FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2)
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CAPÍTULO 1
Érase una vez una chica que se acostumbró a ganar.
Con seis años quedó primera en una carrera del colegio y le regalaron una medalla de cartón.
Le dio un mordisco, como hacían los atletas en la tele, y la llenó de babas.
Sus padres colocaron la medalla mordisqueada en una vitrina en el salón de su casa y Dafne entendió que, fuera como fuera, debía conseguir más.
Siguió esforzándose y lo siguiente en llegar fueron unos cuantos concursos de lectura rápida (Dafne lo hacía todo rápido, rápido, rápido, y así podía pasar a lo siguiente).
Diplomas de olimpiadas de Matemáticas o de Biología, medallas de competiciones de gimnasia artística, un trofeo de un triatlón al que se apuntó porque iba con una amiga…
Incluso ganó un premio de dibujo antes que su hermano (¡y eso que Silas era el auténtico artista!) .
A Dafne le gustaba ganar, sí. Pero a veces pensaba que no sentía pasión.
Su hermano ya se lo había dejado claro: «No quieres ser futbolista, no de verdad».
Por eso no entendía la cantidad de seguidores en redes sociales que había ganado en los meses anteriores, todas las personas que decían que era una inspiración y, en especial, el correo que había recibido unos días atrás:
Hola, Dafne. Tú no me conoces, pero yo a ti sí.
Soy profesora en el Minerva Gallardo, he seguido tu trayectoria y me encantaría que te pasaras un día por el centro a hablar del fútbol de alto rendimiento.
Creo que tu experiencia será muy valiosa para mis alumnas.
¿Te parece si hablamos un día y lo organizamos?
Había leído ese mensaje una vez tras otra, intentando encontrarle un sentido.
El curso anterior había capitaneado a su equipo hasta la victoria en la liga Inter F.A.R. JUVENIL B, pero nunca sintió que esa copa fuera suya de verdad. Al fin y al cabo, ella era un remplazo. Tenía claro que jamás habría sido capitana si Saylor no se hubiera lesionado.
Por eso dejó que el correo se perdiera en la bandeja de entrada y se prometió a sí misma que durante el nuevo curso no fallaría ni una vez porque, quizás así, se sentiría merecedora de sus logros.
Después de que sus padres se despidieran de Silas y ella en el campus, lo único que tenía en mente era la mudanza a su nueva habitación, en esta ocasión más espaciosa e incluso con baño individual.
Ya había vaciado la primera maleta, guardado toda su ropa en el armario y colocado la colección de zapatillas al lado de su cama, y estaba a punto de atacar la segunda cuando Irati apareció en su puerta.
—Oye, ¿no te da pena esto de no compartir cuarto? —le preguntó su amiga, haciendo un puchero y apartándose un mechón rubio de la cara.
Durante el verano, la melena le había crecido (decía que estaba deseando cortársela otra vez) y también se le había aclarado.
Le habían salido pecas nuevas decorando su nariz redonda y sus hombros estaban fuertes y tonificados.
Según le había contado, además de entrenar para preparar la nueva temporada de fútbol, había pasado el verano nadando y se le notaba porque tenía la espalda más ancha que nunca.
Habían acordado verse, al igual que con otras de sus compañeras, pero al final había resultado imposible.
En parte, Dafne lo prefería a así. Estaba deseando conocer a las nuevas versiones de todos sus amigos.
—¡Muchísima pena! Pero al menos nuestras habitaciones están pegadas, va a ser como si nada hubiera cambiado —respondió Dafne, convenciéndose a sí misma.
Irati se encogió de hombros, después vio algo y exclamó:
—¡Esa foto es mía!
Justo encima de la cama, al lado de la ventana, Dafne había construido un pequeño museo.
Fotos, postales y recortes de periódicos que habían hablado de ellas el curso anterior.
Una postal de Sevilla manchada de sudor, una invitación a una cena de gala, un selfi con el míster, un palo fluorescente de aquella fiesta en el bosque, una foto de ese verano con sus amigas de casa…
Pero Irati no se fijaba en eso sino en una instantánea en la que se la veía besando a Rain en el campo de fútbol, con la nieve cayendo a su alrededor.
—¡No es tuya, simplemente sales tú! —replicó Dafne. Pero Irati se hizo con la foto y la apretó contra su pecho. Después se dejó caer encima de la cama.
