En casa una vez más
EN CASA UNA VEZ MÁS
M olly estaba sentada en el despacho del Bastión de los Libros.
Era una bonita noche de primavera con el cielo casi sin nubes y una cálida brisa.
Durante la guerra, en noches tan encantadoras, la gente de Londres había mirado ansiosamente el cielo buscando bombarderos alemanes.
Pero, ahora, aquel era solo un bonito momento en el que estar viva.
Estaba escribiendo una carta con la vieja pluma Conway Stewart de su padre. Le encantaba cómo fluía y la elegancia de la tinta sangrando en el rígido papel.
Ahora tenía cincuenta y un años, estaba divorciada y tenía un hijo y una hija, uno todavía en la universidad y la otra licenciada y trabajando en un museo de Ámsterdam.
Llevaba el cabello corto y peinado a la moda actual.
Tenía más de un toque de gris que había renunciado a taparse.
Esa decisión parecía trivial y absurda, después de todo lo que había afrontado durante la guerra, pero justo esas vivencias hacían que contemplar el gris fuera maravilloso.
Tenía el rostro más rollizo, y pesaba diez kilos más que durante la guerra.
Gozaba de buena salud y la reciente separación de su desleal marido había sido la mejor decisión que había tomado en toda la década anterior.
Era una psiquiatra clínica con una próspera carrera, excelente reputación y numerosos artículos publicados, además de dos libros médicos a su nombre.
Sabía que había elegido aquel campo en concreto debido a lo que le había pasado a su madre.
El doctor Foyle había deseado desesperadamente algo mejor con lo que tratar a sus aquejados pacientes.
Y ahora Molly y el resto de los profesionales de la salud tenían todo un espectro de medicamentos para prescribir a quienes estaban bajo su cuidado.
A veces no funcionaban; a veces hacían más mal que bien.
Pero era mejor y mucho más humano que introducir afilados objetos metálicos en los frágiles cerebros.
Ahora comprendía la condición de su madre.
Su psicosis seguramente se habría controlado con la medicación moderna y terapia profesional.
Por desgracia, había sufrido ese trastorno demasiado pronto para ese tipo de remedios.
Sin embargo, los pacientes actuales de Molly se beneficiaban de ellos y de su formación y de su trato empático, que como una enfermera le había dicho hacía mucho, era la mitad de la batalla.
Terminó la carta, la deslizó en un sobre, lo cerró y escribió en él la dirección.
Era una carta para los Tinsdale. Habían sido siempre muy amables con ella y seguía en contacto con la familia, a la que había visitado muchas veces en el trascurso de los años.
Molly dejó la carta a un lado y miró el manuscrito terminado que había sobre su escritorio.
A continuación, se concentró en los nombres de las dos autoras del libro, que aparecían en la página del título.
Imogen Oliver y Molly Danvers.
Aquella novela parecía estar tan lejos de sus escritos médicos como era posible, pero quizá no lo estuviera tanto.
Estaba llena de la psicología de la condición humana, en la más traumática de las épocas.
La gente no solía necesitar su ayuda cuando era feliz con su vida.
Necesitaba su habilidad cuando ocurría lo contrario, como pasaba tan a menudo en la vida.
Molly apenas había revisado la primera parte de la novela que Imogen había escrito décadas antes.
Resultó que la difunta había tenido un talento natural para escribir y una habilidad superior a la de Molly, aunque la segunda mitad de la novela mantenía bien el ritmo narrativo, o eso le había dicho su agente.
Y había varias editoriales de renombre pujando por la compra de los derechos de la historia.
Oía el tintineo de la campanilla en la librería y a los clientes yendo y viniendo. Tenía a dos personas muy buenas que la ayudaban en la tienda, y esta había prosperado con los años.
Se levantó, abrió la puerta y contempló la librería mientras media docena de clientes examinaban los tomos y otros hacían cola para pagar y embolsar sus compras en el mostrador.
Conservaba gran parte del desorden de la época de Ignatius Oliver, y a los clientes parecía gustarles ese atributo mientras exploraban los montones y recovecos en busca de nuevos tesoros literarios.
