Famosa hasta la muerte 38
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S tevie se subió al coche, lanzó su bolso al asiento del copiloto y cerró la puerta de un portazo.

Empezó a tamborilear los dedos sobre el volante y esperó a que Colby saliese de su casa.

Le había dicho que necesitaba ir al baño antes de irse.

«No puedo interrogar a Bex Lyons con la vejiga llena, Stevie».

Stevie pensó en su padre. Era evidente que estaba escondiendo algo. Pero ¿el qué?

—Te he traído un regalo.

¡Mieeeerda!

El corazón se le detuvo por un momento, y todo su cuerpo se puso en tensión. Alzó la mirada rápidamente hacia el espejo retrovisor.

Joder. Joder. Joder.

Era él.

El hombre de la gabardina.

Y estaba en el asiento trasero de su coche.

La observó desde debajo de la visera de su gorra de béisbol. Con sus ojos oscuros iluminados de emoción y una sonrisa dibujada en los labios.

—En realidad es para Blair. —Su voz sonaba suave, casi dulce.

Stevie tenía que salir del coche. Debería ponerse a gritar. ¿Por qué no podía moverse? ¿Dónde se había metido su voz?

¡Haz algo! ¡Haz algo!

Él le mostró una caja, la abrió y sacó un vestido satinado blanco, para después pasárselo contra su mejilla flácida.

A Stevie cada vez le costaba más y más respirar, como si le faltase el oxígeno dentro de ese coche. Y su cerebro no paraba de gritarle una y otra vez lo mismo.

¡Grita! ¡Corre! ¡Haz algo!

Bajó la mirada por su costado. ¿Llevaba un cuchillo escondido bajo el abrigo?

El corazón se le detuvo de nuevo. Tenía que hacer algo.

Observó su bolso de reojo. ¡El espray de pimienta!

Sus manos no parecían querer cooperar, porque era como si no pudiesen soltar el volante, como si se negasen a hacerlo.

¡Suelta el volante y usa el maldito espray de pimienta!

El tipo se echó hacia delante, entre los asientos, y le tendió el vestido.

—Se suponía que Blair debía llevar este vestido cuando nos casásemos. La amaba. Pero eso ya lo sabías, ¿verdad, Stevie? Recibiste mis otros regalos. ¿Te importaría asegurarte de que entierren a mi princesa con este vestido? Es lo que ella habría querido.

Y una mierda.

Stevie le quitó el vestido de las manos, se lo tiró a la cara y después se lanzó hacia su bolso.

Con las manos temblorosas, sacó el espray de pimienta, lo apuntó con él y apretó el pulverizador.

Pero el líquido salió disparado hacia la ventana del conductor, cubriendo el cristal con una fina capa de neblina blanca.

¡Mierda! ¿Cómo había podido cagarla tanto!

Tosió con ganas, con los pulmones aullándole de dolor y los ojos ardiéndole por culpa del espray. Idiota. Idiota. Idiota. Le dio la vuelta a la lata y apretó de nuevo el pulverizador.

—¡Esto es por Catsy! —gritó.

Su segundo intento sí que dio en el blanco. El hombre retrocedió en su asiento, gritando y llevándose los puños a los ojos.

Stevie abrió la puerta del coche de un tirón e inspiró profundamente, tratando de respirar aire fresco.

Intentó salir del coche como fuese. El cinturón de seguridad se le tensó sobre el pecho.

Se dio la vuelta, forcejeó para desabrocharlo y se lanzó hacia la carretera rodando.

Se puso a cuatro patas, inhalando con fuerza, y fue como si cada respiración le rasgase los pulmones por dentro.

—¡¿Stevie?!

Vio un destello de movimiento; las botas de Colby, rápidas y decididas, dirigiéndose hacia ella a la carrera.

—¡Llama a la policía! ¡Está en el coche! —jadeó. Le ardían los ojos y la nariz—. ¡Le he rociado con espray de pimienta!

—¿A quién? ¿Al acosador?

—¡Sí! —Tosió y rodó hasta tumbarse de espaldas en la calzada y respiró hondo de nuevo. Se le estaban empezando a hinchar los ojos y a cerrársele los párpados.

—¡Madre mía! —Colby se cernió sobre ella, llevándose el teléfono al oído—. ¡Emergencia en Oak Crescent! ¡Envíen a todas las unidades disponibles! ¡Hay un acosador suelto! ¡No, no estoy de broma! ¡Esto es una emergencia de verdad!

Después de colgar, volvió a guardarse el teléfono y se agachó junto a Stevie, recorriéndola de arriba abajo con la mirada, nerviosa.

—¿Estás bien?

«Bien» quizás era exagerar un poco, porque le ardían los pulmones y los ojos le escocían horrores, pero Stevie asintió con la cabeza.

