FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

Celebraron el Año Nuevo con un cielo lleno de fuegos artificiales. Cada vez que veía uno, pensaba «Te quiero».

No hubo doce uvas, pero tampoco le importó cambiarlas por besos.

«Te quiero».

Tomás fue con él a casa de madrugada. Estaba seguro de que sus padres le darían una charla, pero en su lugar abrazaron a Tomás.

Lo veía aceptando esos abrazos y pensaba: «Te quiero».

Riéndose ante un comentario de su hermana.

«Te quiero».

Estremeciéndose cuando le puso agua oxigenada para curarle las heridas de los nudillos.

«Te quiero».

Frunciendo el ceño al asumir que tenía que mandarle un mensaje a su padre para decirle que estaba bien y que volvería pronto a casa.

«Te quiero».

Casi atragantándose con las uvas.

«Te quiero».

«Te quiero».

«Te quiero».

Era un año diferente. Otro más. Y él seguía siendo el mismo tonto enamorado hasta las trancas de él, con el miedo y felicidad batiéndose a duelo en su garganta, con una emoción y unas lágrimas que nacían siempre del mismo sitio fuera cual fuera su causa.

—¿Os parece bien que Tomás se quede a dormir aquí? —les preguntó a sus padres en la cocina.

—Claro. Si necesita algo, que nos lo diga.

Su madre le dio un beso en la mejilla.

A Silas no le gustaba el té, pero preparó dos infusiones de manzanilla esperando que les hiciera sentir mejor a los dos. Se sentaron cada uno en un extremo de la cama, sosteniendo las infusiones.

—¿Todo bien con tu padre? —le preguntó.

—Sí. Mañana volveré a casa —le miró a los ojos y después le dio un gran sorbo a la infusión—. Siento haber invadido la tuya.

—No digas eso.

Él también bebió su infusión.

Después pensó que estaba muy lejos de él así que dejó la taza en el suelo y se movió para sentarse a su lado. Tenía ojeras debajo de sus ojos. El cabello despeinado. Él lo acarició.

—¿Cómo estás? —le preguntó Silas. Él no respondió. Silas le dio un beso en los labios.

—Ahora mejor —dijo Tomás.

Y se acercó más a él para besarle de nuevo: en la nariz, en los labios, en la mejilla, con cuidado. Aunque no con el suficiente para no derramar el té.

—¡Mierda! —exclamó Tomás—. ¡Perdona!

A Silas no le importó. Se levantó al baño y regresó con una toalla. Le secó las manos, la camiseta, los pantalones.

—¿Quieres que te deje un pijama?

—Vale.

—No llevas calcetines de colores. Es raro.

Tomás se encogió de hombros. No le pareció que estuviera demasiado bien. Le dio mucha pena.

Dejó que se tumbase en la cama. Lo tapó con la manta. Se acurrucó a su lado.

—Si pudieras volver al pasado, ¿lo cambiarías? —le preguntó Silas.

—Quizás… Quizás volvería. Solo cuando supiese hacer las cosas mejor. Ahora no sé si soy capaz.

—Yo creo que ya lo estás cambiando.

Silas apenas durmió esa noche. No podía dejar de darle vueltas a todo lo que había sucedido ya no solo en las últimas horas sino en los últimos años de su vida y desde que conoció a Tomás.

Pensaba que quizás si ordenaba los eventos de su vida podía encontrarle un sentido a todo lo que había pasado y sobre todo una respuesta a sus preguntas.

«¿Cómo sabré cuándo tengo que rendirme?» le había preguntado a Álex.

Y quizás la respuesta estaba ahí, en los ojos de Tomás. Quizás sería capaz de identificar qué le dolería más: intentarlo o no hacerlo.

Fue el primero en bajar a desayunar. Habló con sus padres, que estaban preocupados, y les contó que Tomás había discutido con su padre y que se sentía mal. Habló también con su hermana y prepararon juntos el desayuno.

Al cabo de un rato, pasadas las nueve y media, Tomás bajó a la cocina con el rostro lleno de legañas. A pesar de eso, seguía siendo el chico más guapo del mundo. Se unió al desayuno en familia como si siempre hubiera sido uno de los suyos.

—Perdonad por las molestias —dijo al acabar de desayunar.

Y cuando su madre se acercó a darle un abrazo, Silas supo que se había aferrado a él como si la vida le fuese en ello.

—Creo que debería volver a casa. Mi padre estará volviéndose loco.

Silas asintió.

—¿Me acompañas? —preguntó Tomás después, para su sorpresa.

Y Silas se sintió útil y la persona más feliz del mundo.

Sin embargo, había algo que le incomodaba. Porque sí, Tomás le había dicho que le quería y él creía en sus palabras y también le quería, con todas las letras. Pero ¿qué significaba aquello? A efectos prácticos, ¿qué supondría en su vida?

Andaban por la calle, rodeados de adolescentes que volvían a sus casas después de Nochevieja, y Silas se sentía completamente ajeno a ellos. Como si pudiera observarlos por encima del hombro. Como si fuese diferente.

No se contuvo, estiró la mano para que Tomás se la estrechara.

Él vaciló.

Se dio cuenta de lo mucho que tardaron sus dedos en adaptarse a los suyos.

—Igual no es el mejor momento para hablar de esto, pero…

—¿Sí? —lo animó Tomás, volviéndose hacia él y mirándole a la cara.

—Da igual…

—Silas, seamos sinceros, ¿vale?

—Es que no sé… ¿Qué vamos a hacer ahora? Tú me quieres, yo te quiero. Tú me quieres… ¿más que como amigos? ¿No?

—Sí. Claro.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? En Estels…

—¿No podemos tomárnoslo con un poco de calma? Lo hablaremos al llegar.

Silas asintió.

—Sí. Calma. Por supuesto…

—Bien, porque ahora tengo que ir a enfrentarme a mi padre.

Lo miró otra vez y le dio un beso en los labios que a él le hizo sentir que volaba.

—Tomás… Yo estoy de acuerdo. El fútbol no es todo. No puede serlo todo cuando… Cuando estás tú.

Le dio un nuevo beso.

—Suerte —se despidió de él en la puerta de la urbanización en la que vivía.

Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

Y a un mensaje de distancia, su hermana:

ven a casa y cuéntamelo TODO

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

1. Ser feliz. Ser feliz. Ser feliz.

2. No volver a asustarme. No dar ningún paso atrás. No volver a equivocarme.

3. Entender que el fútbol no lo es TODO. Y aun así GANAR LA LIGA ESTA VEZ.

SEGUNDA VUELTA