También tenía una sección especial con las obras de George Sand, y a ninguna le faltaban páginas.
Molly cerró la puerta, volvió al escritorio y miró la fotografía enmarcada de Charlie con su familia.
Ahora vivía en Australia, donde tenía un rancho.
De joven, había viajado por todo el mundo en cargueros, trenes y aviones, escribía todo lo que veía y experimentaba, aunque él era el único que lo leía.
Tenía cinco hijos y su esposa, Meredith, era muy amable y hospitalaria.
Molly había ido a visitarlos una vez, y Charlie incluso le había enseñado a montar a caballo durante su estancia.
La había aterrado, el corazón le había latido con fuerza, pero él, con una voz tranquilizadora que apenas había cambiado desde su juventud, le había dicho todo lo necesario para alejar el pánico.
Aunque vivía tan lejos, ella no podía imaginarse su vida sin que él formara parte de ella.
Era el padrino de su hijo, y ella era la madrina de su hija mayor.
Hablaban por teléfono al menos una vez a la semana.
Examinó los confines del despacho. No había cambiado mucho.
Bueno, algunos muebles estaban destartalados y había tenido que reemplazarlos con el paso de los años, pero el escritorio seguía siendo el mismo, como lo era la incómoda silla.
La máquina de escribir Crown estaba ahora en un estante y había sido sustituida por una IBM Selectric II .
Molly solía escribir demasiado rápido y las teclas de la Crown crujían como dedos reumáticos.
Pero, cada vez que abría la puerta y entraba allí, era como volver de puntillas a los años de la guerra. Todavía podía ver a Ignatius Oliver encorvado sobre el escritorio, con el olor y el humo de un exiguo fuego de carbón flotando en la habitación como una fina niebla.
Tenía varias tumbas que visitar en la ciudad y lo hacía con regularidad.
Su madre y su padre, la madre y los abuelos de Charlie, e Ignatius Oliver.
Estaba enterrado en el cementerio de Kensal Green.
Sus padres también estaban enterrados allí, y ella misma tenía reservado un lugar para cuando le llegara la hora.
Era aficionada a la poesía de G. K. Chesterton y en el funeral de Oliver había citado entre lágrimas The Rolling English Road .
Porque todavía hay buenas noticias que escuchar y cosas bonitas que ver antes de que nos dirijamos al Paraíso a través de Kensal Green.
Si Oliver no hubiera aparecido cuando lo hizo, Molly estaba segura de que su vida y la de Charlie habrían sido muy diferentes, y no para mejor.
No era tanto las decisiones que tomabas como con quién te topabas mientras intentabas resolver los asuntos importantes.
Te encontrabas con una persona en lugar de con otra, y tu futuro podía cambiar por completo, como había dicho Oliver con unas palabras ligeramente diferentes la víspera de Año Nuevo tanto tiempo antes.
Molly agarró su bolso, se despidió de uno de sus ayudantes y salió a la tarde primaveral.
La guerra había terminado hacía décadas. Londres había pasado página, por supuesto, aunque había muchos en la ciudad, como ella, que habían vivido esa época desesperada.
Los desfiles del Día de la Victoria seguían siendo muy populares. Las series de televisión y las películas estaban repletas de historias sobre la guerra mundial. Se habían escrito multitud de libros al respecto, y Molly estaba a punto de añadir el suyo (y el de Imogen) a ese montón.
Sin embargo, el recuerdo había perdido intensidad y otras guerras habían llegado para reemplazar aquella, aunque afortunadamente ninguna tan extrema ni tan extensa.
La década de los 70 había sido bastante convulsa para Inglaterra.
Hubo huelgas de mineros, de trabajadores de correos y de basureros.
La sequía de 1976 y uno de los veranos más calurosos registrados desanimaron a muchos, pero el Jubileo de Plata de la Reina, un año después, condujo al país a una época más feliz y orgullosa.
Así funcionaba el mundo, Molly lo sabía bien.
Con altos y bajos y largos períodos de normalidad entre ambos.
