejor fuera de esto, y tú eres el cabrón egoísta que antepuso sus necesidades a las de ella.
Hace ademán de levantarse y le digo sin volverme: —Guárdate el intento para otro momento. Tengo una reunión.
Por suerte para mi hermano, se guarda los comentarios, y mientras salgo furioso de la oficina hacia la sala privada, sé que voy a odiar con toda mi alma lo que encuentre dentro.