CAPÍTULO 55
Solo podía pensar en aquello: en que tenía que hablar con Nabeel. Aunque se excusara con exámenes, entrenamientos y partidos, ella no le dejaría escapatoria.
Por eso, tras el partido, entró en la residencia masculina y se encaminó hacia el ascensor. Deseaba llegar al cuarto piso lo antes posible. Y es que, durante el partido, en todas las jugadas, había repasado todo aquello que le quería decir.
Y todo aquello que ansiaba saber.
El ascensor señaló que había llegado a su destino.
Entonces, en cuanto las puertas metálicas se abrieron, se dio un susto tremendo.
Nabeel estaba ahí, frente a ella. Llevaba una sudadera de color azul cielo, pantalones de chándal, sandalias.
Su piel dorada relucía y su cabello negro le dibujaba sombras en el rostro.
Aunque estas no eran necesarias. Las facciones de Nabeel se habían vuelto más duras: quizás porque el deporte le había cincelado el cuerpo, quizás porque se había hecho mayor en Estels.
Pero cuando la vio, sonrió. Porque, aunque estuviese molesto, seguía siendo él. Y ella no había dejado de tener ganas de besarle, de abrazarle.
Aunque la barrera entre ellos seguía alzada. La frenaban los nervios y la tensión de todas las cosas que quería contarle y las incógnitas que deseaba que se despejasen.
—Hola, Dafne. ¿Vas a ver a Silas?
—Eh. Sí. Sí.
—Pues yo bajo —dijo Nabeel, entrando en el ascensor y dejándole espacio a ella para que se apartara. Sin embargo, Dafne no se movió. Al contrario, clavó bien los pies en el suelo.
—Yo también bajo —se excusó. Nabeel enarcó una ceja.
—¿No decías que ibas a ver a Silas?
—He cambiado de idea.
Nabeel no respondió. Se situó en el lado opuesto a ella en ese angosto ascensor. Dafne se habría alegrado de compartir con él un espacio, pero Nabeel miraba al suelo y los números seguían bajando, antes de que se diera cuenta llegarían a su destino.
—Sé lo de tus padres, lo siento mucho —dijo, de carrerilla.
Y esperó alguna reacción suya, pero Nabeel bajó la vista.
—¿Te lo ha dicho Silas? Ya le vale… No… No quiero hablar de ello.
Se acercó a la puerta, listo para marcharse en cuanto se abriese. Así que Dafne dio un paso hacia delante y dio un golpe en la estructura de metal para reclamar su atención.
Nabeel alzó la vista, clavando en ella sus ojos marrones. Abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo, se oyó un estruendo y el ascensor se quedó parado.
—¿Qué? ¿Qué has hecho?
—¡Nada!
—¡El ascensor se ha parado justo cuando has dado el golpe! —insistió Nabeel.
—¡No tengo tanta fuerza! No te preocupes, llamamos al botón de emergencia y vendrán enseguida.
No eres claustrofóbico, ¿no? —preguntó y Nabeel negó con la cabeza—.
Mejor. Mi hermano sí. De pequeño siempre subía por la escalera…
Esto… Oye… Nabeel. Tienes que hablarme. Por favor.
Tenemos que hablar y solucionar todo esto.
Nabeel se sentó en el ascensor y ella lo hizo a su lado.
—Quise contártelo el otro día, pero no apareciste.
—¡Llegué tarde! Eso es todo. Rain tenía un problema y yo quería ayudarla.
Nabeel suspiró.
—Sé que intentas ayudar a todo el mundo, por eso quería que me ayudaras también. O más bien a Nora. Quería hacer una llamada contigo, quería que hablásemos de esto. De lo de mis padres. De lo nuestro. Porque estoy hecho un lío.
Clavó en ella esos gigantescos ojos marrones.
Dafne sintió que el corazón le latía desbordado en el pecho.
—Hablaremos, pero antes… Tengo que hacer algo —dijo.
Acto seguido, abrió la mochila que llevaba consigo. De ahí, sacó un rollo de canela bien envuelto, un zumo de manzana y queso.
—Sé que no estamos en Ramadán, pero quería hacer referencia a ese día.
¿Lo recuerdas? Cuando quedamos para entrenar y esperamos a que el sol se pusiera y…
—carraspeó un poco antes de seguir hablando—.
Creo que ese día me di cuenta de lo mucho que me gustabas y ese sentimiento no ha dejado de crecer.
Y por eso… Por eso quería preguntarte si quieres ser mi novio.
Nabeel abrió la boca, sorprendido. Después rio.
—¿Me estás pidiendo que seamos novios formalmente? Siempre pensé que sería yo el que te lo diría…
—¡Bueno, pues no lo has hecho! Y no pasa nada. Ya llevamos dos meses así y quería hacerlo oficial, si tú quieres…
—Sí que quiero.
—Y sé que apenas hemos tenido tiempo de vernos y que… bueno, quiero que me cuentes lo de tu familia. Que no te calles nada. ¡Que confíes en mí!
Nabeel movió la cabeza.
—Pues claro que confío en ti, Dafne. Es solo que… Nunca me habría imaginado pasando por esto. Y me siento culpable. No lo sé. Es rarísimo… Porque siempre he dicho que la familia es lo más importante y de repente…
—Lo va a seguir siendo, Nabeel. Vais a seguir siendo una familia. Te lo prometo.
Nabeel asintió.
Abrió el rollo de canela y le ofreció un trozo. Ambos le dieron un bocado.
—¿Entonces… somos novios? ¡Y encima me lo has tenido que pedir tú! Me lo voy a tener que currar mucho la próxima vez.
Dafne volvió a reírse.
—Con una canción sencillita me vale…
Nabeel asintió, como si tuviera que procesarlo.
—Yo también he pensado mucho en ese día… En el día de la comida. Me hizo muchísima ilusión. Y te lo agradezco… Y… Bueno, solo para que lo sepas, me di cuenta de lo mucho que me gustabas un poquito antes de ese día.
Dafne bajó la vista. Le sudaban las manos y sentía que había enrojecido de golpe.
—¿Cuándo? ¿Cuándo te diste cuenta?
—Pues en tu cumpleaños, cuando me dijiste que no te gustaban los Beatles —reconoció. Después, bajó la vista. Dafne hizo un mohín. No sabía ya cómo ocultar todas esas ganas de sonreír. También tenía grabado ese día en su cabeza.
—Ahora me encantan.
—Y por eso me gustas todavía más.
Alzó la vista para mirar aquellos ojos con forma de avellana que pasaban de marrón chocolate, a miel, a ámbar.
Esos labios que se curvaban en la sonrisa más amplia de todas.
Pensó que de verdad tenía poderes, porque el ascensor tembló en ese momento y del susto entrelazó las manos en las suyas y se dio cuenta de que seguían siendo tan suaves como las recordaba y de que no se quería separar de ellas jamás.
Novios. Novios. Novios. Novios.
Nabeel apretó la mano con fuerza y con la otra, con delicadeza, le acarició el cuello y la barbilla.
Dafne se inclinó un poco, dejando espacio para que Nabeel posara en ella sus labios.
Nabeel olía a aloe vera y un poco a miel, o quizás eso era solo por el color de sus ojos.
Los tenía bien abiertos mientras la besaba. Dafne, por su parte, los cerró.
Tenía claro que podría revivir ese momento tantas veces como quisiera.