La carrera armamentística nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que se había prolongado durante décadas, seguía vigente. Los británicos y el resto del mundo esperaban con justificado temor el desenlace de aquella lucha entre dos superpotencias.
De hecho, la mitad de su trabajo consistía ahora en ayudar a quienes estaban seguros de que el violento fin del mundo se acercaba.
Molly había descubierto que podía hablar con especial sabiduría y consideración sobre tales ansiedades, porque las había vivido en carne propia.
Ninguna bomba extranjera había caído en suelo inglés desde 1945; esperaba que siguiera siendo así para siempre, pero no había garantías.
La vida no era previsible, sino todo lo contrario.
Se detuvo en la acera, allí donde Ignatius Oliver había perdido la vida mientras cumplía valientemente con su deber como vigilante antiaéreo. Ahora tenía delante una zapatería de señora, una buena, una cara. Molly nunca había estado dentro, ni entraría nunca.
Aquella noche, Charlie y ella abandonaron el refugio y se dirigieron al Bastión de los Libros, preguntándose dónde estaría Oliver.
Entonces se toparon con un pequeño grupo de personas y otro vigilante antiaéreo.
Estaban reunidos alrededor de algo. Y ese algo habían sido los restos de Ignatius Oliver.
Tanto Charlie como ella cayeron de rodillas a su lado y lloraron amargamente la pérdida del mejor amigo que habían tenido nunca.
Cuando Molly lo miró, aquella noche de hacía tanto tiempo, le pareció que Oliver estaba en paz.
Quizá se había reunido con su esposa, que renunció a su vida voluntariamente mientras que a él le habían arrebatado la suya violentamente.
Pero incluso tras aquellos dos desenlaces tan diferentes, quizá conseguirían encontrar una renovada conexión que los mantendría unidos durante toda la eternidad. Al menos, eso esperaba.
Molly sintió que el antiguo pero todavía doloroso recuerdo la desgarraba, y se alejó apresuradamente.
Sabía que las relaciones tan importantes como aquella tenían un precio.
Eran maravillosas, pero también tenían la capacidad de cobrarse un precio abrumador cuando uno de sus miembros se marchaba.
La pena, la tristeza, la ira por la pérdida y un dolor terrible e implacable eran el precio a pagar por amar y ser amado.
Parecía que el trato merecía la pena hasta el mismo momento en el que se exigía el pago.
Ella nunca superaría la pérdida de Ignatius Oliver, pero siempre se beneficiaría de haberlo tenido en su vida.
Miró el escaparate de otra librería y se detuvo, preguntándose qué sentiría al ver allí su novela. Y si Oliver siguiera vivo, ¿qué pensaría de que ella hubiera terminado la historia de Imogen? ¿Lo habría hecho si él no hubiera fallecido?
Molly sabía que en realidad había terminado el libro como homenaje a su querido amigo.
Ignatius Oliver había llegado en el momento justo para dos jóvenes que lo habían perdido todo durante el mayor conflicto armado que el mundo había sufrido jamás.
A pesar de ello, sabía que la suya era solo una pequeña historia humana entre millones de otras.
Pero aquella era su historia. Tres personas unidas contra todo lo que el mundo pudiera lanzarles.
Mientras miraba el cielo despejado, su mente superpuso allí un trío de rostros: Ignatius Oliver, Charlie Matters y el suyo.
Por separado, aunque no fuera culpa de ellos, habían sido poco más que marionetas en las mortíferas garras de la guerra.
Sin embargo, juntos habían enfrentado una adversidad colectiva que, a veces, había parecido insuperable.
Hablaba bien de la resistencia del espíritu humano que hubiera amigos dispuestos a compartir contigo la a veces calamitosa carga de la existencia.
Todos necesitamos a alguien en ciertos momentos de nuestras vidas. Eso hace que el inevitable dolor disminuya, y exalta los momentos de felicidad.
Con esta idea alentadora floreciendo en su mente, Molly continuó su paseo por las calles de la encantadora Londres en la calidez, y la robusta paz, de la primavera.