CAPÍTULO 18 — MATEO
Los meses que siguieron a la fiesta de presentación se convirtieron en la época más feliz que recordaba haber vivido en toda mi existencia, una vez que Val y yo aprendimos definitivamente a nombrar abiertamente nuestros miedos en vez de dejar que se convirtieran silenciosamente en peleas cargadas de suposiciones no verificadas.
Nos instalamos, casi sin planearlo conscientemente, en una rutina compartida que se sentía cada vez menos como una farsa cumpliendo obligaciones legales y más como una vida genuinamente real construida entre dos personas que simplemente querían estar juntas: desayunos improvisados en la cocina acogedora de mi casa, que poco a poco, sin ninguna declaración formal, se convirtió naturalmente en nuestra casa compartida, tardes enteras revisando barricas juntos en la bodega ahora unificada, discutiendo apasionadamente mezclas de vino con una pasión compartida que ninguno de los dos había encontrado antes con ninguna otra persona.
—Esta mezcla específica necesita más garnacha —dijo Val una tarde tranquila de octubre, con el ceño fruncido concentradamente sobre una copa de prueba, completamente absorta en su elemento natural de trabajo.
—O quizás menos tiempo en barrica de roble.
—Absolutamente no, de ninguna manera. —Me lanzó una mirada de indignación fingida que ya reconocía perfectamente como parte de nuestro juego habitual y cariñoso—.
Este vino específico necesita tiempo suficiente para desarrollarse correctamente, Mateo.
Como todo lo que realmente vale la pena en la vida.
—¿Hablamos técnicamente del vino o hablamos en realidad de nosotros dos? —pregunté, acercándome deliberadamente por detrás para rodearla completamente con mis brazos, apoyando suavemente la barbilla en su hombro.
—Tal vez hablamos simultáneamente de las dos cosas a la vez. —Se recostó cómodamente contra mí, con un suspiro evidente de contento genuino—. Aunque debo admitir honestamente que nosotros dos nos desarrollamos considerablemente más rápido que cualquier vino decente y bien elaborado.
—No me quejo en absoluto del resultado final obtenido.
Se giró completamente entre mis brazos, besándome con una familiaridad cálida que ya no tenía absolutamente nada de la urgencia nerviosa característica de los primeros meses juntos, sino algo considerablemente más profundo, más asentado emocionalmente, la clase específica de intimidad que solamente se construye gradualmente con tiempo compartido genuino y confianza mutua ganada con esfuerzo.
Andreu, para sorpresa genuina de todos los presentes, se convirtió gradualmente en uno de los defensores más entusiastas de la fusión completa, dedicando generosamente horas enteras a enseñarle pacientemente a Val técnicas de poda tradicionales específicas de la familia Ferrer que había guardado celosamente durante décadas enteras, mientras mi madre —a quien Val insistía cariñosamente en llamar así, aunque técnicamente todavía no era su suegra de manera completamente oficial— pasaba tardes enteras junto con la madre de Val planeando meticulosamente la expansión futura de la línea de productos conjunta.
—Nunca pensé sinceramente que vería llegar el día en que Andreu Ferrer elogiara abiertamente a una Duarte por su técnica impecable de vendimia —comentó mi padre una noche tranquila de cena familiar compartida, observando con una sonrisa genuina cómo Andreu y Val discutían animadamente sobre el momento óptimo exacto para cosechar cierta variedad específica de uva.
—Los milagros genuinos existen, evidentemente —respondí, tomando discretamente la mano de Val por debajo de la mesa familiar.
Diego y Elena, para nuestro considerable alivio mutuo compartido, no volvieron a aparecer significativamente en nuestras vidas más allá de encuentros ocasionales estrictamente profesionales, cordiales pero apropiadamente distantes, confirmando definitivamente lo que ambos habíamos entendido claramente esa noche memorable en los escalones de piedra: que el pasado compartido, sin importar cuánto tiempo hubiera durado exactamente, no tenía absolutamente ningún poder real sobre lo que estábamos construyendo activamente juntos día a día.
