FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 94
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CAPÍTULO 94

Érase una vez un chico que tenía demasiados pensamientos en la cabeza. Su tío se lo repetía constantemente: si los dejas todos ahí dentro, te van a hacer daño. Pero es que a él le daba mucho miedo sacarlos fuera por si, al materializarlos, el mundo a su alrededor cambiaba.

Por eso mismo, a sus siete años, a Marc le costó tanto admitir que necesitaba gafas. Le daba un miedo tremendo mirarse al espejo y verse diferente.

Al final lo admitió, claro. Fue su tío quien le llevó al oculista y a la salida se dio cuenta de que no pasaba nada y que el mundo seguía girando exactamente igual.

Recordaba bien ese día porque sentado en el bus, al lado de su tío, vio por primera vez a dos chicos besándose. Una niña bastante más pequeña que él viajaba en el bus también ese día y al verlos los señaló y le dijo a su madre:

—¡Mira! ¡Se besan!

A lo que ella le respondió:

—Claro, se besan porque se quieren.

El mundo se mantuvo igual después de eso. Y quizás por eso, llegado el momento, no le fue tan difícil decirles a sus padres que era gay.

Pero había algo que le daba todavía más miedo que él cambiara: que se mantuviera exactamente igual.

Últimamente no dejaba de pensar en eso: estaba desesperado por hacer que las cosas cambiaran. Todos a su alrededor parecían ser más valientes que él.

Tenía el ejemplo justo en sus narices: Silas acababa de salir del armario delante de sus compañeros. No había cedido al chantaje. Parecía dispuesto a todo. Se le notaba en la cara.

Él, en cambio, no era capaz de ser claro con Rowan. Constantemente se intentaba animar a sí mismo a hacerlo y constantemente fallaba.

En esos momentos lo tenía delante, tumbado en uno de los sacos de dormir.

—Qué locura lo de Silas —comentó—. Si tuviésemos cobertura aquí, estarían todos comentándolo por WhatsApp.

—Pues sí… Una locura —bajó un poco la voz y vaciló antes de pregunta—. ¿Y qué te ha parecido?

—¡Me ha parecido que es genial! —exclamó Rowan.

—Sí…

—Que le ha echado narices y que ojalá haberlo hecho yo…

Marc se aferró a ese ojalá. ¿Qué quería decir con ello? ¿Quería ser valiente porque sentía lo mismo?

Bajó la mirada debatiéndose entre actuar o no actuar, hacerlo o no hacerlo…

—Últimamente me he estado dejando arrastrar por el grupo… No he querido que se notara, pero me he sentido fatal por todos estos comentarios… No me siento yo mismo. No como Silas —empezó a hablar Rowan.

—Yo… ¡No digas eso! —exclamó Marc—. Siempre te he admirado mucho por lo auténtico que eres, Rowan.

Creo que por eso… Por eso me sentí muy intimidado cuando nos convertimos en compañeros de habitación.

Siempre… Siempre te he admirado, ¿sabes?

Tu ambición. Tu ilusión. Tus ganas de grabar contenido, de crear todos esos vídeos, de esforzarte por alcanzar el éxito. No sé.

—Gracias… Aunque ahora mismo no me siento valiente —murmuró Rowan.

Pero no bajó la vista. Al contrario, le sostuvo la mirada.

Marc bajó la vista a sus labios. Rowan siguió inmóvil.

Debía de estar hablándole con parpadeos, ¿no?

Por eso, no lo dudó más.

Recorrió el espacio hasta sus labios. Se inclinó. Lo rozó y…

Rowan se apartó.

—Esto… Lo siento. No…. Mejor me voy.

Rowan apenas tardó unos segundos antes de salir de la tienda de campaña y desaparecer en el bosque.

Marc se quedó quieto, paralizado. Se miró las manos y se dio cuenta de que estaba temblando.

Aunque apenas las veía, porque las gafas se le habían empañado.

Sentía que apenas les llegaba el aire a los pulmones, pero tampoco podía seguirle, no quería seguir a Rowan, no quería fastidiarlo todo aún más.

Así que se quedó en la tienda de campaña, sin poder ver nada por culpa de las lágrimas, más ciego que antes de atreverse a decirles a sus padres que le costaba ver la pizarra.