Famosa hasta la muerte 58
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S e golpeó la cabeza contra algo duro. Aterrizó en el suelo.

Un ramalazo de dolor le subió desde la rodilla hasta el cráneo.

Rodó sobre un costado, le pitaron los oídos y cientos de destellos blancos le surcaron la visión.

Entonces le llegó el aroma a humo. Se llevó los dedos a la cabeza y, al apartarlos, se fijó en que estaban ensangrentados.

¿Le habían disparado? Se recorrió la cabeza en busca de un agujero de bala, pero solo se topó con una brecha.

Alargó una mano y rozó el filo duro de una mesilla de noche.

Intentó ponerse en pie, pero las piernas no le respondieron y todo le daba vueltas.

En la distancia, oyó a alguien gritar. ¿Era ella quien estaba gritando? No, no era ella. Se obligó a estirar las piernas y a ponerse de pie. Estaba tirada junto a la cama. Había muchísima sangre. Tanta que tuvo que apartar la mirada. No podía soportarlo…

A través del zumbido de sus oídos, le llegó el sonido de la madera al astillarse. Seguido de una serie de gritos.

—Las armas… abajo… en la cabeza…

No pudo entenderlo todo.

Algo pesado cayó al suelo con un golpe sordo.

Oyó a alguien gritar un nombre. Su nombre.

Entonces notó cómo le colocaban una mano en la espalda. Conocía aquella voz que le estaba diciendo que todo iría bien. Que todo había acabado.

Oliver.

Se dio la vuelta, se dejó caer contra su pecho, con el cuerpo flácido.

Él la rodeó con los brazos y la llevó hasta una silla.

Entonces su rostro apareció de repente frente a ella.

La estaba mirando a los ojos. La cabeza le pesaba demasiado, no podía mantenerla erguida.

Entonces apareció otra cara que no llegó a ver del todo, porque en ese mismo instante, un destello le surcó la visión y todo se volvió negro.

Abrió los ojos lentamente, pero volvió a entrecerrarlos porque la luz que lo iluminaba todo a su alrededor era demasiado brillante. Entonces le llegó el suave pitido de las máquinas. La cabeza le palpitaba de dolor, como si alguien le estuviese dando un golpe tras otro.

El rostro de Colby se cernió sobre el suyo.

—¡Está despierta! ¡Está despierta! —Salió corriendo hacia la puerta—. ¡ESTÁ DESPIERTA!

Stevie se estremeció. La voz le salió ronca al hablar.

—Más bajo.

—Bebe. —Alguien le metió un sorbete en la boca, y entonces el rostro de Marnie apareció de repente en medio de su campo de visión—. Stevie, cariño, estás en el hospital, te has dado un buen golpe en la cabeza y te has desmayado. Llevas un buen rato perdiendo y recuperando la conciencia.

Escupió el sorbete.

—¿Me he desmayado? —Tenía el cerebro hecho una papilla, ni siquiera podía recordar lo que había ocurrido. Se acordaba de oír cómo alguien liberaba el seguro de una pistola, después había venido la explosión de luz y sonido, y entonces… nada.

El rostro de Colby volvió a aparecer frente al suyo, con los ojos como platos.

—Sí, sí, menuda has liado.

Stevie trató de hacer memoria, de acordarse de algo. Annie. La pistola.

—¿Y Kirk Tyler? Está…

—Se ha quedado sin un testículo —comentó Colby animada, asintiendo con la cabeza, triunfante.

—¿Un testículo? —Luchó contra las sábanas ajustadas de la cama del hospital para tratar de incorporarse.

—Anda, deja que te ayude. —Colby le dio a un botón que había en el lateral de la cama para elevarla lentamente.

Marnie se dejó caer sobre una silla y se echó hacia delante.

—Estaría muerto si no te hubieses lanzado sobre Annie; al menos, eso es lo que ella dice. Aunque de haberlo hecho dudo que mucha gente hubiese llorado su muerte.

—Me alegro de que esté vivo.

Stevie se volvió hacia aquella voz. Hal estaba sentado en una silla, en un rincón. Tenía las manos entrelazadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Parecía tan abatido… A Stevie se le encogió el corazón al verlo así.

