FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 56
50%

CAPÍTULO 56

Octavo partido, primera vuelta

F.A.R. Estels (casa) vs. F.A.R. Ceuta

Muchas veces en el fútbol se decía que no había partido fácil o difícil, igual que no había oponentes fuertes o débiles. Todos tenían su dificultad, todos tenían su riesgo. Aun así, todo futbolista conocía estas diferencias e identificaba el tipo de partido desde antes de salir al campo.

Y ese era de los partidos sencillos.

O al menos, lo había sido hasta el momento.

Faltaba poco para acabar. Iban ganando por un solo punto así que la tensión estaba por las nubes mientras el Ceuta intentaba anotar un tanto fuera como fuera.

No habían tenido ni una oportunidad de acercarle el balón.

Desde la portería, Silas sentía esa rabia.

Intentó utilizarla para su propio beneficio, cerrar los puños, apretar los dientes e incluso fruncir el ceño, como si así pudiera crear una barrera protectora. De esa forma, al menos se sintió útil.

—¡Final de partido! —anunció el árbitro.

Silas respiró, aliviado. Avanzó arrastrando las botas por el césped del campo del Ceuta.

Se quitó los guantes para secarse el sudor de la frente.

Recibió palmadas en la espalda y ánimos de sus compañeros y avanzó a su lado para saludar a los rivales.

Rowan le pasó la mano por el hombro y le estrechó.

Entonces, en el momento en el que los dos equipos construyeron un pasillo de ánimos, escuchó unas palabras con voz clara:

—Puto marica —escupió uno de sus rivales, no sabía su nombre. Solo el número nueve que llevaba a la espalda, ese pelo castaño oscuro y rizos tupidos y sudados, cejas gruesas y cara de enfado. Silas sintió un escalofrío.

El jugador que tenía delante le saludó y Silas pensó que todo seguiría tan normal. Pero es que la voz había sonado demasiado alta, fuerte, gruesa. Y todos lo habían podido escuchar.

—¿Qué has dicho? —preguntó Arturo, subiéndose el brazalete de capitán.

—Tú no te metas —siseó el chico de las cejas gruesas. Una sonrisa asomaba de su rostro enfadado.

—¿Me hablabas a mí? —preguntó Rowan entonces.

—Ya me has oído.

Silas estaba paralizado, escuchándolo todo como si sonase con eco. Entonces, Rowan dio un paso hacia delante y le propinó un empujón. Frente a él, otro de los jugadores del Ceuta, el número doce, avanzó dos pasos y espetó:

—¿Qué haces? —mientras le devolvía el empujón a Rowan.

Así que el siguiente en actuar como capitán del equipo fue Arturo, que propinó una patada a otro de sus rivales.

Después se unió Marc y, en apenas unos segundos, Silas también había dado un paso adelante y forcejeaba con el número seis.

Entonces lo sintió: un latigazo en el hombro.

Nadie le había pegado, se había hecho daño él solo, como si hubiese sido una intervención divina.

Se mordió el labio. ¡Qué dolor! Paró de golpe. Y al mismo tiempo, el árbitro exclamó:

—¡Sois unos putos críos!

—Eh, que quede claro que han empezado los del Ceuta —exclamó el míster, que se había acercado a los chicos.

El entrenador del otro equipo dio un paso hacia delante y se encaró con él.

—¡No es verdad! Todos hemos visto que este chaval ha sido el primero en dar un empujón.

—¡Bueno, pero es porque ha respondido a un insulto! ¡Si no, no hubiese hecho nada!

—Sí, lo que me faltaba, que os peleéis vosotros también —se quejó el árbitro.

—Están picados porque han perdido el partido, eso es todo —dijo Arturo, y con ello se ganó un nuevo golpe. De pronto, todos estaban peleándose.

El árbitro pitaba, en el público muchos espectadores estaban grabando y Silas sentía un dolor agudo en el hombro. Pero había algo peor. En su cabeza se repetía en bucle: «marica».

No se lo habían llamado a él, pero el sentimiento era el mismo.

Esa voz siguió sonando mientras todos se separaban por fin. Silas no olvidaría ese rostro y ojos llenos de odio que escupían en vez de hablar. Una vez se hubieron separado, el míster exclamó, indignado:

—¡Todos dentro! ¡Ya!

En su infancia, Silas a menudo había escuchado que cuando los chicos se peleaban entre ellos, las peleas duraban solo unos segundos.

Quizás llegaban a las manos, pero se pasaba enseguida.

Que las chicas en cambio eran mucho más crueles, que todo lo hacían con cotilleos, que eran algo parecido a unas víboras…

La experiencia de Silas había sido distinta, había pasado su infancia preguntándose cuándo iba a ser que recibiera el siguiente golpe.

