Fénix Destinado (Los Guardianes Fénix nº 5) 7. Jackson
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7. Jackson

JACKSON

Kalistratos y Tyler están en cubierta ordenando los suministros cuando Airos y yo subimos por la mañana.

La vista es impresionante, como estar en la azotea de un rascacielos solitario en medio del océano.

Volamos por debajo de las nubes y el aire es fresco y agradable.

Gaviotas chillonas nos rodean, sobrevolando desde el continente en busca de comida.

Una aterriza en la barandilla y avanza dando saltitos con esperanza hacia una bolsa de frutas secas.

Con un grito furioso, Kalistratos se da vuelta y se abalanza hacia el ave, agitando los brazos como loco.

Sus ojos arden con fuego; su forma de fénix emerge ante la vista del ladrón en potencia.

Se recupera rápido cuando nos ve subir por la rampa desde la bodega.

—Buenos días —dice, aclarándose la garganta.

—Sí que eres un enorme pollo —dice Tyler, sacudiendo la cabeza mientras pasa junto a su compañero con el carrito de suministros y baja por la rampa. Me sonríe a mí y a Airos. —¿Durmieron bien?

—Lo siento —digo—. No esperaba dormir tanto.

—No te culpo. Tu cuerpo pasó por mucho ayer, hermano. —Lo dice con una pizca de sonrisa.

Siento que me arde la cara. En el pasado, quizás habría convertido eso en algo que ameritara llegar a los golpes para defender mi hombría.

Una estupidez. Ahora solo me siento avergonzado.

Tyler es mi amigo. No, es más que eso. Nuestras experiencias aquí, nuestro destino compartido, nos han convertido rápidamente en algo así como hermanos de armas. Lo mismo vale para Kalistratos.

—Ayer me comporté como un maldito idiota —anuncio—. Hice cosas de las que no me siento orgulloso.

—Bueno, nunca vas a volver a ver a ninguna de esas personas —razona Tyler—. No te juzgo por eso. Kalistratos tampoco. Para ser honesto, parecía bastante divertido. No tienes nada de qué avergonzarte, en serio.

Airos está a mi lado y siento su mirada sobre mí. Sé lo que quiere decir, aunque permanece en silencio. «¿Ves? Lo que temes está todo en tu cabeza.»

Hay un saber, hay un sentir y luego hay un actuar. Ninguno de los tres parece llevarse bien. Pero lo estoy intentando.

—Sí —dice Kalistratos—. Creo que fue una fortuna que encontraras ese polvo. —Esboza una sonrisa burlona. —De lo contrario, jamás me habría enterado de su existencia…

El pájaro está de vuelta en la barandilla, y Kalistratos va tras él otra vez. Tyler, Airos y yo lo observamos perseguir al bicho por toda la cubierta, gritando y agitando los brazos.

—¿Saben a quién me recuerda? —digo—. ¿Alguna vez vieron a un sinsonte ahuyentar a otros pájaros de un comedero?

—Es demasiado preciso —responde Tyler—. ¿Es algo territorial o qué? ¿Por qué tú no te estás volviendo loco, Airos?

—Disciplina —dice Airos.

Noto que se aprieta la muñeca con fuerza con la otra mano. Unas plumas verde-doradas le recorren el brazo y desaparecen. Suelto una carcajada. —¡Apenas la estás aguantando, hermano! No lo puedo creer. ¿Los ponen nerviosos otros pájaros?

Kalistratos se recompone y empieza a bajar los suministros por la rampa hacia la bodega. Es evidente que hace un gran esfuerzo por no reaccionar ante la gaviota que da vueltas sin parar a su alrededor. —Podríamos tener gaviota asada en la cena —dice.

—Ustedes comen pollo —caigo en la cuenta—. ¿Eso no cuenta como una especie de canibalismo?

—Bro. He pensado exactamente lo mismo —dice Tyler.

—Un pollo y un fénix son cosas completamente distintas —refunfuña Kalistratos.

Tyler parece querer responderle algo a Kalistratos, pero se lo guarda con una leve sonrisa burlona.

—La gaviota no es buen alimento —dice Airos—. Especialmente estas.

—¿Hablas por experiencia propia? —pregunta Kalistratos.

—Demasiada —dice Airos—. Estas son gaviotas costeras de Tassos. Hacen sus nidos en la isla y viajan al continente para buscar comida. Cuando era joven, solía atraparlas, y también comer sus huevos. Poca carne, y los huevos son del tamaño de una piedrita, pero a veces eran todo lo que tenía.

—Debiste haber pasado tiempos muy difíciles en la isla —digo.

Puedo entender por qué no querría regresar.

Pero algo me dice que esa no es la razón por la que no quiere ir a Tassos.

No me ha contado mucho sobre su infancia.

Nada en absoluto, en realidad. Todo lo que tengo son las impresiones borrosas de sus recuerdos grabadas en mi mente durante nuestro tiempo en el desierto.

Una sensación de miedo profundo y el impulso de huir.

La imagen de estar de pie entre las ruinas de un pueblo destruido por algún tipo de desastre natural.

Eso me trae recuerdos personales de haber recorrido ciudades devastadas por la guerra, hechas pedazos, con apenas fragmentos de lo que alguna vez fueron asomando entre los escombros: medio techo, una tubería rota que seguía escupiendo agua, los esqueletos carbonizados de los autos.

