FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Érase una vez un chico que nació el primero pero siempre fue el segundo.

El segundo en aprender a andar, o a correr, o a silbar, o a leer, o a cantar.

No le importaba que Dafne fuera por delante.

Adoraba a su hermana y vivir a su sombra significaba estar protegido.

Cuando alguien pensaba en los dos, como hermanos mellizos, en tándem, DafneySilas (si lo decías varias veces seguidas, muy rápido, sonaba a conjuro), pensaban en él en segundo lugar, sí, pero al menos existía. No le importaba perder.

En el colegio, separado de Dafne, siempre era el último. Se le diera bien o se le diera mal la actividad, le elegían al final. Sus compañeros pronunciaban su nombre con desprecio, casi escupiendo al hablar. Sin embargo, DafneySilas era una palabra mágica.

Dafne llenaba la vitrina de trofeos de primeros puestos y Silas lo hacía con trofeos del segundo lugar.

No le molestaba. Eran DafneySilas, no SilasyDafne.

Ella fue la primera en ganar un concurso de dibujo, aunque pintara por primera vez con esos colores que él usaba a diario.

Pero Silas continuó dibujando después de ese día y se aferró a las palabras de su abuela que le dijo una vez: «No rendirte es lo que te convierte en ganador».

Silas no se rendía. Nunca.

Se aferraba a las tres cosas que le hacían realmente feliz:

Pintar.

El fútbol.

Su hermana.

Y seguía siempre hacia delante.

Por eso, cuando se presentó a las pruebas para entrar en el F.A.R. Estels y no le eligieron, decidió que lo intentaría de nuevo el año siguiente.

Al fin y al cabo, el número dos le daba buena suerte.

Pensó que el fútbol sería algo enteramente suyo, pero siguieron siendo DafneySilas y ella fue la primera en ganar.

La primera que sostuvo un trofeo. La primera a la que le dijeron: «Te quiero».

No debería importarle, ¿no?

Estaba acostumbrado a perder. Perder estaba bien, le mantenía a salvo, le hacía sentirse seguro.

Perder solo se volvió un problema el día que Silas decidió que se merecía más.

El día que se preguntó por primera vez: «¿Por qué yo no?» e, inevitablemente: «¿Por qué mi hermana sí?». Quería a Dafne con todo su corazón, pero quererla era cada vez más difícil cuando se estaba muriendo de envidia.

«¿Sabes lo que me gusta de ti? Que siempre te alegras por tu hermana y nunca tienes celos de ella. Eso te convierte en buena persona», le dijo una vez también su abuela.

Pero eso había cambiado.

Y se sentía mala persona por ello.

Habían hecho las paces tras esa gran discusión que tuvieron el curso anterior, pero Silas aún sentía algo retorcido en la boca del estómago: una envidia que se expandía como si fuera veneno y lo contaminaba todo.

Estaba convencido de que su abuela ya no tendría motivos para estar orgullosa de él: Silas se sorprendía a veces deseando que su hermana perdiera.

También quería que Tomás perdiese, por supuesto. Y al menos eso sí que podía pensarlo y decirlo sin sentir vergüenza.

O quizás ya no, teniendo en cuenta que él estaba en su equipo.

Mientras comían en ese primer día de vuelta al F.A.R. Estels, sus compañeros no hablaban de otra cosa:

—¡Qué tío! Se mete en nuestro equipo y después no se atreve ni a bajar al comedor… —dijo Marc, jugando a lanzar guisantes con su tenedor. Uno de ellos le cayó directo en la mejilla. ¡Puaj!

—Yo creo que deberíamos hacer algo para demostrarle que no es bienvenido —añadió Arturo, apartándose el cabello rubio grasiento de la frente, escupiendo también un poco de comida al hablar.

—No sé yo… A mí me preocupa que el míster lo haya enchufado porque sin él nos es imposible ganar —se quejó Felipe.

—¡Pues claro que podemos ganar! —exclamó Arturo, dando un golpe sobre la mesa con el puño cerrado—. La última vez perdimos por Silas, pero eso no volverá a pasar.

A Silas se le cayó el alma a los pies. Arturo se dio cuenta de lo que acababa de decir y trató de rectificar.

—¡Buen rollo, buen rollo! ¡Pero esto no se repite ni de coña! Hablaré con el resto del equipo, pondremos en su sitio al gilipollas ese. —Desde que se había consolidado como capitán y tenía novia, se había crecido.

—¿Vosotros qué opináis? —preguntó Rowan.

Aunque, por supuesto, no hablaba con ellos sino con sus seguidores.

Apuntaba a sus compañeros con el móvil metido en una funda con forma de aguacate.

Desde finales de la temporada anterior y, sobre todo, en verano, las visualizaciones de sus vídeos se habían disparado.

En el F.A.R. no estaba permitido tener agente ni aceptar colaboraciones pagadas, de lo contrario, Rowan ya habría iniciado una carrera de influencer: acumulaba casi veinte mil seguidores.

Aunque la mayoría estaban enganchados a sus vídeos con Marc.

Esos seguidores los habían visto a los dos en el pueblo de Marc, corriendo entre pinos y jugando con cabras; habían visto a Rowan documentar sus progresos tras las clases de catalán que le daba Marc.

Los habían visto en el apartamento de verano de Rowan, buceando en calas y haciendo paddle surf.

Eran inseparables, y esa pregunta: «¿Estarán juntos?»

estaba presente en cada comentario. De acuerdo con las conversaciones que Silas y Marc habían tenido ese verano, no había nada entre ellos. Pero Silas no lo tenía tan claro.

Rowan seguía hablándole a la cámara cuando las chicas entraron en su campo visual.

Su hermana iba delante, como si abriera las aguas.

A un lado tenía a Rain e Irati, que balanceaban dos manos unidas y tenían los dedos entrelazados.

Al otro, Julia, que se acercó a Arturo y le dio un sonoro beso en los labios.

Pero le pareció que mientras lo besaba le estaba mirando a él.

Silas sintió un escalofrío y volvió a jurarse a sí mismo no bajar la guardia jamás.

Después miró a su hermana. Dafne brillaba.

Al verla, Nabeel se puso de pie como si su silla ardiera.

Le pareció que sus ojos eran dos linternas y que si su hermana resplandecía era también porque él la estaba mirando.

Sabía que apenas habían hablado durante el verano.

Lo sabía porque Nabeel le había preguntado un millón de veces si Dafne estaba bien.

Y él no había tenido las agallas de confesar que sentía celos por eso también.

Deseaba que durante ese curso aquel rollito extraño que se traían los dos se acabara. Nabeel había estado pillado de Dafne, claro, pero era hora de que lo superara y volviera a ser solo su mejor amigo.

—¡Nabeel! —exclamó su hermana al verle, dio un paso hacia delante, y, algo cortada, en vez de darle un abrazo le dio dos besos.

El cabello de Dafne, castaño y largo, su piel pálida y rosada a pesar del verano. El cuerpo de él, café con leche y con destellos dorados. Ella era la luna, y él el sol.

Nabeel también brillaba porque ella le estaba mirando.

Por eso, Silas confirmó que lo suyo aún no había acabado.

Y añadió aquel eclipse a la lista de cosas en las que su hermana le había ganado.