Capítulo 7
Astrid
Me despierto en una cama que no es la mía.
No. No ha sido una pesadilla.
Me estiro para desentumecerme los músculos; no me doy cuenta de lo cerca que estaba del borde de la cama hasta que me caigo. Sin duda, el impacto me hace despertarme, pero ni me molesto en levantarme siquiera; al fin y al cabo, no tengo nada que hacer.
Mentira. Tengo que salir de aquí, probar mi Normalidad… Pero ¿cómo?
Podría simplemente escaparme. Sin embargo, sé que me engaño si pienso que puedo burlar a la docena de guardias que custodia las salidas. Supongo que me tocará defender que no pertenezco a este lugar, aunque sea mi palabra contra la suya. Necesito pruebas.
Mientras busco la forma de conseguirlo, a lo lejos retumban ruidos y portazos que me recuerdan que estoy a kilómetros de mi casa, de mi hogar.
Sin poder evitarlo, mi cabeza repasa el día de ayer: los policías, los rostros de mi familia, el cuarto frío, el chico de ojos verdes, los pasillos, Charlotte, el chico de ojos verdes, el silencio, el balcón, el viento, el chico de ojos verdes…
Mis tripas rugen, su sonido por encima del ruido de mis pensamientos; y es entonces cuando me doy cuenta de que ayer apenas comí; entre todo lo que pasó, tampoco es que tuviera hambre, pero ahora que estoy más o menos descansada puedo notarlo.
Me levanto del suelo y me llevo la mano al costado, donde se me está empezando a formar un moretón.
Justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, alzo la vista para que el espejo que hay junto al marco me devuelva la mirada en forma de reflejo.
Tengo círculos oscuros bajo los ojos, pero no tanto como los de la gente que vi ayer, parece que las ojeras son algo tristemente bastante común aquí.
Me paso los dedos por el pelo para arreglarlo un poco, y las manos por la camiseta ligeramente arrugada del pijama, que ayer estaba un poco más blanca.
Abro la puerta y las bisagras emiten un leve chirrido que confirma la antigüedad del edificio; si mis clases de Historia no me fallan, lleva en pie más de medio siglo.
El frío del suelo me recuerda que voy descalza.
Al bajar la mirada, me percato de que todavía llevo la tobillera metálica anclada al tobillo.
Me pregunto para qué rayos servirá. La palpo un poco, pero no parece tener abertura.
Otro rugido de mi estómago me urge para que deje de curiosear y vaya a por algo de comida.
No me sorprende haber dado ya tres vueltas al pasillo intentando dar con las malditas escaleras. Ni rastro.
Voy a por la cuarta ronda cuando veo a un chico rubio salir de su habitación.
Deduzco que va a algún sitio y decido seguirlo —me niego a preguntarle por la salida; sería patético y aún me queda un resto de dignidad que no pienso perder tan rápido—.
Por fin alcanzamos las escaleras, que resulta que no estaban tan lejos de mi puerta.
Alcanzo el último escalón —él está unos pasos más adelantado que yo— cuando para y se da la vuelta tan súbitamente que tropiezo mientras llevo las manos a la barandilla para no caer encima suya.
—¿Me estás siguiendo? —pregunta sin rodeos. Tiene sus oscuros ojos —a conjunto con sus pantalones negros— fijados en mí, tratando de descifrar mis intenciones, diría yo.
—Eh… ¿Perdona?
Me parece graciosa la manera en la que me hago la ofendida cuando en verdad sí, sí le estaba siguiendo.
—Me has oído, ¿por qué me estás persiguiendo? —Es bastante más alto que yo, y eso lo puedo percibir perfectamente cuando se acerca un paso.
No creo que me supere por mucho en edad, como máximo unos cinco años; pero su expresión es un poco cansada y denota desconfianza hacia mí. Tiene pequeños mechones cayéndole sobre la frente, todos ellos algo revueltos.
¿Es que nadie se peina aquí?
Entre su sudadera blanca y la parte de abajo, me planteo qué concepto de temperatura tiene este muchacho.
—No te estoy siguiendo —replico mientras me cruzo de brazos y alzo la barbilla, como si pudiera compensar la diferencia de altura—. Simplemente… hemos coincidido en el pasillo. Es una casualidad —prosigo con un discurso que hasta a mí me parece una defensa ridícula.
Entrecierra los ojos para inspeccionarme con la mirada:
—¿Quién eres? —murmura.
No sé si es una pregunta retórica o no, pero igualmente contesto.
—Una chica con hambre que no entiende por qué no la dejas pasar. —Intento rodearle, pero él da un paso para bloquearme el camino. Bufo—: Oh, venga, ¡por favor!
No disipa la desconfianza de su escrutinio, y esto me resulta casi incómodo. Yo no tengo que dar explicaciones a nadie, y menos a un Diferente.
—¿Quién eres? —insiste.
—Creo que ya te he respondido a esa pregunta —rebato. La situación está empezando a resultar un poco exasperante.