Nunca le habían dado un puñetazo en la cara, por ejemplo, pero siempre lo había temido.

Y cuando habían insultado a otro, se había sentido atacado también.

Así que no, no sentía que las chicas fueran peores que ellos.

En el vestuario, se respiraba una tensión asfixiante.

Todos sus compañeros estaban sentados a su alrededor, guardaban silencio, pero sus ceños fruncidos lo decían todo.

Nabeel se había sentado a su lado. Tomás estaba en frente y tenía los ojos cerrados, tenía una peca en el párpado en la que no había reparado hasta el momento.

Rowan y Marc estaban sentados juntos y Silas había observado que Marc había intentado apoyar la mano en la pierna de él y Rowan le había apartado.

El míster se paseaba con las manos en la espalda y el semblante serio. Ni siquiera les había dejado ducharse, así que estaba helado de frío. Quizás, con el agua caliente, el hombro le dolería un poco menos.

—¿Pero vas a decir algo ya? —preguntó Arturo, exasperado, mientras se mordisqueaba las uñas.

—¿¡Qué quieres que diga, melón!? ¡Que tendremos suerte si no cancelan el próximo partido!

—gritó a modo de respuesta—. Lo que habéis hecho es de completos irresponsables.

¡Sois unos niñatos! Desde que os ponéis la camiseta de vuestro equipo, incluso cuando os la quitáis, estáis representando algo.

¡Eso es lo más importante! ¡Lo que representáis! ¿En qué estabais pensando?

Se hizo el silencio entre todos ellos. Silas solo escuchaba el ruido que emitía Arturo al arrancarse las pielecillas de los dedos.

—En defender a un compañero —dijo Tomás, por fin.

—Uy, qué noble, claro que sí. ¡Una respuesta cojonuda! Yo no he visto eso. ¡Ni yo ni nadie! —se quejó el míster—. Además, ¡a los compañeros se los defiende en el campo! ¡No a base de golpes!

—Empezaron ellos, y si atacan a uno de nosotros es obvio que nos vamos a defender —comentó Marc—. Ninguno de nosotros empezó la pelea. Un gilipollas se enfadó por perder y por eso decidió insultar a Rowan. Él solo se defendió.

Rowan seguía con la vista fija en el suelo.

—¡Eso no es motivo, Rowan! Si alguien te insulta o te provoca, tú te callas, no le atacas.

¡Pensaba que ya veníais educados de casita!

Tienes que decírmelo a mí, o al árbitro.

No sois conscientes de que esto es muy serio.

Holt se va a cabrear y el pringao que lo pague seré yo.

Se va a abrir un comité disciplinario. ¡Igual os quedáis sin jugar!

De nuevo, se hizo el silencio entre ellos.

Silas se llevó la mano al hombro, angustiado.

—¿En serio nadie lo va a decir? —preguntó Arturo finalmente. Después miró a Rowan—: Es todo por tus putos vídeos, Rowan. Por tu culpa nos jodemos todos.

El míster enarcó las cejas.

—¿Qué vídeos?

—Vas a ser el único que no se ha enterado.

—¿En serio echas la culpa a Rowan? —le defendió Marc—. Si le han atacado a él. Menudo capitán estás hecho.

—Le han atacado porque va por ahí provocando en sus putos vídeos haciéndose el marica. Y tú no digas nada, que también estás en el ajo.

—¿¡A ti qué te pasa!? —espetó Marc.

En cambio, solo estaban discutiendo ellos tres, como si esa palabra estuviese prohibida y nadie más quisiera pronunciarla.

—¡Silencio! —exclamó el míster—. Os quiero a todos fuera ya. Rowan, tú te puedes quedar a hablar conmigo…

Si se habían hecho un solo equipo peleando juntos, ahora se iban del despacho siendo piezas rotas.

ROWAN

Domingo, 24 de noviembre, 13:30

¿Qué ha pasado con el míster?

¿Qué te ha dicho?

que no suba nada más.

Qué dices?

lo que oyes.

y qué vas a hacer tú?

pasar de él

FAMILIA CABEZÓN

Domingo, 24 de noviembre, 13:45

PAPÁ

Hoy es el día del vino argentino y,

mi favorito, el día de la sardina! Os

podéis tomar una latita para

celebrar el partido de hoy (vino

mejor no bebáis)!!

Enhorabuena, chicos!!!!

DAFNE

Gracias, papi!

MAMÁ

Silas, todo bien??? Han dicho algo

de que os habéis peleado!

no ha sido nada. Todo bien