Famosa hasta la muerte 36
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S tevie se despertó temprano aquella mañana, descorrió las cortinas y abrió la ventana para airear un poco la habitación.

La noche anterior, Annie y ella se habían pasado hasta la madrugada viendo un episodio tras otro de un programa horrible en el que los famosos tenían que hacer tartas hiperrealistas.

Era de lo más estúpido y cursi, y justo lo que Stevie necesitaba.

Durante unas cuantas horas, había sido capaz de olvidarse de todo, de dejar a un lado todo lo que sabía sobre motivos, sospechosos, armas homicidas, correos electrónicos y llamadas.

Le dejó una nota a Annie para darle las gracias por todo y se marchó a casa y, en cuanto llegó, se encontró a Catsy tumbada en el porche, calentándose bajo el sol de la mañana. Stevie se agachó a su lado y le acarició la barriga, y después entró en casa, lista para ver a su padre.

Frank estaba sentado a la mesa de la cocina, con la mirada perdida. Tenía el cabello revuelto y los ojos enmarcados por unas profundas ojeras oscuras.

—Hola, papá. —Stevie le dio un suave apretón en el hombro—. ¿Has encontrado algo en el expediente del caso de Aaron Taylor? —le preguntó, esperanzada.

Frank negó con la cabeza. Apretó los dientes con fuerza por un momento, como si estuviese mordiéndose la lengua para no decir nada, y después clavó la mirada en la mesa. El silencio se extendió a su alrededor. Stevie no sabía si estaba frustrado o era algo completamente distinto.

—¿Nada de nada? —insistió. Tenía que haber leído su informe y haberse dado cuenta de que había un error—. ¿Repasaste los testimonios de todos los testigos?

—Sí, Stevie. —Parecía irritado. Debió de darse cuenta de lo brusco que había sonado, porque se frotó la cara y añadió—: Lo siento, anoche no pude dormir mucho.

Stevie quería insistirle un poco más, pero acabó decidiendo que quizás no era buena idea presionarlo. Lo volvería a intentar cuando no estuviese tan cansado. Abrió uno de los armarios.

—Parece que no te vendría nada mal una taza de café. Sé dónde esconde mamá las cápsulas de café del bueno, pero no se lo digas a ella.

—¿Has estado en la buhardilla? —le preguntó Frank de repente.

Se volvió hacia él, con la mano todavía en la puerta del armario que acababa de abrir.

—¿En la buhardilla? ¿Por qué lo preguntas? —Intentó sonar sorprendida, pero incluso ella se percató de que sonaba muy poco convincente.

—Tú responde a la pregunta. —Le temblaba la voz, como si estuviese tratando de controlar su ira.

Stevie dejó caer la mano al costado.

—Después de que el tío Jimmy nos dijese lo de la pistola. Subí para revisar las notas del caso.

—¿Y qué encontraste?

Stevie se mordió el labio inferior y se obligó a decirle la verdad.

—Creo que cometiste un error en tu informe. Shiralee Rogers solo vio a una persona esa noche trepando la valla del aserradero.

Stevie aguardó a que explotase, a que le dijese que no tenía ningún derecho a leer informes policiales, que no debería estar investigando el caso, que no tenía derecho a cuestionar su profesionalidad. Pero no lo hizo.

—¿Y nada más? —La miró fijo a los ojos—. ¿No te llevaste nada de esa caja que no deberías haberte llevado?

Stevie frunció el ceño, porque no tenía ni idea de a dónde quería llegar con eso.

—¿Como qué?

Su padre la observó atentamente, como si estuviese tratando de dilucidar por su expresión si le estaba diciendo la verdad o no.

—¿Como qué, papá?

Frank asintió, y su comportamiento cambió en tan solo un segundo.

—Nada, cariño, no importa. —Se frotó las manos y esbozó una sonrisa—. Ahora, ¿y ese café que me habías prometido?

Stevie se quedó mirándolo fijamente. ¿Qué narices acababa de ocurrir?

—¿Como qué, papá?

—Me pareció que faltaban unas cuantas notas del caso en la carpeta, eso es todo —repuso como si nada. Y después se levantó de su asiento y sacó un par de tazas del armario.

—¿El testimonio de Shiralee? —le preguntó Stevie.

Frank frunció el ceño, y Stevie se preguntó si estaría a punto de enfadarse con ella por haber sugerido que había cometido un error en el informe, pero entonces apartó la mirada.

—Sí, su testimonio.

Ya…, pero ¿eso era todo?

—Tampoco es para tanto, seguro que en la comisaría guardaron alguna copia. Así que, bueno, ¿dónde dices que esconde tu madre las cápsulas buenas?

Stevie señaló la balda superior del armario.

—Dentro de la enorme olla de hierro fundido, ¿llegas?

Frank sacó el paquete de cápsulas de café de su interior y esbozó una sonrisa triunfal.

—Bingo. ¿Tú también quieres uno?

Stevie se quedó mirándolo fijamente, confundida.

—¿En serio no vas a regañarme por haber rebuscado entre los papeles del caso?

—¿Tengo que hacerlo? —repuso—. Sabes perfectamente que lo que hiciste no estuvo bien.

—No, no tienes por qué hacerlo —respondió despacio. Aunque quizás estaría menos nerviosa si lo hubiese hecho.

—Entonces…, ¿te apetece un café?

Estaba a punto de preguntarle por qué se estaba comportando de una forma tan extraña cuando comenzó a sonarle el teléfono sobre la encimera de la cocina.

Frank se lanzó hacia él y lo agarró a toda prisa, pero Stevie pudo ver lo que se iluminó en la pantalla antes de que lo hiciera: un mensaje de un número desconocido.

—Lo siento, es Jimmy, debería llamarle —comentó, antes de marcharse hacia el pasillo.

Mentira. Le había mentido a la cara.

Se dejó caer contra los armarios de la cocina, con el sudor impregnándole la nuca. Ese comportamiento tan extraño, las llamadas y los mensajes del número desconocido… Su padre estaba ocultando algo. Y ella necesitaba marcharse cuanto antes. Salir de esa casa. Hablar con alguien.

Sacó su teléfono del bolsillo y llamó a Colby.

—Hola, ¿puedo ir a tu casa?

—¡Justo estaba a punto de llamarte! —dijo Colby—. He recibido un mensaje, bueno, dos en realidad, de dos chicas que estarían dispuestas a testificar contra Kirk Tyler.

El corazón de Stevie comenzó a latir el doble de rápido.

—Voy para allá ahora mismo.

Salió corriendo hacia su coche y pulsó el botón del mando para abrirlo, solo para darse cuenta un segundo después de que ya estaba abierto.

Mira que eres tonta. Vale, sí, había estado un poco distraída con todo lo de su padre, pero el acosador se había colado en su cuarto hacía tan solo unos días y, aun así, se le seguía olvidando constantemente cerrar con llave su estúpido coche .