Abre la boca para contestar, pero se ve interrumpido por una tercera voz:
—Edgar… ¿Dónde te habías met…? ¿Qué haces con esta? —Unas ondulaciones de color ébano asoman por el hombro del chaval rubio. Y muy a mi pesar, reconozco la voz del que acaba de hablar.
Genial, justo el que faltaba.
—Eh, por si no lo recuerdas, tengo nombre —replico bordemente a esos ojos verdes que también deseé que formaran parte de una pesadilla.
—Oh, cierto, perdóname. Permíteme rectificar. —Vuelve la cabeza hacia el otro—. Dime, Edgar, ¿qué haces con esta mocosa? —Sonríe. Sabe que odio el estúpido apodo casi tanto como a él.
Imbécil.
Pero no le quiero dar la satisfacción de ver que ha conseguido cabrearme.
—¿La conoces? —El chico de la sudadera blanca relaja un poco la intensidad de su escrutinio. Diría que incluso parece un poco confuso por el hecho de que su amigo me haya reconocido.
—Mmm… Algo así. —El chico de ojos verdes ladea la cabeza con una sonrisilla exasperante. Le devuelvo la mirada, más bien amenazadora.
Se hace un silencio durante el cual las miradas hablan más de lo que las palabras podrían; pero este se ve interrumpido por el indisimulado ruego de mi cuerpo de algo de alimento.
Sería una situación vergonzosa si no la finiquitara antes incluso de que nadie pueda hacer comentario alguno sobre lo que acaba de pasar.
—Con vuestro permiso… —me despido a secas mientras empujo a «Míster Sarcasmo» a un lado. Es innecesario, pero me da una satisfacción enorme. Oigo una risita a mis espaldas y me giro en redondo—: ¿De qué narices te ríes?
Intento mantener la compostura, pero es que me lo pone demasiado difícil…
—Sabes que el comedor está en la otra dirección, ¿verdad?
Le lanzo una mirada asesina, y me decanto por mentirle:
—No iba a ir al comedor, listillo.
No es cierto, me muero de hambre, pero tengo prioridades, y conservar el orgullo puede que esté por encima de alimentarme ahora mismo.
Con eso me voy, sin un rumbo, claro, pero sin proporcionarle el capricho de tener la razón.
★ ☆ ★
Debo llevar unos quince o veinte minutos —creo, porque lo cierto es que las últimas veinticuatro horas han distorsionado un poco mi noción del tiempo— de mi ya indefinido trayecto cuando me topo con un nuevo tramo de escaleras… Pero estas bajan; lo que significa que hay algo más allá abajo.
No estoy segura de si es una virtud o un defecto, pero si hay algo de lo que estoy completamente convencida, es de mi irremediable curiosidad; y soy consciente de que algún día me meterá en problemas, pero no me importa si ese día llega hoy; al fin y al cabo, en estos momentos no tengo nada que perder… Literalmente.
E incluso quizás encuentre escaleras abajo lo que estoy buscando.
A medida que desciendo, la intensidad de las luces también disminuye; dejando una sensación de inquietante tranquilidad. Voy con el estómago encogido, porque tengo la sensación de que no debería estar aquí; pero soy una husmeadora nata, y eso no me lo podrá quitar nadie jamás, ni siquiera el miedo.
Al llegar abajo me recibe una mezcla nauseabunda de humedad y antiséptico. Menos mal que tengo el estómago vacío. Ante mí se alza una pesada puerta metálica. A un lado, un letrero advierte: «Zona de Tratamiento. Prohibida la entrada a personal no autorizado».
Se me hace un nudo en la garganta al momento en que leo el cartel.
Así que esta es la planta de tratamiento…
Seguidamente, recuerdo la manera en la que « Míster Sarcasmo» no me quiso hablar de esta parte del edificio, y es inevitable que la curiosidad me pique lo suficiente como para hacerme querer descubrir los motivos de su negativa.
Me pongo de puntillas para mirar a través de uno de los cristales; pero bajo rápidamente: el corazón me da un vuelco cuando veo guardias al otro lado de la puerta.
Me quedo un momento agachada esperando que no me hayan visto, y luego me doy cuenta de que quedarme ahí como un pasmarote no es lo más inteligente; por ello me muevo con más sigilo hacia las escaleras, las cuales empiezo a subir tan rápido como puedo.
Estoy jadeando cuando por fin alcanzo la planta baja.
La planta baja…
Eso significa que la que acabo de visitar se encuentra bajo tierra. Y si ocultan una planta subterránea, algo debe haber que no quieren que veamos…
La idea me ronda la cabeza por un rato más, y resuena tanto que casi ni me percato de la manera en la que mi estómago ruge de nuevo. Ahora sí, creo que es hora de que le dé lo que me pide.
Aunque, sin duda, ya tengo una nueva cosa en la que enfocarme la próxima vez que el silencio dé rienda suelta a mis pensamientos, o sea… siempre.