—Debe ser juzgado, pagar por lo que ha hecho —añadió Hal.

—¿Lo sabes? —le preguntó Stevie, y su mirada se encontró de inmediato con la de su hermano—. ¿Lo que ocurrió… con Blair y Mia? ¿Por qué Annie…? —No podía ni siquiera decirlo en voz alta.

Marnie le dio la mano.

—Lo sabemos —le dijo, en apenas un susurro—. Annie nos lo ha explicado todo.

—Me dio una coartada —añadió Hal en un murmullo—.

Cuando esa noche le pregunté por qué lo había hecho, dijo que lo hizo para protegerme, porque, por lo que había dicho sobre Blair en el pasado, podría ser sospechoso de su asesinato.

Le dije que no debería haberlo hecho, porque era inocente, así que aquello no tenía por qué tener importancia.

—Hal sacudió la cabeza—. Cuando volvió después de…

—Tragó con fuerza y respiró hondo—. Me dijo que había ido a la iglesia, a misa, pero que no había habido nadie allí, que incluso el párroco se había ido al concierto.

Nunca se me pasó por la cabeza que me hubiese mentido…

, que me hubiese dado aquella coartada no para protegerme a mí, sino a sí misma…

—Lo siento mucho —dijo Stevie, y le tembló el mentón por las ganas que tenía de echarse a llorar—. ¿Cómo se supone que vamos a…? Después de todo esto… Es demasiado… —La voz se le quedó atascada en la garganta y acabó soltando un sonoro sollozo.

Hal se acercó a ella con paso firme, con el rostro surcado de lágrimas. Tomó la mano libre de Stevie.

—No lo sé, Stevie. No lo sé. —Se le quebró la voz al hablar y todo su cuerpo se estremeció cuando se dobló sobre sí mismo, apoyando la cabeza sobre el hombro de Stevie y sollozando desconsolado—. Pero Annie y tú habéis encontrado a Mia, Stevie. La habéis encontrado.

Stevie le acarició la cabeza a su hermano y dejó que llorase sobre su hombro, sin poder evitar hacerse una pregunta con cada lágrima que derramaba sobre su piel; ¿había merecido la pena?

¿Valía la pena saber la verdad si traía consigo tanto dolor?

¿Era mejor que no saberlo? No tenía respuesta para ninguna de esas preguntas.

Stevie estaba entrando y saliendo constantemente de un estado de consciencia, por culpa de la morfina que le estaban inyectando a través de una vía intravenosa, cuando alguien llamó a la puerta de su habitación del hospital.

La iban a mantener ingresada y en observación toda la noche.

Al parecer, el golpe que se había dado en la cabeza había sido bastante fuerte, y habían tenido que darle varios puntos en la brecha, pero los médicos no creían que hubiese sufrido ningún daño importante a nivel cerebral.

Colby se había puesto a celebrarlo nada más oírlo, dando patadas al aire y usando un par de orinales en lugar de pompones.

Al principio a Stevie le había parecido adorable («Dadme una N, dadme una I»), pero al final había resultado que no tenía la resistencia suficiente como animadora para deletrear «ningún daño importante» y, de todos modos, a su público tampoco le habría gustado tener que escucharla deletrear todo eso.

Volvieron a llamar a la puerta. Stevie intentó gritar para pedirle a quienquiera que estuviese ahí fuera que entrase, pero la voz le salió demasiado débil.

—Adelante —dijo, arrastrando las letras.

Usó el botón para incorporar la cama. Estaba un poco mareada, no, bastante mareada, pero era un mareo bueno, sin duda.

Oliver se asomó al interior de la habitación.

—Hola, solo me pasaba a comprobar cómo estabas.

Lo veía borroso.

—Oh, ¡has venido a ver cómo estoy! —se oyó decir Stevie.

Intentó pensar en cómo se encontraba, pero estaba demasiado confusa—.

Creo que las cosas van mal, pero muy muy mal.

Mi familia son una banda de criminales, bueno, no todos.

Pero teniendo en cuenta todo lo que ha pasado, ahora mismo estoy de lujo.

