CAPÍTULO 75
Desde que regresaron a casa por Navidad, su padre se había empeñado en llevarlos a todas partes en coche, impidiéndoles coger el transporte público.
Les proponía planes en familia: «hoy podríamos ir todos al cine» u «¿os apetece ir a algún mercadillo navideño?»
, pero al final concluía que lo más importante era que descansaran y pasasen tiempo con sus amigos.
Que él estaba tan contento haciendo de taxi.
En cuanto se subió al coche, puso la radio a tope y se dedicó a cantar sus canciones favoritas. Desde que había aprendido a conectar su Spotify, era imparable.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Silas.
—¿Por qué?
—Pues porque vas a ver a la familia de tu novio…
—¡Shhhh! —susurró Dafne—. Solo voy a ver a sus hermanos. ¡Y tú los vas a ver también! Que hemos quedado en grupo.
—¿Y por qué quieres que guarde silencio?
—Pues porque no quiero que mamá y papá piensen que esto es algo super serio.
—¿No lo es? —inquirió Silas.
—Sí que lo es, pero no quiero que se pongan pesados. ¡Ni atosigar a Nabeel!
—Me parece bien. Yo voy a ver a alguien también.
—¿Sí? —preguntó, alzando las cejas.
—Al chico de Instagram… ¡Cállate! ¡Como se entere papá te mato!
Pero su padre no se enteraba de nada. O eso, o se hacía el loco.
—¡Hemos llegado a nuestro destino! O más bien, hemos llegado cerca de nuestro destino porque el centro está imposible. Por favor, desabrochen sus cinturones y despídanse del conductor —anunció.
Les había dejado en un aparcamiento a unas manzanas de la plaza del ayuntamiento. Valencia estaba abarrotada. Y en cuanto recorrieron unas calles más, se sintieron inmersos en una postal navideña.
Como cada año, habían puesto una pista de patinaje sobre hielo en medio de la plaza del ayuntamiento. Al lado, había un carrusel y unos cuantos puestos con manzanas caramelizadas, nubes de azúcar y otras delicias.
—Seguro que están ahí. Nora, Bilal y Amir… —dijo Dafne y después se preguntó—: ¿Y si me equivoco con algún nombre? Igual no me dicen nada para que no me sienta mal, y… ¿Se te ocurre algo más frustrante?
Silas miró la hora, seguramente viendo cuánto tiempo faltaba para su cita.
—¿Quieres acercarte a saludarlos? —le preguntó.
—Pues claro.
Pero no estaban ahí, sino cerca de la pista de hielo. Ahí, sus tres hermanos se movían de un sitio a otro y Nabeel trataba por todos los medios de controlarlos.
—¡Me he caído! —exclamó Amir.
—¡Yo no sé ponerme de pie! —dijo Nora.
—No pasa nada, vamos a hacer una conga. Yo iré delante, Bilal me coge por la cintura, después, Nora coge a Bilal y Amir a Nora.
Al ver la estampa, Dafne rio. Y pensó que si Nabeel le gustaba tanto, si se había enamorado de él, era precisamente por cómo trataba a las personas. Por cómo las cuidaba. Por el modo en el que acogió a su hermano desde el primer día en el que le vio.
Todos se movieron por la pista en ese extraño tren que habían creado. Dafne y Silas los estaban observando desde la barrera protectora.
Y entonces, Nora exclamó:
—¡Dafne!
Y salió disparada hasta ella, dejando que el precario tren se destruyese y que casi todos sus hermanos cayeran al suelo.
Si Dafne no se cayó también, fue porque las manos de Nabeel la sostuvieron por la cintura.
Sintió un escalofrío, como si la temperatura a su alrededor hubiera bajado y subido a la vez.
Se sonrojó.
Después, patinó hacia Nora para que ella le diera un abrazo y de reojo continuó mirando a Nabeel. No podía dejar de preguntarse cómo debía comportarse y si sus hermanos sabían o no si estaban juntos.
Intentó no decir nada. Los hermanos de Nabeel no dejaban de preguntarle cosas sobre fútbol y sobre cómo era ser capitana.
—Creo que me tienen demasiado idealizada… —le susurró a Nabeel.
—¡Creo que te ven exactamente como eres! —le respondió él—. Por cierto, me encantaron los bonsáis, aunque mi madre me ha dicho que mejor se encarga ella de cuidarlos, que son muy delicados.
—Me dio pena no estar contigo haciendo las maletas.
—Qué va, tú estabas donde tenías que estar. Mis hermanos están deseando que vayas a su colegio a dar alguna charla también. Nora no habla de otra cosa.
Dafne sonrió. Se sentía feliz. Hizo un esfuerzo para cogerle el truco a eso del patinaje. No tenía miedo a caerse, convencida de que Nabeel sería capaz de sostenerle.
No lo dudó un instante antes de cogerle de la mano.
Le pareció que se tomaba su tiempo para entrelazar uno a uno sus dedos.
Sus manos dejaron de ser las de un futbolista y se volvieron las manos de un músico, parecía que tocaba una melodía con ellas.
Le habría encantado parpadear, hacer que todos a su alrededor desaparecieran y darle un beso.