CAPÍTULO 101
FAMILIA CABEZÓN
Domingo, 6 de abril, 15:30
PAPÁ
Silas, estás bien???? Sabemos
algo de Rowan???
MAMÁ
solo hemos visto lo de la web.
Hemos llamado, no nos decían nada.
PAPÁ
estáis bien???
DAFNE
Hola, papis. No he podido
hablar con Silas, pero seguro
que está bien. Nosotras
estamos de camino a Estels.
Hola! Rowan está bien, pero
no hemos podido verlo aún
Ahora iremos al hospital
Luego os cuento
Necesitaron varios trayectos para poder llevarlos a todos en coche. En el que estaba Silas, viajaban también Tomás, Nabeel y Marc. Silas tenía a un lado a Marc y al otro a Tomás y a ambos los agarraba de la mano. Se sintió con la confianza suficiente para besarle a Tomás los dedos y preguntarle:
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
—Cuando lo de mi madre también fuimos al hospital. No sé por qué, porque ella ya estaba… —guardó silencio y Silas le estrechó el brazo con más fuerza.
—Esta situación es diferente —dijo Silas.
Todos ellos sabían que estar en el hospital sería lo mismo que estar en Estels y que probablemente no pudieran ver a Rowan. Sin embargo, estar ahí, en las mismas paredes en las que se encontraba su amigo, les haría sentir algo mejor. Estar lejos de él es lo que les estaba matando.
Guardaron silencio durante el resto del trayecto y, cuando los dos coches llegaron a su destino, todo el equipo se reunió en una sala de espera. El hospital olía a limpio, a esperanza y a desesperanza. Desde luego, no olía a fútbol ni a gloria.
Se sentaron todos juntos, simulando un banquillo, pero en esta ocasión sin el míster a la vista.
—El míster está con Holt —explicó Bosco—. Y creo que recibiendo a los padres de Rowan, que han llegado ya…
—Quien al final no ha venido es Arturo —comentó Silas—. Que, bueno, no era obligatorio, pero…
—Mejor que no haya venido —dijo Felipe—. ¿No? Se metía mucho con él últimamente. Seguro que se siente culpable.
—En realidad no deberíais haber venido ninguno de vosotros —espetó Marc.
El silencio se hizo entre ellos antes de que estallaran poco a poco.
—¿¡Qué dices, tío!? Ya sabemos que no podremos hacer nada pero es nuestro deber, ¿no? Y tendrá que darnos su visto bueno para que juguemos la final y… —habló Bosco.
—De puta madre. ¡Ahora solo pensáis en el fútbol de mierda! —dijo Marc, poniéndose de pie—. Y sinceramente, estos meses me ha parecido que era lo de menos. Os metisteis muchísimo con él.
—Solo estábamos protegiendo al equipo, ya habíamos tenido problemas… —musitó Felipe.
—Paso de todo —dijo Marc, poniéndose de pie—. Voy a por un café.
Silas y Nabeel se levantaron para seguirle.
—Voy con él. ¿Tú vienes? —le preguntó a Tomás.
—Tengo unas cuantas llamadas perdidas de mi padre. Debe de haber salido la noticia e igual se ha asustado…
Le apretó la mano unas cuantas veces. Tomás se la estrechó también.
—Llámale.
—Deberías hablar con tus padres también.
Silas asintió, pero en realidad no iba a hacerlo. Sabía que su hermana se encargaría de eso. Reprimió las ganas de darle un beso a Tomás y se marchó siguiendo a Marc.
Lo miraba a los ojos, a esas gafas empañadas, ese ceño fruncido, y sabía que no estaba enfadado realmente. Solo triste. Solo asustado. Y conteniendo esas ganas de llorar. Nabeel y él le siguieron para estar ahí para cuando se derrumbara.
Entonces, vieron a una pareja. Un hombre y una mujer que también parecían nerviosos. Ella tenía el pelo teñido de rubio y recogido en un moño y la misma nariz respingona que su hijo.
—Hola —les saludó Nabeel.
Enseguida les había reconocido.
—Hola, chicos —dijo la madre de Rowan—. Siento que nos hayamos encontrado en estas circunstancias… Habría sido más bonito hacerlo en la final. Pero…
—Pero se pondrá bien. Estamos muy agradecidos —añadió el padre—. Siempre… Siempre se conocen estas desgracias pero en este caso todo el mundo ha actuado bien y por eso se ha salvado.
Marc estaba paralizado frente a ellos.
Entonces, la madre de Rowan dio unos cuantos pasos hacia él, que rompió a llorar.
Se mantuvo así: llorando sin cesar, mientras el padre y la madre lo abrazaban con cuidado.
Cuando finalmente se separaron, todos ellos se sentaron en la sala de espera. Todos estaban en silencio, bebiendo café, clavando la vista en el techo.
—Rowan os quiere mucho, y nosotros también. Nabeel, Silas… —dijo la madre de su amigo, mirándolos a ambos—. Os agradecemos mucho que hayáis sido tan buenos amigos.
—Rowan nunca ha tenido mucha suerte con sus amigos —dijo su padre por fin. Era la primera vez que hablaba hasta ese momento—. Supongo que nos mudamos demasiado durante su infancia… El caso es que nunca ha sido tan feliz como estos años. Sé que le daba mucho miedo que se acabara.
Silas se llevó las manos a la cara. Las lágrimas se le habían escapado a él también. Recordaba cómo se calló su cumpleaños y lo mal que acabó la fiesta que organizaron finalmente.
En su cabeza se mezclaban recuerdos, conversaciones, momentos. Se preguntaba si había sido un buen amigo de verdad. Nabeel le pasó el brazo por el hombro y le estrechó. Él estaba llorando también.
—Le daba mucho miedo que se acabara… Su tiempo en Estels, digo.
No es que pensara que le fuera a pasar nada —aclaró la madre—.
Supongo que esto hará que ponga sus ideas en perspectiva, ¿no?
—agarró la mano de Marc y la estrechó con fuerza—.
Sabrá que lo vuestro, vuestra amistad, ya no se acabará jamás. Es de por vida.