—Nada de gaviotas —dice Airos con firmeza—. Tenemos la abundancia del mar para complementar nuestros suministros en este viaje. Hay excelente pesca en estas aguas. Bajemos.

Me animo. —Hace tanto tiempo que no me doy un chapuzón en el océano.

Kalistratos claramente no está tan entusiasmado. —Yo prefiero quedarme aquí arriba.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Le tiene miedo al agua —dice Airos.

—¡Para nada! —espeta Kalistratos—. Simplemente no me agrada. En absoluto. Los phoenikos no tienen nada que hacer cerca de ella.

—No te preocupes, yo te protejo —le dice Airos con una sonrisa provocadora.

Kalistratos gruñe y agita la mano mientras se dirige a la escotilla de la sala de máquinas.

Pronto vamos en un descenso constante y el agua llena el horizonte, vasta como el infierno.

Nunca había estado así de adentro. Claro, he salido a navegar un par de veces, pero no en aguas tan profundas: un azul vibrante a kilómetros de cualquier tierra visible.

El sol también se siente mucho más fuerte a esta altitud.

Solo hay una brisa suave y cálida, y tengo ganas de lanzarme al agua.

El lugar perfecto para un asado. Si tan solo tuviéramos una hielera llena de cervezas bien frías.

—¿Quién más se mete? —digo mientras me inclino por la borda para mirar. Ahora volamos a apenas unos metros sobre la superficie. —Airos, vamos. No me digas que tú también le tienes miedo al agua.

—Para nada —dice, subiendo por la rampa desde la bodega con dos cañas de pescar.

Tyler se une a mí en la barandilla. —Qué tentador.

—Vamos de una —digo.

—No te voy a mentir, es muy difícil no pensar en todos los monstruos que nadan ahí abajo. Después de toda la mierda que hemos encontrado.

Miro a Airos buscando una respuesta. Él niega con la cabeza. —No hay nada peligroso acechando en estas aguas. Quizás tiburones. Y medusas.

—¿Aparte de tiburones? —dice Tyler—. Yo diría que los tiburones son bastante peligrosos.

—Has visto demasiadas películas, bro —le digo—. Las probabilidades de que te atropelle un carro son mayores a las de que un tiburón te muerda.

Tyler se ríe. —Me atropelló un carro y me transportaron a una realidad alterna. Mi suerte no es precisamente la mejor.

—Tú te lo pierdes. —Me quito la capa por la cabeza y me quedo en ropa interior.

—Además, creo que todos necesitamos un buen baño.

¿Cuándo van a poner en marcha esa tina? —Detrás de la sala de máquinas de la Odyssey hay un pequeño cuarto de baño, pero ha estado fuera de servicio desde que salimos del desierto.

Kalistratos sale por la escotilla de la sala de máquinas y sube a cubierta.

—Nuestra cisterna ya está llena, gracias a la tormenta —anuncia—.

Los baños ya son posibles. —La nave toca la superficie con una ligera sacudida, levantando una espuma blanca a ambos lados del casco.

Kalistratos se cubre la cara con el brazo y retrocede hacia la caseta del timón en la popa.

Se pega a la pared, bien centrado entre las dos barandillas, lo más lejos del agua abierta que puede.

Tyler va a pararse junto a él y le planta un besito tranquilizador en la mejilla. Qué tierno.

Airos me llama al timón para ayudarlo a detener el aerodeslizador.

Bajamos el timón de navegación y preparamos los remos para frenar la velocidad atándolos con cuerda.

A la cuenta de tres, rozamos despacio las palas con la superficie.

Aprieto mi remo con fuerza bajo el brazo, y la tensión del agua lo recorre entero y me hace castañetear los dientes.

—Lo siento, chiquitín —le murmuro a mi vientre.

El temblor se va apagando poco a poco. Siguiendo el ejemplo de Airos, presiono el remo hacia abajo y levanto la pala del agua, luego lo aseguro en su lugar con unas vueltas de la cuerda y un nudo.

Airos lanza un ancla de piedra por la borda, y la conversión del modo aéreo al modo acuático queda completa.

El silencio relativo del vuelo ha sido reemplazado por el suave chapoteo de las olas contra el casco.

—Adelante —me dice Airos—. Yo primero voy a tender la línea.

Casi me da saltitos de emoción por meterme al agua.

La última vez que fui a la playa fue en una excursión de la escuela en mi último año de preparatoria.

Rachyl estuvo ahí. Tuvimos que darnos la vuelta cuando llegamos y descubrimos que el agua estaba cerrada por un derrame de aguas residuales mar adentro.

Resisto el impulso de tirarme de clavado. Probablemente no sea la mejor idea, estando embarazado. Bajo con cuidado por los escalones tallados en el casco y, en el último, me impulso alejándome de la nave y caigo de pies al agua.

Está perfecta. Me dejo hundir en el agua turquesa y cálida, mirando hacia arriba las burbujas que suben hasta la superficie centelleante. Me golpea la idea de que esto debe ser lo que se siente en el útero. ¿Es esto lo que siente el bebé que llevo dentro? ¿Mi bebé?