Oliver esbozó una sonrisa.

—Te han puesto una medicación bastante fuerte, ¿eh?

—¿Por qué dices eso?

—Por nada.

—Quería darte las graciassssss. —Stevie alargó una mano hacia su rostro y le dio un toquecito en la nariz—. Por aparecer en el hotel cuando lo hiciste.

Oliver soltó una sonora carcajada.

—Deberías darle las gracias a Colby. Se presentó en mi casa en mitad de la noche, me sacó a rastras de la cama y me llevó en coche hasta el hotel.

De camino allí llamé para pedir refuerzos, aunque admito que no estaba demasiado seguro de que fuese a sobrevivir al trayecto.

Esa chica conduce muy rápido. Y mal. Muy mal.

—Negó con la cabeza como si estuviese rememorando aquel momento—.

Cometió al menos catorce infracciones de tráfico solo en mi calle.

Stevie esbozó una sonrisa.

—Típico de Colby.

—Pero se preocupa mucho por ti. Cuando oyó el disparo, un agente tuvo que retenerla para que no irrumpiese en la habitación armada tan solo con un espray de pimienta.

—Es la mejor —repuso Stevie—. La mejor de los mejores.

—Supongo que hace falta ser una buena persona para reconocer a otra —comentó Oliver, y entonces tosió y frunció el ceño—. También esperaba poder concertar una cita para reunirme contigo oficialmente.

—Eso suena demasiado serio. ¿Me he metido en algún lío?

Él frunció el ceño.

—¿Por qué ibas a haberte metido en un lío?

—Me colé en la habitación de Kirk Tyler y lo amordacé con cinta aislante.

Oliver tuvo que apretar los labios con fuerza para no reírse.

—Ya, eso ha sido un poquito delictivo por tu parte, pero no creo que te merezcas pasar tiempo entre rejas por ello. —Le guiñó un ojo y Stevie no pudo evitar sonreír—. ¿Cuándo te darán el alta?

—Mañana. ¿Qué tenías pensado para nuestra cita oficial? ¿Un restaurante elegante? ¿Un asador?

—En realidad, me refería a reunirnos en la comisaría, para tomarte declaración.

Stevie levantó los brazos.

—¡Pues en la comisaría se ha dicho!

—¿A las tres te viene bien?

—¡Tiene usted una cita, Oliver agente! —Stevie frunció el ceño. Volvió a intentarlo—. ¡Oliver agente Dean!

Oliver carraspeó con fuerza.

—Sí —dijo—. Muy bien. A las tres. Nos vemos.

Se dio la vuelta como si fuese a marcharse, pero entonces se giró de nuevo hacia ella.

—¡Hola otra vez! —le saludó Stevie.

—Oye, si te apetece, quizás también podríamos intentar tener esa otra cita en un restaurante elegante o en un asador.

—Bajó la mirada hacia sus manos, como si de repente se sintiese increíblemente inseguro—.

Pero solo si tú quieres, claro. Lo siento.

¿Qué narices estoy haciendo? Estás drogadísima ahora mismo por culpa de los calmantes y yo…

—No, no pasa nada. Estoy bien. Muy muy bien y me…

La interrumpió el ruido de unos orinales al entrechocarse y la puerta de la habitación al abrirse de golpe.

—¡Dadme una N! ¡Dadme una I!

—¡Los orinales otra vez no! —Stevie señaló a Colby con un dedo tembloroso—. Te quiero, Greeny Colb, pero ¡deja los orinales de una vez!

Colby se encogió de hombros, le tendió los orinales a Oliver, que se limitó a observarlos con confusión antes de dejarlos sobre una mesilla.

Colby se sentó a los pies de la cama de Stevie.

—¡Solo estaba celebrando que no te has roto el cerebro! —Pasó la mirada de Stevie a Oliver y frunció el ceño—. ¿Es que he interrumpido algo?

—Estoy muy muy bien —dijo Stevie—. Dile a Ollie que estoy muy muy bien.

Su amiga la observó confusa, entre varios parpadeos.

—Creo que deberíamos hablar con una enfermera sobre la dosis de morfina que te han puesto .