—Bueno, pero es que no sé si me encanta que tengas una foto mía y de mi novia.
—¡Es que sois tan monas…! —exclamó Dafne, tumbándose a su lado.
Las dos se quedaron en silencio.
La luz que atravesaba la ventana abierta de su habitación teñía toda la estancia de reflejos arcoíris, la brisa era suave y se escuchaban conversaciones, risas, promesas, todas unificadas como si estuvieran diseñadas para ser simplemente música de fondo.
Incluso estaban integradas con la canción que sonaba desde el móvil de Irati.
Think I’m gonna call it off
Even if you call it love
I just wanna love someone who calls me «baby»
Dafne echó un ojo a los mensajes que le habían llegado:
Tanit
¡Que pases un buen primer
día! ¡Luego nos cuentas!
Aamamá
Quiero foto de cómo queda la
habitación
Veía los mensajes aparecer en su pantalla y respondía solo en su cabeza así que seguían acumulándose.
Nabeel
Nos vemos luego?
Acompañando al mensaje venía una foto de su hermano, Silas, rodeado de ropa y con cara de estar completamente desquiciado.
Nabeel
Ya no compartimos cuarto,
pero el tío sigue viniendo a
reñirme.
Le pareció que Irati le leía el pensamiento, porque en ese preciso instante preguntó:
—¿Qué es esto?
Señalaba otra de las postales que había en la pared: unas dunas, una palmera y una mezquita. Dafne se tensó:
—¡Nada!
—¿Cómo que nada?
Irati quiso arrancar la postal de la pared y Dafne se lo impidió. Pelearon. La empapó de ese aroma a lavanda que desprendía su melena.
—Es de Nabeel —confesó—. Me la mandó este verano, de cuando estuvo en Marruecos con sus abuelos.
—¿Y puedo leerla?
—¡Ni de coña! —exclamó, quitándosela de las manos.
—¿Qué se supone que hay entre vosotros?
Dafne arrugó los labios. Lo cierto era que apenas había hablado con Nabeel durante el verano, y no tenía claro si lo que sentían el uno por el otro era más que amistad.
Lo que sí sabía era que cada vez que estaba cerca de él algo en su pecho extendía las alas, crecía y crecía, y que, aunque se moría de ganas de pasar tiempo con él también le aterraba que su relación se estropeara.
En el fondo, si había colgado esa foto de Irati y Rain besándose bajo la nieve, lo había hecho buscando inspiración: ese curso le encantaría dejarse llevar y vivir una historia de amor tan bonita como la suya.
—¡Mierda! Son casi las doce… Rain me ha dicho que vendría cuando acabase con su mudanza.
—Tía, que vas a hiperventilar.
—¡Es que debe estar al caer! Ven, acompáñame a mi cuarto, que no sé qué ponerme… —Irati se giró, la apuntó con un dedo y exclamó—: ¡Y por cierto! ¡Nabeel y tú! Nuestra conversación no se ha acabado.
Dafne rio y se apartó un mechón de pelo de la cara. La siguió con los pies descalzos. Como sus habitaciones eran contiguas, apenas tardó unos segundos.
Irati se quitó las zapatillas rápidamente, se bajó los pantalones y empezó a dar saltos por la habitación buscando qué conjunto ponerse.
—¿Te gustan? —preguntó, enseñándole unos pantalones de campana de color amarillo chillón.
—Pues claro.
—A mí no… ¡Qué hortera!
Se probó una falda vaquera corta, que se quitó enseguida, y después volvió a ponerse los mismos pantalones cargo y unas Nike. Se movía acelerada, como si fuera un cachorro. Dafne se enterneció.
—Rain tiene que quererme exactamente tal y como soy, ¿verdad? —preguntó, aunque seguro que solo quería convencerse a sí misma.
Dafne fue hacia la puerta para marcharse a su cuarto, con la intención de dejarlas solas. En ese momento, llamaron a la puerta y no le quedó otra que abrir.
Rain atravesó el espacio como si fuera un vendaval, con ráfagas de aire como cascabeles.
Sus trenzas azules rompieron el espacio convertidas en pura lluvia, además, su rostro relucía manchado por unas cuantas gotas de sudor.
Irati ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar.
Aterrizó sobre la cama recién hecha, con los brazos abiertos, riendo sin cesar mientras Rain la abrazaba.