—¡Espera aquí! ¡Está intentando escapar! —Colby se incorporó, sacó su propio espray de pimienta del bolso y lo agitó con fuerza—. Creo que le hace falta una segunda dosis.

La chica salió corriendo hacia el coche, introdujo un brazo por la puerta del conductor y le roció la cara con el espray de pimienta. Acto seguido, cerró la puerta de un portazo y asintió triunfal, pero entonces se abrió la puerta trasera.

El acosador se bajó del coche a duras penas, lanzándose a la calzada, jadeante, con los ojos enrojecidos, y entonces, un cuchillo se le cayó del abrigo, estrellándose contra el suelo con un ruido metálico.

—¡Púdrete en la acera! ¡Está fuera de combate! —gritó Colby.

Stevie se incorporó, poniéndose de rodillas, e intentó abrir los ojos.

—¡No te acerques a él! —Volvió a toser. Le ardían los pulmones.

Colby salió corriendo hacia el acosador, con sus botas de correr resonando sobre la calzada.

—¡Colby!

El hombre se puso de pie entre tambaleos, doblado por la tos, tratando de tomar aire.

Avanzó a trompicones, tambaleándose hacia la izquierda y luego hacia la derecha.

Clavó la mirada en el cuchillo que se le había caído.

Colby se le adelantó, llegó hasta él primero y lo apartó de allí de una patada, lanzándolo volando debajo de un coche.

Y después se abalanzó sobre él, lanzándose por los aires y aterrizando sobre su espalda.

El hombre se cayó de bruces al suelo y se retorció bajo su cuerpo, tratando de quitársela de encima.

—¡No vas a ir a ninguna parte, rarito! —Colby le rodeó con los brazos y las piernas, aferrándose a él como un koala enfadado—. ¡Mataste a Blair Baker!

—¡No! —El acosador se tambaleó hacia un lado—. ¡Yo la quería!

Todavía medio encorvada, Stevie se acercó a ellos.

—Pero ¡si le disparaste! —gritó Colby.

—Yo no le disparé. ¡La amaba! —El hombre se dio la vuelta, retorciéndose y contorsionándose bajo el cuerpo de su amiga.

Colby se aferró a él con más fuerza.

—¡Eso díselo a la policía, monstruo!

—¡No me llames así! —Su rostro se contrajo en una mueca furiosa, y su voz cobró un tono mucho más grave y ronco. Se retorció bajo el agarre de Colby, de forma repentina y con violencia.

Su amiga se cayó al suelo, pero reaccionó rápidamente, agarrándole del tobillo antes de que pudiese escapar y derribándolo en el proceso. Stevie se abalanzó sobre él, clavándole el codo en la espalda. El hombre soltó un gruñido cuando el golpe le robó el aire de los pulmones.

—¡Que yo no lo hice! —gritó, con la voz entrecortada, como si las palabras se le hubiesen quedado atoradas en la garganta.

Colby se abrazó a una de sus piernas y se aferró a ella con todas sus fuerzas cuando el acosador intentó arrastrarse para escapar.

—¡No te creemos!

—¡No fui yo! —El hombre trató de zafarse de su agarre dándole una patada con la pierna libre.

Stevie la agarró antes de que pudiese hacerlo, y también se abrazó a ella con todas sus fuerzas mientras él intentaba arrastrarse sobre la calzada.

Stevie y Colby tiraron de él hacia atrás, valiéndose del peso de sus cuerpos para detenerlo.

Entonces les llegó el sonido de unas sirenas. La policía ya no estaba muy lejos, probablemente a tan solo un par de calles de distancia.

Él también las oyó y luchó con todas sus fuerzas por zafarse de su agarre, arrastrando el vientre por el suelo y tirando de Colby y de Stevie con él. Debían de parecer una ridícula carretilla humana.

—¡No le sueltes! —dijo Colby.

Como si Stevie necesitara que se lo recordasen.

—¡No fui yo! ¡No podría haberlo hecho!

Las sirenas cobraron fuerza. Stevie echó un vistazo a su espalda, veía el destello de las luces azules al final de la calle borroso por culpa de los ojos llorosos.

—¡No podría haberlo hecho porque estaba en la cárcel cuando mataron a Blair!

¿En la cárcel? El cerebro de Stevie era incapaz de procesar esa nueva información en ese momento.

Colby le tiró con fuerza de la pierna.

—Está mintiendo.

El hombre tosió con fuerza, intentando aclararse la voz.

—¡No estoy mintiendo! ¡Yo no lo hice!

El chirrido de unas ruedas al frenar de golpe, el sonido de las puertas de varios coches al abrirse, y el ruido de unas pisadas resonando con fuerza sobre la calzada, acercándose a ellos.

Y entonces, por fin, un grito.

—¡Alejaos del sospechoso! ¡Nosotros nos encargamos del resto !