Una tarde tranquila de noviembre, mientras caminábamos pausadamente entre las viñas ya completamente desnudas por el invierno que se aproximaba gradualmente, Val se detuvo repentinamente, mirando fijamente hacia el horizonte lejano con una expresión visiblemente pensativa.
—¿En qué piensas exactamente ahora mismo? —pregunté, deteniéndome inmediatamente a su lado.
—En que faltan apenas cuatro meses completos para que se cumpla oficialmente el año estipulado en el testamento. —Se giró hacia mí, con una sonrisa suave y contemplativa—. ¿Te das cuenta realmente de que técnicamente todavía estamos comprometidos por una obligación legal específica?
—Lo había olvidado por completo, honestamente.
—Y era completamente cierto. Entre la fusión exitosa de las bodegas, las tardes compartidas cotidianamente, las noches en las que dormíamos entrelazados sin necesidad alguna de ninguna condición externa que nos obligara a nada específico, el testamento original de Rosa se había convertido gradualmente en un detalle casi anecdótico, superado ampliamente hacía mucho tiempo por algo considerablemente más real y significativo—.
¿Por qué lo preguntas específicamente ahora?
—Porque en cuatro meses exactos, cuando termine oficialmente ese año estipulado, ya no vamos a tener absolutamente ninguna obligación legal de seguir juntos formalmente.
—Sus ojos brillaban intensamente con una emoción que no supe interpretar completamente al principio—.
Y quiero que sepas con total claridad que, cuando llegue efectivamente ese día específico, no voy a irme a ninguna parte distinta.
Elijo conscientemente esto que tenemos. Te elijo conscientemente a ti.
No por el testamento original. No por la bodega familiar.
Solamente porque genuinamente quiero hacerlo.
Sentí que el pecho se me llenaba completamente de una emoción tan intensa que por un momento entero no pude articular ninguna palabra coherente, hasta que finalmente logré responder con la única verdad absoluta que sentía con certeza total.
—Val, llevo meses enteros pensando cuidadosamente en algo específico, y creo sinceramente que este es tan buen momento como cualquier otro para decírtelo abiertamente.
—Tomé sus manos entre las mías, sintiendo el frío evidente del aire de noviembre mezclándose curiosamente con el calor genuino que sentía por dentro—.
Cuando termine oficialmente el año estipulado en el testamento, no quiero en absoluto que sea simplemente el final de una obligación legal.
Quiero que sea genuinamente el comienzo de una promesa completamente real entre nosotros.
Quiero pedirte formalmente que te cases conmigo.
No por Rosa. No por Joaquín. No por ninguna tierra específica ni ninguna bodega en particular.
Solamente porque no puedo imaginarme sinceramente el resto de mi vida entera sin ti a mi lado constante.
Val se quedó completamente inmóvil por un momento entero, con los ojos completamente llenos de lágrimas genuinas y una sonrisa que iluminó absolutamente toda su expresión facial.
—¿Me estás pidiendo formalmente matrimonio ahora mismo, aquí en medio de las viñas, sin siquiera tener un anillo apropiado contigo?
—Te estoy haciendo saber, desde ahora mismo, cuál va a ser exactamente mi respuesta cuando llegue efectivamente el momento oficial apropiado de hacerlo correctamente, con anillo formal y todo lo demás necesario.
—Sonreí, sintiendo mi corazón latiendo con una fuerza absolutamente imparable—.
Quería que lo supieras de antemano, para que los últimos cuatro meses restantes de nuestro "compromiso obligatorio" se sintieran exactamente como lo que realmente representan ahora.
—¿Y qué representan exactamente, según tu perspectiva? —preguntó, con la voz visiblemente quebrada por la emoción acumulada.
—El comienzo genuino de todo lo maravilloso que viene después para nosotros dos, juntos.